José María Acosta Vera - ¿Revisamos el reloj y el calendario?

 

El tiempo, como recurso, está recibiendo una atención especial en nuestro entorno, sobre todo en las últimas décadas.

Es importante no sólo en el trabajo, sino en el deporte, sobre todo en el de alta competición. En el cine, en la radio, en la tele, todo se cronometra al segundo, que vale oro. El progreso de una industria, de un país, estriba en mejorar su productividad: producir más en menos tiempo. Incluso en nuestras vidas, sabemos que nuestro futuro dependerá de la habilidad con que sepamos manejar este recurso; que nos resulta tan imprescindible como insuficiente

Nuestro modo de medirlo resulta, sin embargo, caótico, aunque no lo percibamos así por la costumbre. Seguimos utilizando unidades tan antiguas como inadecuadas.

Nos manejamos bastante bien en las tres dimensiones clásicas del espacio. Podemos ir adelante o atrás, a izquierda o derecha, arriba o abajo. El hombre comenzó a medirlas con el “metro” que tenía más a mano: su propio cuerpo. Así nacieron las unidades de medida clásicas antropométricas: la braza, el codo, el palmo, el pie, la pulgada, el paso..., distintas en cada lugar según el tamaño medio elegido. Hasta que la necesidad de una mayor precisión hizo que la gente normal se decantara por medidas más universales y fijas, eligiendo un submúltiplo del perímetro de la tierra (el metro: la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano que pasa por París). Y estableciendo múltiplos y submúltiplos decimales, por supuesto, para que resultara manejable, tanto para magnitudes astronómicas como para las microscópicas.

 

Unidades de tiempo

Con el tiempo la cosa es más complicada. Hay una unidad inevitable, que es el día. Los romanos encontraron suficiente dividirlo en horas; para un campesino resultaba suficiente saber que era la hora sexta o la hora nona. Con levantar la vista al sol... pero se tuvo la ocurrencia de dividirlo en 24 horas y éstas en 60 minutos de 60 segundos. La herencia nos obliga a usar tres unidades: horas, minutos y segundos. Y hasta seis si contamos el día, el mes y el año. Con lo útil que hubiera resultado usar el sistema decimal...

Pero hoy necesitamos más precisión que en una cultura agrícola. En baloncesto y en carreras de motos hay que manejar dos unidades. En ciclismo y rallies, tres. En las fábricas se cronometra en sistemas decimales, olvidándose de los segundos.

El servicio telefónico de la hora de las grandes ciudades registra más de un millón de llamadas diarias preguntando la hora exacta. Y la respuesta debe ser distinta en cada caso, según la ciudad: hora de Tokio, hora de París, hora de Nueva York... Eso era lógico cuando la hora solar marcaba la vida de la mayoría campesina, que difícilmente se alejaba unas leguas de su lugar de origen. Atendiendo a esa circunstancia se establecieron 24 husos horarios. En nuestro país, las cadenas nos machacan de continuo con el estribillo de “una hora menos en Canarias” (Por cierto, sería curioso calcular el costo, sin duda enorme, de tantos segundos invertidos en ello). Por otra parte, la globalización provoca contactos profesionales o personales frecuentes –viajes, teléfono, internet- entre lugares distantes. Ya han surgido voces reclamando una hora única en la Red que facilite estas relaciones.

 

Calendario

Hay otra unidad natural inevitable mayor que el día: el año. Es menos clara pero no menos importante, porque afecta al clima. Las sociedades eminentemente agrícolas de hace unos siglos necesitaban conocer con suficiente precisión el momento adecuado para plantar y recoger las cosechas, prever las heladas, las crecidas de los ríos y otros aspectos esenciales para ellos. Era preciso un sistema de medir el tiempo a gran escala.
Aparecieron dos posibles referencias: la luna y el sol.

Los chinos, los egipcios y los primeros romanos se apoyaron en la luna. Rómulo estableció las calendas, o días de la luna nueva (de ahí calendario), como primeros días de cada mes, con lo que les asignó 28 días. El problema es que la lunación no dura 28, sino 29 días, 12 horas y 44 minutos (¿no sería más sencillo, más cómodo y más útil decir útil decir 29,5305 días?), con lo que el desfase estaba servido, porque el sol también debe ser respetado. De su calendario de diez meses conservamos los nombres (séptimo, octavo, noveno y décimo) de los cuatro últimos, de septiembre a diciembre. Pero al pasar los años los desfases se acumulaban y Numa hubo de modificarlo, asignándole doce meses casi lunares y 355 días.

El desfase se suavizó, pero no desapareció. Julio César añadió otros diez días y dio su nombre al que hasta entonces era el mes “Quintilis”. Poco más tarde, los senadores de Augusto, en plan descaradamente “pelota”, no sólo bautizaron como Agosto al mes siguiente, sino que, para hacerlo más importante, le asignaron 31 días, a expensas del pobre febrero, encanijado injustamente desde entonces.

La última corrección, la de Gregorio XIII, ajustó el tamaño del año, pero el problema de fondo sigue sin resolverse: tenemos unidades desiguales de difícil manejo. Un mes largo tiene 23 días laborables, un 15% más que febrero. Eso tiene consecuencias: si el salario es mensual, la hora de febrero es mucho más cara que las del mes anterior o el siguiente. Por otra parte, cada mes tiene un número bien distinto de horas laborables. Los costes de cada mes son diferentes. En estadísticas, presupuestos, control de costes y otros temas, esto supone un serio inconveniente.

También hemos de estar siempre con el calendario bajo las narices para cosas tan elementales como averiguar en qué día de la semana cae tal fecha, tal fiesta o cuándo vence un plazo de tantos días hábiles, o cuántos días hay entre una fecha y otra.

Por otra parte el comienzo del año, distinto en otras culturas, no sigue ninguna razón natural ni práctica. Ni coincide siquiera con los solsticios. Se habla de año académico, o de curso escolar, de año fiscal, de ejercicio económico, de temporada deportiva... se va haciendo habitual hablar de nuevo curso a principio de septiembre tanto para el colegio, la universidad, el cine, las cadenas de TV el fútbol o el trabajo. Nada parece coincidir con el calendario.

¿Es difícil establecer un sistema más útil, más racional? En absoluto, salvo por la fuerza extraordinaria que supone la costumbre. Habría que escuchar eso de: “toda la vida lo hemos hecho así…”

 

Dos soluciones

Cabe más de una solución. Una de ellas sería establecer cuatro trimestres idénticos de trece semanas exactas (91 días), que empezarían siempre en domingo y estarían compuestos por tres meses de 31, 30 y 30 días respectivamente. Habría que añadir un día festivo, de Año Nuevo, por ejemplo (dos, los años bisiestos).

Otra solución, más revolucionaria y bastante más ventajosa, sería acoplar semana y mes, y establecer un calendario fijo de trece meses idénticos de cuatro semanas. Necesitaría los mismos complementos de Año Nuevo que la solución anterior. Cada año, cada mes, comenzarían por el mismo día de la semana. Cada día 17 –por ejemplo- sería martes. Cada mes tendría los mismos días laborables. Fiestas y puentes quedarían fijos y pactados, dejando de ser fuente de conflictos. Y se acabarían las convocatorias para “el primer viernes laborable del mes” o “el segundo martes después del primer…”.

Y puestos a cambiar ¿porqué no hacer coincidir el comienzo del año con el del otoño? ¿O con el 1 de septiembre?

Pero todo ello precisa de una capacidad de cambio de la que no estamos sobrados.

 

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