Juan Manuel Grijalvo - Impuestos

 

(Ultima Hora, 17 de mayo de 2003)


Hay muchas definiciones de la economía. Para mí, es el arte de asignar bienes escasos a satisfacer necesidades reales. Muchas son imaginarias. Y no pocas son, realmente... necedades.

Los fondos públicos también son bienes escasos. Al menos, no existen en cantidades infinitas. Las administraciones los obtienen recaudando impuestos. Olvidar que el sistema tributario es una parte más de la economía es un error que suele salir muy caro.

A los contribuyentes no les gusta pagar. Esperan algo tangible a cambio de no poder comprarse un coche nuevo todos los años. La administración tributaria funciona con diversos medios técnicos... y coercitivos. Ello permite desviaciones de fondos y abusos de poder.

Por todo eso, "quan el bon Jesús anava pel món" los recaudadores de impuestos ya tenían mala fama. Según los Evangelios, Nuestro Señor Jesucristo apostrofa a los fariseos como sigue: "En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os preceden en el reino de Dios" (Mateo, 21:31). Y todavía son un rancho aparte.

Según "El País", edición de 14 de diciembre de 1990, el secretario general de Hacienda de la época, don Jaime Gaiteiro, dijo que la implantación del NIF había salido por mil doscientos millones de pesetas, y que "Esta cifra me parece absolutamente rentable si con ella hemos conseguido tener una clara información fiscal de prácticamente todos los españoles mayores de edad".

Esta bonita y redonda cantidad debió ser el coste directo para el erario público de fabricar aquellos curiosos distintivos azules y enviarlos a direcciones que en muchos casos eran erróneas. Hubo grandes colas en las administraciones de Hacienda para conseguirlos. Las empresas privadas tuvieron que adecuar sus programas informáticos para la captura de los datos. Todo esto fue especialmente duro para los bancos y las cajas de ahorros, que habían de bloquear las cuentas de los clientes que no los presentasen... después de guardar la cola correspondiente, claro.

El algoritmo del NIF pasó a ser de conocimiento público en un plazo brevísimo. Más tarde le añadieron un "anagrama" de cuatro letras. Como la captura de los datos se había vuelto tan engorrosa, incorporaron también un código de barras a las etiquetas. Ahora sólo falta que nos lo graben en la mano o en la frente (Apocalipsis, 13:16-18), y ya no importará que llevemos encima el DNI.

Una de las mayores diferencias entre las administraciones públicas y las empresas privadas es que los burócratas no dan valor alguno al tiempo de los "administrados". Las horas incontables de vida humana perdidas haciendo colas, la tarea de buscar una letra en el teclado alfabético del ordenador para completar el famoso numerito, la exigencia del "anagrama", etcétera, no le cuesta dinero, trabajo ni tiempo al secretario general de turno. Todo lo contrario: le parece absolutamente rentable... para Hacienda, claro.

La ecotasa era una idea del mismo jaez. Quedaba muy mona en el programa electoral del Pacte. Cuando sus "barandas" se encontraron instalados inesperadamente en el gobierno de las administraciones, se dieron cuenta enseguida de que si tenían que cobrarla por los métodos habituales, el módico importe del tributo no cubriría el coste de recaudarlo. De forma que convirtieron por ley a los hoteleros en publicanos "ad hoc", con las implicaciones morales que hemos visto antes, y los pusieron por las buenas a gestionar un impuesto asaz complicado.

A los hoteleros no les gustó. Para más inri, los políticos delegaron en ellos y en su personal la campaña de "relaciones públicas". Es decir, la gratificante tarea de explicar a los "sujetos pasivos" las excelencias del asunto. Como vivimos en un Estado de derecho, pueden recurrir leyes y decisiones administrativas ante los tribunales. Ahora la materia está "sub iudice", y muchos no pagan. Los portavoces del Pacte se hacen los locos. Y si dicen algo, es... para criticar a los hoteleros, naturalmente.

Desde el punto de vista de la higiene contable, gastar la ecotasa antes de recaudarla es como vender la piel del oso antes de haberlo matado. Imagínese usted que es el presidente de su comunidad de vecinos. Han acordado una mejora en la finca. "Ipso facto", aprueban también un presupuesto especial y la oportuna derrama. Lo suyo es que no haga usted ningún pago antes de haber cobrado todo el importe. En estos casos, lo más divertido viene cuando los que habían votado a favor no sueltan el dinero. Si emplea usted los fondos ordinarios en aquella historia, le cortan la luz, los ascensores no funcionan, etcétera, y sus vecinos lo lapidarán. La vida es así.

Esto de la ecotasa puede acabar igual. Si se comprometen unos pagos, habrá que hacer frente a los vencimientos. Si los fondos no existen... En fin, tampoco sería la primera vez que alguna administración no cumple. Pero no es lo suyo.

Por elementales razones de equidad, el lugar de residencia debería tener un efecto neutro sobre la tributación. Usted ha de cambiar de domicilio si quiere o si le conviene, no porque las autoridades de su lugar natal lo machaquen a impuestos. La política fiscal no debería ser un arma de limpieza étnica o de discriminación por niveles de renta. Para eso basta - y sobra - con las "leyes del mercado". Me parecen aberrantes, miopes y anacrónicos los intentos de tal o cual autonomía de "hacer la competencia" a las vecinas con rebajas fiscales, o de recaudar impuestos propios. Y más en estos tiempos de armonización europea. Sus efectos indeseables se pueden observar ahora mismo en lo que ocurre entre los numerosos ayuntamientos de la isla de Eivissa. Vila crece de un modo extraño, discontinuo, porque la "atracción gravitatoria" de las zonas residenciales sitas en municipios vecinos crea auténticas deformaciones en la trama urbana.

 



Sobre el papel, eso de la ecotasa era muy bonito. Ponerlo en marcha costó dos años de ardua labor legislativa y reglamentaria... y todavía faltan los recursos judiciales. Asistimos, una vez más, al prodigioso espectáculo de la legión romana maniobrando contra la legión romana. Todos estamos de acuerdo en que las administraciones públicas deben mantener algunos trozos de las islas en plan de reserva natural. Pero me surgen dudas sobre que este impuesto concreto se haya montado de la mejor forma posible. Otro día, si usted quiere, seguiremos hablando de las numerosas vertientes fiscales de nuestro curioso sistema económico. Supongo que los hoteleros nos lo agradecerán.

juan_manuel@grijalvo.com

 

Administración única en Eivissa...