Agustín García Calvo  -  Novedad, el Estado ayuda al automóvil

 

El País,  4 de noviembre de 1985

 

Lo habrán leído u oído uno de estos días, y seguro que les habrá sonado como normal: que el Estado español (o el Gobierno, vamos: ¿ustedes saben la diferencia?; no, porque además, ¿no es verdad que Hacienda somos todos?), pues el Estado se dispone a ayudar a empresas automovilísticas que lo requieran, a fin sobre todo de evitar -caso mayormente de tratarse de capitales internacionales- que vayan a levantar del suelo hispano su negocio, sino que incluso, con esa ayuda, lo aumenten y mejoren. Es, por cierto, ese mismo Estado el que últimamente ha venido regateándoles a los ferrocarriles (no digas "a la Renfe") las ayudas con que se remediaban sus déficit (en qué gran medida debidos a la desastrosa administración), hasta el punto de haber cerrado el año pasado algunas líneas de viajeros por haber averiguado (para eso se pagan técnicos y computadoras) que eran de insuficiente rentabilidad.

Por cierto que hace unos meses, aprovechando el nombramiento de nuevo ministro de Transportes -no voy a decir que por confianza en que los hombres puedan diferenciarse de sus cargos, pero sí por falta de total seguridad en que hayan de ser lo mismo-, el caso es que me propasé a dirigirle al ministro una misiva en que, a vueltas de recordarle brevemente esa fechoría y lo ridículo del pretexto de la poca rentabilidad y aludir a las connivencias de la Renfe con empresas de autobuses y camiones y al desarrollo por la propia Renfe de transportes por carretera, le hacía presente lo que es voz de común sentido: que la Renfe es una empresa de ferrocarriles, y que, por tanto, cualquier dejación de la misión de cuidado, aumento y mejora de vías férreas y de trenes para pasarse al auto y a la pista era traicionar la vocación en que se fundaba; que si empresas privadas pueden, por sus intereses propios, cambiar de dedicación y pasar de la fabricación de alfileres a la promoción de urbanizaciones suburbanas (ya que todo es igual, puesto que todo es dinero), no parece que una empresa pública y protegida por el Gobierno, cuyo solo criterio debe ser el del mejor servicio público, pueda pasarse del tren de viajeros al autobús, del de mercancías al camión, de la vía de hierro a la de alquitrán, por supuestos motivos dinerarios; a no ser que hubiera en esos cambios palpable utilidad para el mejor servicio público, que no la hay.

Pues bien, me respondió, puntual y amablemente, no el señor ministro, pero sí el encargado de su gabinete del "Servicio de Comunicación con los Ciudadanos", sin tocar para nada a las razones de mi carta, pero asegurándome a cambio que los cálculos de rentabilidad que habían servido para la supresión de aquellas líneas se habían hecho muy escrupulosmente, así como que se había constatado que el balance económico y social del cierre (lo de social entiéndalo Dios, que para eso se ha hecho socialista) había resultado positivo; y que, en fin, se iba a dejar a la Renfe que siguiera transportando mercancías por las vías cerradas a viajeros, en tanto que cada seis meses se está "a la vista de los resultados comerciales realmente obtenidos y del grado de concreción de las potencialidades de tráfico que se detectan".

A tal grado de concreción hemos llegado, y no puedo yo por menos de venir también a lo concreto (esto es, lo dinerario: nunca ha sido tan abstracto lo concreto) y ponerme a echar cuentas. Por ejemplo, ésta: ¿eso que se ha ahorrado con la supresión de trenes habrá sido lo bastante para cubrir las subvenciones que ahora el Estado se apresta a dispensar al automóvil? Pero no hay muchas esperanzas de que algún técnico se arroje, en estas páginas mismas, a echarnos esas cuentas, ni otras. muchas tocantes al negocio de la Renfe con las empresas auxiliares que contrata, para frigoríficos, por ejemplo, o mil otros servicios, ni mucho menos las de los gastos administrativos, o culturales, o de cálculo de rentabilidad, de todo lo cual, aun lego como soy en lo concreto, me llegan a menudo datos fidedignos y reveladores.

Pero el dinero no es sólo dinero, hombre, me dirán ustedes: dinero son también el tiempo, el trabajo, los hombres, ¡los puestos de trabajo! Ahí está la clave: esas ayudas del Estado al automóvil son para que no se pierdan empleos de los muchos que la industria automovilística y derivados deparan o deparaban. ¡Ah! ¿Sí? ¿Es verdad siquiera esa contabilidad de puestos de trabajo que sirve para justificar tantos desmanes y a la que el Gobierno, socialista por naturaleza, tiene que mirar antes que nada? Por lo menos, desde luego, no es tan. verdad; con motivo de aquellas supresiones de tráfico ferroviario se produjo un cierto número de desempleos: entre las manos he tenido notificaciones a obreros ferroviarios a los que en aquella ocasión se les declaró sobrantes, haciéndoles pasar a jubilados. Y he aquí entonces otra cuenta: ¿se ganarán con la futura ayuda al automóvil tantos puestos como los de ferroviarios perdidos por las mermas de la vía férrea, supresión de líneas, abandono de estaciones menores y apeaderos y demás gracias? Y si fuere así, ¿en cuánto tiempo? Y ¿con cuánto gasto de trámites administrativos, los planes y cálculos para aquella restricción de tráfico y ahora la instrumentación (¿no se dice así, señorita Yolanda?) de las medidas de ayuda a las empresas del automóvil? ¿Y no es concreta esta otra cuenta de que cuantos puestos se creen en fábricas de popós o embetunado de autopistas, tantos pueden crearse con la fabricación de locomotoras y vagones y el despliegue de las vías férreas, empezando por la doble vía que tantos tramos están pidiendo a gritos ya desde decenios? Y hasta, si me descuido, ésta otra, para los capitales en persona: ¿no puede una empresa igualmente o mejor desarrollarse y promoverse convirtiéndose de la cansada lata del automóvil a las posibilidades inagotables del ferrocarril? De nada, señor Rius: ya sabía yo que era usted más listo de lo que parecía. Pero, venga, no te canses más, borrico: ¿no sabes tú que las cuentas de dinero o de puestos de trabajo no son tampoco más que un pretexto para la obediencia ciega a motivaciones más profundas, y tanto más eficaces cuanto más subconscientes?

Lo que pasa es que el ferrocarril es útil de veras, y el auto y sus pistas, una desgracia y un retroceso y estropicio del progreso. Y por eso, como lo bueno (pero no se dice bueno, señorita Silvia: se dice "válido", "realista", "positivo"; ¿dónde ha aprendido usted mecanografía?), pues como lo bueno es malo, se deduce entonces que lo malo es bueno; y así, la plaga, despilfarro y latazo insufrible del automóvil, por lo mismo de ser lata, desastre y peste, les ofrece a las mentes concretas las mejores garantías de que eso es lo bueno, esto es, lo necesario y el futuro inevitable.

¿Hará falta argumentar aquí de cómo el ferrocarril es lo bueno (no era, defensores románticos: lo es, por el ingenio mismo del invento y sus posibilidades sin fin de desarrollo), que es lo útil y práctico para resolver cualquier problema de transporte de viajeros o mercancías, y que el auto y sus secuelas de pistas y gasolineras es lo inútil, un atraso del progreso, impuesto en primer término por enormes intereses, y en segundo, por ese prestigio de realidad de todo lo que machaca y apesta mucho?; ¿volver a sacar la comparación entre una hilera nocturna de camionazos y un sencillo y poderoso tren de mercancías, la de una red de tranvías y metros con el potaje automovilístico y los inútiles socavones de aparcamiento?; ¿recordar la ventaja de una multiplicación de vías férreas, anchas o estrechas, baratas y duraderas, que lleguen casi a cualquier sitio sin casi molestar a nadie, sobre el machaqueo de las rutas cementosas, extendiéndose inútilmente y rehaciéndose cada año, cargando de propina con una cuota incesante de embotellamientos y estrellamientos que ninguna providencia puede remediar, ni que les metan a los niños la señalización como asignatura en las escuelas, puesto que ello está en lo malo y torpe del invento mismo? No, no creo que haga falta: ya esas evidencias se han sacado a luz hasta en estas mismas páginas, y además el sentido común de cualquiera se las está cantando.

Pero este Gobierno, como otros (aunque pocos tan decididamente) se lo está jugando todo a que el futuro es del automóvil, y eso hasta en tiempos en que año por año se hace sentir el fracaso del auto y del mañana que nos vendía, y aun algunos países progresados, algo más alerta (que ya es decir para un Gobierno), dan muestras de perder la fe en la idea del auto y dejan que sean los países que ellos llaman en vía de desarrollo los que se encarguen con su entusiasmo ardiente de sostener el averiado negocio y la fe en la esencia (la gasolina, claro: ¿qué se habían creído ustedes?).

¿Vencerá a la larga el sentido común y acabarán imponiéndose los ingenios más útiles para la traslación sobre la Tierra, en contra de la impuesta falsificación de la utilidad? Bueno, pues sí, probablemente: ya otras veces se ha visto que, por más que a la gente sea fácil engañarla en sus demandas elementales durante cierto tiempo y hacerle tragar ilusiones por realidades, al fin el sentido común y la noción de la utilidad acaban, tras largos derroches y pérdidas de tiempo, por volver a los medios de ir tirando más macizos y menos engañosos.

Sí, pero eso... "muy largo me lo fiáis", dirán, como Don Juan, los más cínicos de nuestros gobernantes, como lo dicen con sus hechos los empresarios que viven de la venta del Mañana falso; y como, en tanto, de lo que se trata es de tirar por lo más seguro hasta las próximas elecciones, para eso tiene cuenta adular todavía un par de años al automóvil, a sus supuestos puestos de trabajo, y seguir intercambiando las ayudas al ferrocarril (para sostener sus líneas deficitarias y hacer, mejorando las que no lo sean) por subvenciones a las fábricas de automóviles, no vayan a dejar de producirse y seguir machacando campos y ciudades.

Me dicen algunos de los amigos que por qué me encabrino tanto con esta contienda del ferrocarril, un asunto que parece relativamente pequeño, aun dentro de las frivolidades de la actualidad, comparado con... ¿qué?: pues las reparticiones con las autonomías, las incorporaciones a las europeas, los pactos atlánticos y galácticos, que si paro, que si terrorismo... Pero, amigos, es que en pocas ocasiones como en ésta de los transportes aparece tan palpable el cambiazo y confusión de la utilidad sentida desde abajo con la necesidad impuesta desde arriba. Y además, en pocos casos, por el desarrollo mismo del progreso desviado de sus carriles y el florecimiento mismo de la locura y falsedad de la idea de futuro, siente uno tan cerca la posibilidad de que mucha gente reconozca en esta denuncia lo que ya de atrás venían sintiendo sus corazones. Y además, en fin, como resulta que con el progreso de este mundo ha cobrado tanta importancia la cuestión del traslado de un lado para otro como medio de confirmarse en que uno es uno mismo igual aquí que en Pekín o que en la Luna, para ocultarse que la idea de movimiento lleva en sí una contradicción sin cura...,  pues por eso.

 

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