Agustín García Calvo - ¡Viajeros, al tren!

 

El País, 24 de mayo de 1989

 

Ya es asombro popular: la cantidad de espacio, en los Medios de Formación de Masas, más cada año, cada mes, cada día, cada hora, que cuesta convencer a la gente de que ha salido todavía un auto nuevo: échenle un vistazo a este mismo Rotativo en que parece que he tenido la suerte de que me hayan dejado meter el cuezo, emparedado entre una página de anuncio de auto y la siguiente; y si no se les cae la cara de vergüenza de mirar la pantalla televisiva, echen un cálculo del coste millonario y progresivo de los anuncios de auto, y luego me dirán, que seguro que se quedan cortos.Y es natural: ¿qué cantidad de fe no se requiere para hacer creer a estas alturas, 80 o 90 años de Ford para acá con el mismo cuento, que ha salido un auto? Pero el caso es que esa fe es necesaria para seguirle encajando autos y más autos al personal: si no, ¿qué iba a ser del Capital y del Estado y de los Puestos de Trabajo?

Pero esa fe hay que pagarla, Y se pone más cara cada día. Tampoco me han dicho lo que le pagan a este Rotativo por sacar en su suplemento dominical, creo que desde hace la tira de meses, una historia y glorificación del Automóvil por entregas. Miren lo que me transmiten de una portadilla de dicho suplemento: "Los españoles no estaban a principios de siglo por el progreso. Y el progreso significaba automóvil, como medio de transporte, como alternativa a los tranvías en el medio urbano y a los trenes en el transporte interurbano. Mientras otros países compensaban posteriormente su desinterés inicial, nuestro país se empeñaba en seguir de espaldas a la realidad". Les están hablando (en 1989, pero con el estilo de 1929) de un adelanto y desarrollo que tiene casi un siglo de vejez; y, siendo la estupidez y la mentira el arma necesaria del Dominio, no es frecuente, no, que la necesidad de la explotación llegue a obligar a decir el revés de la verdad tan descaradamente.

¿O le quedarán todavía a alguno de nuestros lectores dudas de cuáles son los medios de transporte útiles y poderosos y de que el Capital les está imponiendo desde hace generaciones los inútiles y los impotentes? ¿O vivirá todavía alguno en el engaño de confundir la fuerza del Capital (y el Estado a su servicio, o viceversa), la fuerza de la venta masiva de cacharros con la potencia de las máquinas en sí mismas?

Verdad que siguen todavía a estas alturas, infames y vendidos de Ellos, abriendo nuevas autopistas, hasta cavando algunos subterráneos para autos todavía, como queriendo hacer creer que por ahí se va a aliviar el problema que la venta masiva de autos les ocasiona; y hasta, aquí en Madrid mismo, algunos ingeniosos concejales están con las vías de bordillo para buses, a punto de inventar el tranvía, aquel cuyos raíles hizo hace 40 años arrancar la imposición de los transportes urbanos a gasolina y sin raíl, cuya imbecilidad vemos hoy día florecer en todo su esplendor.

Sí, pero aquí nosotros tenemos que ponernos serios, y mientras tanto...

Mientras tanto es lo que importa, mientras dura este viaje. Porque la llegada... "Lo peor es la llegada", que decía don Antonio Machado, hablando en tren. Y tan peor: como que es... ¡el Futuro!; o séase (¡sssch!) la Muerte, pero Ellos no la mencionan con ese nombre: prefieren EL FUTURO, la llegada.

Pues justamente, entre las mil maneras en que hemos recordado las ventajas palpables del ferrocarril en cuanto a utilidad y potencia para viajeros o mercancías, que el lector puede ver mismo en el manifiesto de la Coordinadora pro ferrocarril que sacamos hace unos años, estaba, por lo que toca al uso para viajeros, ésta: que en tren el viaje (a poco que Ellos dejaran desarrollar las posibilidades de acomodo y soltura que en la estructura misma del tren están, a poco que hubieran dejado -barato relativamente, al lado de sus derroches billonarios- multiplicarse los trenes de lujo para que fueran todos de lujo y para usuarios cualesquiera), el viaje en tren era sencillamente un tramo de la vida, donde sucedían cosas, donde se hacían cosas, las que pudieran hacerse o suceder en los otros tramos, y más aún, por las mudanzas de tierras fuera y los tratos con gente dentro, un tramo de los más interesantes y vivideros; de manera que el Regar era lo de menos, a nadie le angustiaba ni (quitando los retrasos desmesurados, que ésos no se debían al ferrocarril, sino a la RENFE quiero decir al impedimento de desarrollo del ferrocarril por otros intereses) a nadie le preocupaba mayormente la llegada y hasta podía a menudo, con un poco de suerte, convertirse la llegada y el destino en mero pretexto para el disfrute del viaje era el mientras tanto lo que valía.

Y eso es, por cierto, algo que por razones de la estructura misma del invento, no puede decirse lo mismo de los aviones o los autobuses, ni desde luego de los autos personales.

Pues bien, ahora estos Señores tienen que hacerle creer al público (y creérselo Ellos mismos los primeros -claro) que lo único que importa es la llegada, y por tanto, que de lo que se trata es de llegar cuanto les; y ésa será toda su medida de progreso y su razón para imponer los medios de transporte que cuadren a la vez con sus infames intereses y con sus simples ideales. Así que, de rebote, el viaje se reduce cada vez más a un mero trámite, un tiempo vacío mientras llega el Futuro, el destino, y por lo tanto un tiempo aburrido por esencia, como se demuestra en que Ellos previsoramente se lo llenan a usted (¿no nota lo vacío que era?) con Tele y con Vídeo, igualito en los trenes rápidos que en los buses y aviones. ¿No ve usted ya que lo que había que hacer era llegar cuanto antes?, ¿pasar el viaje como un trámite, sin darse cuenta de que pasa? Así le roban a usted la vida.

Pero ¿a quién diablos le hace falta llegar tan inconteniblemente, hasta el punto de sacrificar y vaciar tramos y tramos de vida con tal de llegar más pronto? Pues ya saben: a cuatro ejecutivos de Dios que tienen que estar mañana en Pernambuco, siendo a su vez evidente que el propio negocio y la Empresa a la que sirven (invariablemente, productora de inutilidades) está ya constituida precisamente de modo que les haga falta esta mañana en Pernambuco. Y esa necesidad imbécil de llegar como el rayo, que la Empresa les impone a los ejecutivos de Dios, ésa quieren seguir vendiéndosela a la gente como necesidad y aspiración de la población entera, y por tanto, único ideal para el lanzamiento de los medios de transporte hacia el Futuro.

Tal es lo que estos días, por ejemplo, está promoviendo la imposición, por Estado y Capital aconchabados, de planes de coste mortífero y estupidez sublime como el Alta Velocidad y el Ajuste de Vías a la Europea, que... ¿O quedan todavía en algún lector restos de fe en que esos Planes sean el progreso del ferrocarril, alguna duda de que esos Planes no tienen otro fin que conseguir, aún más de prisa, la muerte del ferrocarril, de las vías útiles para el común de los ciudadanos?

Aquí mismo, en este Diario, ya les han explicado de qué se trata, y se lo explicaron más en unas reuniones públicas que convocaron unas bandas de mancebos sensibles para los pasados días 11 a 13: el Alta Velocidad ni es tren ni nada: es una idea para competir con el Avión y joder tierras y gentes para servir al citado ideal de los ejecutivos del Futuro. La Vía a la Europea (que, con el procedimiento de cambio de ejes agilitado, siempre baratísimo en comparación, puñetera falta que hace ni siquiera para hacer la Europa Ferroviaria de Nuestros Sueños) lo que significa en el mientras tanto, que es la vida, es poner en obras media Península, (¿no se trata de crear Puestos de Trabajo, eh, socialistas, sindicaleros?), multiplicar luego, por cuarenta los puntos de cambio de ejes que ahora se hacen, en dos puntos, si se quiere enlazar la Red a la Europea con las, líneas que no se hayan ajustado al ancho, y al fin, producir la muerte de todas esas líneas que ¿para qué, si se siguen haciendo pistas y vendiendo autos? Repasen, repasen ustedes el género que les venden.

Pero bueno, por hoy, ya que ese tópico de la vía y el tren como alegoría y símbolo de la vida y de lo que pasa nos anda así rondando, sigamos usando de la alegoría, y dirijámonos con ella a los corazones que hasta a los ejecutivos de Dios deben de seguirles latiendo un poco por debajo de la solapita de la chaqueta de ejecutivo.

Ustedes, Señores, creen, naturalmente, en el Futuro: tienen que creer: ése es el ideal que les guía y les justifica de todas las estafas y destrozos del mientras tanto, ésa es la fe necesaria para la función de administrar la muerte que compete a Estado y Capital, a quienes ustedes, Señores, sirven, ya como ejecutivos de la Empresa y la Banca, ya como ejecutivos del Gobierno y sus dependencias (Sindicatos incluidos), ambos, por lo dernás, perfectamente acordes, así en sus ideales como en sus intereses, según se ve, por ejemplo ilustre, en el negocio de la Gasolina (y consiguiente imposición de autos y autopistas), del que Empresa Privada y Hacienda Estatal sacan y se reparten equitativamente las enormes tajadas que ustedes saben. No cabe duda: tienen ustedes que creer en el Futuro y que en el Futuro está el Auto: porque, si no, ¿con qué cara?

Bueno, pues lo que les digo es que, con tanto creer en el Futuro, lo que les pasa es que están ustedes a punto de perder el tren -quiero decir que están a punto de perder la vida.

Vamos, ya sé que vida para el Capital y el Estado no es más que el crédito, la fe, esto es, el Futuro, o séase la muerte. Pero ustedes, señores, por muy ejecutivos de Dios que sean, tienen que tener algo todavía de hombres comunes y corrientes, de los que viven como se puede, de los que no tienen más vida que el mientras tanto, que no viven de ideales, que no quieren que les vacíen el viaje por más rápido que se lo hagan (puede uno aburrirse a muerte en media hora, en tres minutos), que lo que desean es que les dejen viajar un poco vivos, disfrutando un poco del viaje, a velocidades comunes y corrientes, y que no tienen de veras prisa por llegar a ningún sitio, a ése que ustedes saben.

Y aun dejando ya sus corazones y yendo un poco más afuera, al bolsillo donde se guardan las tarjetas de crédito, aunque sólo sea como negociantes, sean ustedes del Gobierno, sean de la Empresa, que da lo mismo, les aviso que están ustedes empeñándose en un negocio malo, por pura obstinación en sus ideales, por creer que el Auto está en el Futuro y que lo que hay que hacer es seguir matando al tren y al ferrocarril, con el Alta Velocidad, con la Vía Europea, con todos los planes enloquecidos a que la inercia del Capital parece empujarles irresistiblemente.

Pero ustedes saben que ese cuento está ya muy visto, que el negocio de imposición de medios de transporte inútiles está ya muy explotado, que chirría por todos sus embragues y carburadores, como el coste creciente de su publicidad denuncia.

Me dirán a lo mejor que bueno, que puede, pero que otros 30 añitos ya tirará el asunto, y que para entonces, todos calvos, o la mayoría; y que hayan quedado atrás machacadas en aras del Futuro las tierras y las vidas de las gentes ¿a quién le va a doler para entonces?

Pero, hombres, es que no: es que esas cuentas ni siquiera son de buenos negociantes; que los más listos lo demuestran en que son los primeros que saben abandonar el cacharro a tiempo, nada más que empieza a sonar a chatarra, y cambiar de vía con presteza. Ya hace años que invitábamos a los Capitales a espabilarse y darse prisa a reciclarse, dejar a tiempo una explotación ya vieja y más que saturada y adelantarse a reinvestirse en industrias más realistas y seguras (con más futuro, diablos) en tranvías y metros, en trenes útiles y corrientes, en vía férrea, en tendidos eléctricos a las cuatro esquinas.

Volvemos ahora, con más urgencia, a avisar a los más clarividentes de ustedes, managers del Capital, a pegar a tiempo ese cambiazo, a ser un poco más materialistas y no quedarse atrás, presos de unos ideales que ya resultan demasiado caros y poco productivos. Y ustedes, los managers de la Administración, que creían que, sin el ingreso enorme que gasolina y autos y autopistas le suministran, no va a poder el Estado sostenerse, bah, no teman: sean más imaginativos y recapaciten que, con el reciclaje y las reinversiones del Capital hermano, tampoco van a faltarle al Estado impuestos y medios de mantenerse; ea, ánimo, que la Administración de la Muerte tiene vida para rato, hombres. Y ustedes, los managers del Sindicato, sean también intrépidos, y adelante por las nuevas vías: si lo que hace falta es que la gente siga trabajando, sin necesidad, para que no dé guerra, no se preocupen: también con la multiplicación de vías férreas, de tendidos eléctricos y de trenes de lujo para el pueblo tienen ustedes asegurada la creación de Puestos de Trabajo, tantos y mejores que con el servicio a la impotencia del Auto y el Astrobús y el Avión y el Camionazo y sus secuelas del Alta Velocidad y la Vía a la Europea; así que lo mismo pueden seguir ustedes reivindicando y haciendo currar a sus currantes en cosas útiles que en inutilidades y futuros: a ustedes ¿qué más les da, hombres?

En fin, lo que les digo -no digan que no se les avisa: que se den prisa, que cojan el tren ahora, que no vayan a perder el tren. Ya verán qué bien nos lo pasamos todos mientras dura el viaje.

 

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