Josep Maria Albaigès i Olivart - El castigo del blasfemo Titanic

 

Enero de 1998

 

Éste era el título de una historieta publicada allá por mi infancia en una hoja parroquial de ésas que se repartían los domingos en la misa. Su autor hacía una dramática historia de las burlas de los obreros que trabajaron en la construcción. Al parecer se entretenían escribiendo en el casco: Neither God nor Pope (Ni Dios ni Papa). O los impertinentes comentarios de quienes decían “Ni Dios puede hundirlo”, que sin duda eran ciertos, pues han sido recogidos incluso en el reciente filme sobre el coloso del mar.

Tras esta exposición, la Hoja Parroquial se autoformulaba una pregunta con respuesta incluida que recuerdo literalmente: “¿Fue un castigo de Dios el naufragio del Titanic? Todo hace suponer que sí.” Es decir (pensé, atónito con mis diez años), que valió la pena que mil personas murieran congeladas en el Océano Atlántico porque algunos obreros blasfemaron. Menudo Dios cascarrabias, ¿eh? Claro que, bien mirado, casi todos los ahogados eran protestantes, y en aquellos tiempos, sin negarles categóricamente en las mismas hojitas la posibilidad de salvación eterna, se concluía que “era muy difícil”.

La catástrofe del Titanic marcó la generación de nuestros abuelos de forma similar a la del Columbia en 1986. ¡Lo que era el do de pecho de la capacidad tecnológica e industrial del momento, destruido en el momento en que iba a dar el espectáculo ante el mundo! Durante años se habló del capitán, de los pasajeros, de las escenas dantescas de la evacuación del buque, de la verticalidad de éste antes de hundirse, de la falta de botes salvavidas, de la orquesta tocando “Más cerca de ti, Dios mío” (pero, ¿no eran tan blasfemos?)… El Titanic quedó incorporado de la historia a la leyenda, y el reciente filme ha venido a recordarnos aquel drama de principios de siglo como aviso y lección de navegantes, y nunca mejor dicho.

Si se me ha ocurrido recordar esa ingenua hojita dominical de los años 50 es para pergeñar a su costa lo que podríamos llamar una “teoría de la blasfemia”. Nuestra religión comparte con las otras dos monoteístas una figura ausente o poco importante en otras: la blasfemia. Podríamos definir ésta, en cuanto a sus resultados prácticos, como unas palabras que justifican unos hechos. Nuestras reglas de convivencia van aceptando gradualmente que el primero que agrede no puede justificar sus hechos en palabras previas del otro, pero no siempre ha sido así.

En la Biblia se hallan abundantes referencias a la blasfemia, concebida como una ofensa grave de palabra contra Dios. A lo largo de las vengativas páginas del libro sagrado, Jehová castiga sin piedad a quienes blasfeman. ¿No es sorprendente que todo un Dios acepte en el hombre tanta capacidad de ofensa mediante un instrumento tan fácil de librar como la palabra? Pues así es: Jehová castiga con la muerte ofensas de palabra tan graves contra él como pronunciar su nombre (!).

Las páginas bíblicas forjan una peculiar mentalidad, que impregnó e impregna el pensamiento judío: ¡cuidado con las palabras! Porque pueden desencadenar hechos. Si todo un Jehová fulmina a quien profiere algo contra él, ¿no estará muy justificado que lo hagan en su nombre quienes dicen defenderle frente a los excesos del blasfemo? Y así aparece un complicado tejido de castigos en forma de reacción a unas acciones puramente verbales. A cualquiera le ha llamado siempre la atención que un código tan sucinto como el Decálogo consuma uno de sus preceptos en prever unas formas de blasfemia que a nosotros nos cuesta incluso imaginar: “No tomarás el Nombre de Dios en vano”.

La idea ha ido pasando en cascada a otras religiones, algunas de las cuales la han acogido con entusiasmo. La cultura musulmana es la que continúa hoy con el concepto más fuertemente insertado en su conciencia colectiva. Bien reciente (y presente) está el caso del escritor indio Salman Rushdie, y no olvidemos la problemática continua de las relaciones entre las comunidades judía y palestina en Israel, cuyo termómetro de tensión sube a máximos en el momento menos pensado por alguna “blasfemia” emitida por alguna de las dos partes.

¿Y la cristiana? El concepto, referido a la divinidad, ha ido perdiendo fuerza entre nosotros, pero los reflejos creados por siglos y siglos de acción-reacción siguen presentes. Los mecanismos reflejos así aparecidos se han extendido a otras actuaciones de la vida, una muestra de las cuales es el bien conocido celo hispánico ante los insultos. Una mención despectiva de la madre de uno era considerada hasta hace bien poco como justificativa de que corriera la sangre. En otros campos, la reacción fulminante ante el ultraje a la Nación o a la bandera era el núcleo de la formación de algunas clases dirigentes.

En suma, que nos encontramos instalados todavía en una cultura con abundantes rastros de la valoración de la blasfemia, que traslucen y permean numerosas actitudes. La fuerza de la palabra como elemento capaz de provocar hechos es una tema de profunda controversia social. La figura legal de la injuria es una pieza clave en nuestra legislación, y la virtualidad de acciones que contra ella pueden ejercerse es infinita. No es necesario insistir en la importancia de la honra en la comediografía de nuestro Siglo de Oro. Y, en resumen, durante mucho tiempo se continuará sin distinguir adecuadamente entre los dos niveles, el de la palabra y el de los hechos, como configuradores de la diversidad de acciones en toda convivencia civilizada.

Las páginas de Josep Maria Albaigès i Olivart...

Todos vamos en el mismo barco...