José María Acosta Vera - La culpa fue del árbitro

 

El fútbol tiene un reglamento ineficaz; es difícil de aplicar y premia a los malos. Todo ello facilita la violencia.

El fútbol se juega con los pies. No se ría, pues en ello radica su grandeza. Porque al utilizar los pies para todo -correr y saltar; y, a la vez, controlar, conducir y lanzar la pelota- la dificultad del futbolista es importante. Puede controlar el balón sólo en parte, y resulta fácil disputárselo al que lo tiene. Como consecuencia, la variedad de posibilidades -y de jugadas- resulta inmensa.

Pero en esa misma variedad radica su talón de Aquiles. En otros deportes de pelota, muchos ataques acaban en gol o canasta y los marcadores registran guarismos elevados. Pero en fútbol todo el mundo está harto de cerocerismo y similares.

Llegar a cuatro o cinco goles en un partido es infrecuente. Lo normal es ganar por la mínima, o empatar. En estas condiciones, siempre hay un penalti, un fuera de juego o una expulsión que reclamar, y que hubiese cambiado el signo del partido. Los árbitros acaban resultando -para bien o para mal- decisivos. O pareciéndolo, que es lo mismo.

Lo peor es que es cierto: en la mayor parte de los partidos el árbitro "podría" haber cambiado el resultado. Esto no es bueno para el fútbol y acaba suponiendo una importante causa de resentimiento -no hay más que recordar a un par de presidentes deportivos de este país- y de violencia.
La abundancia de goles reduciría estos problemas y devolvería belleza al fútbol. ¿Cabe hacer algo? Por supuesto que sí.

Las reglas de cualquier juego persiguen un claro objetivo final: defender el espectáculo, hacerlo atractivo para quienes lo practican o lo presencian. Interesar a más espectadores. Y facilitar, por supuesto, que gane el mejor.

En cuanto al fútbol, todo el mundo coincide en la necesidad de reformar su reglamento. Veamos algunos aspectos clave en su relación con el gol y la violencia: el fuera de juego, el penalti, la pérdida de tiempo del portero y las faltas que se castigan con tarjeta.

 

El fuera de juego

La regla del fuera de juego -inicialmente llamado "avance furtivo"- nació con la intención de evitar que algún delantero consiguiera ventaja deshonesta al agazaparse "furtivamente" y sin esfuerzo tras la defensa contraria.

Pero lo que era un intento de evitar una ventaja desleal, sin contribuir al juego, se ha convertido en una trampa de sentido contrario. Ahora es la defensa la que se aprovecha deslealmente para desbaratar los esfuerzos y el juego del contrario en la mitad del campo.

Por si eso fuera poco, al equipo arbitral le resulta punto menos que imposible, en muchas ocasiones, decidir sobre la marcha si existió, o no, fuera de juego en una jugada. O si era, simplemente, posicional. Ni siquiera el vídeo y su "congelación" de imagen permiten clarificar algunos casos.

No es de extrañar que el fuera de juego se haya convertido, junto con el penalti, en una de las jugadas más conflictivas. Aparte de penalizar la creatividad y la belleza del ataque y dificultar el gol.

Soluciones, hay muchas. Podría eliminarse por completo el fuera de juego, limitarlo al área, o como máximo, a una nueva área, algo mayor que la actual. Pero no tiene sentido que se considere como fuera de juego la posición de un atacante junto al banderín de córner cuando hay varios defensores junto a su portería (mucho más cerca de ella pero, eso sí, más lejos de la linea de fondo).

Otra solución sería no castigarlo, limitándose a avisarlo con una señal especial y anular sólo los goles conseguidos directamente por el jugador en esa posición.

 

El penalti

El penalti aparece por la necesidad imperiosa de defender al atacante que, a punto de marcar, es derribado. O ve cómo la pelota es detenida con la mano o despejada de puño in extremis por el defensor. Por eso se castiga sin barrera y no se permite que el portero se mueva. Es un fusilamiento en regla.

El problema aparece con el área. Se cometen en ella muchas faltas, pero sólo se pitan -y es lógico- las de los delanteros. Si se pitasen todas, los partidos se decidirían por penaltis. Y, realmente, no todas las faltas merecen castigarse con esa gravedad. Una zancadilla en una esquina, con el área llena de defensores, no evita un gol inminente, no "merece" ser penalti.

Pero podría reservarse el penalti para el manotazo intencionado o para el derribo al atacante que sólo tiene un defensor por delante (aunque esté fuera del área). El resto de las faltas se considerarían como en cualquier otro punto del campo... con lo que se podrían pitar sin problemas.

 

Las faltas intencionadas

Pocos deportes permiten con tanta frecuencia que la falta intencionada favorezca al infractor. Las tarjetas aparecieron en el fútbol tardíamente, para castigar esas faltas intencionadas. Pero tienen serios defectos.

El primero es el de su incongruencia. Veamos. Un jugador de un equipo evita un gol probable con un agarrón o lesiona a una figura del equipo contrario. Recibe una tarjeta que en nada compensa al equipo perjudicado, que se queda sin gol o sin figura. Quien se beneficiará de ello, jornadas después, será un tercer equipo al que no se podrá enfrentar el jugador sancionado, una vez acumuladas varias tarjetas. Aberrante.

El segundo defecto es que suponen un cheque en blanco para que el árbitro abuse de su poder -que no lo precisa- en lugar de actuar con autoridad (la autoridad se ejerce, pero no es necesario exhibirla).

Que un árbitro castigue de igual modo una falta alevosa -balón por medio- que supone lesión al contrario y la "osadía" de dirigirse a él (quizá quejándose de una falta no pitada) parece una auténtica "arbitrariedad". Más de una vez sacan la tarjeta con un ademán más propio de películas del Oeste que del juez que se espera que sean.

Un tercer defecto es su carácter poco gradual. Una tarjeta se puede tomar a broma, pero la segunda supone expulsión. Esto obliga al árbitro a "tragársela" -caso harto frecuente- o convertirse en protagonista de la contienda.

La solución no es difícil. Una expulsión temporal -diez o quince minutos la primera vez, el doble la siguiente- enfriaría los ánimos y supondría un castigo más gradual y, por tanto, más justo y eficaz. Esto permitiría una eficaz defensa de los tobillos de los artistas del balón, que son los que la gente quiere ver en acción. Y que merecen más protección de la que reciben de los árbitros.

Cabría abordar otros problemas. Cabría atajar el tema de la pérdida de tiempo -en algún partido se han jugado sólo 42 de los noventa minutos- mediante el cronometraje que utilizan otros deportes. Se podrían tantear el permitir, como en baloncesto o balonmano, cambios continuos, lo que daría variedad al juego y revalorizaría las tácticas.

Pero lo urgente es devolver al fútbol su sentido inicial y la alegría del gol. Y retirar las ventajas que hoy aprovechan los que llegan dispuestos a dar patadas y a colocar el autobús ante su portería con la ayuda que, involuntariamente, les presta el reglamento.

 

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