Josep Maria Albaigès i Olivart  -  En busca del petrodólar

 

Barcelona, enero de 2007

 

El sha de Persia, Reza Pahlevi, introdujo la fecha del 6 de octubre de 1973 en la historia de la economía con el mismo rango del crack bursátil del 24 de octubre de 1929 (“jueves negro”). En ese día, y como apoyo al bando árabe en la guerra del Yom Kippur emprendida por Egipto contra Israel, decidió subir el precio del barril de petróleo (que entonces se cotizaba a unos tres dólares) un ciento por ciento. Los países de la OPAEP (Organización de países árabes exportadores de Petróleo) se sumaron alborozadamente a la iniciativa, y los de la OPEP hicieron lo mismo en pocos días.

La medida fue formalmente justificada por motivos patrióticos, pero de hecho no hacía más que reflejar la ley de la oferta y la demanda. Los países consumidores de petróleo, especialmente los occidentales, habían polarizado excesivamente la dependencia de su industria en ese factor energético, y de pronto se sintieron cogidos en la trampa, que resultó especialmente mortal para las economías en vías de desarrollo, como las de India y África en general. En los años siguientes se produciría una escalada de precios, y los Estados, que no deseaban de ningún modo perder los ingresos fiscales que los carburantes generaban, se apresuraron a subir éstos consiguientemente. Recuerdo que en pocos años la gasolina pasó de 11 Pta/litro a unas 35 Pta/litro (¡qué tiempos aquellos, verdad?).

Los países productores de petróleo, y de manera muy especial los del Golfo, donde se encuentran las mayores reservas del mundo, se encontraron de pronto nadando en la abundancia gracias a los ingresos del oro negro. Por supuesto, muchos jeques árabes aprovecharon para construirse suntuosos palacios con griferías de oro, pero aun así quedaba un sobrante muy fuerte, que se aplicó a mejorar el nivel de vida y de desarrollo de la población.

Por una parte, se produjo un trasvase de mano de obra desde los países vecinos (los que no tenían la suerte de estar situados sobre una bolsa de petróleo) a los geológicamente agraciados, en especial Kuwait, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes, que quedaron así convertidos en los aristócratas regionales. De la noche a la mañana los yemeníes, por ejemplo, eran despreciados por los saudíes por tener que ganarse la vida en el país de éstos conduciendo taxis o haciendo de faquines, mientras que los indígenas recibían pingües subvenciones estatales con el menor motivo: matrimonio, viaje de estudios, etc.

Por otro lado, Occidente, puesto de rodillas por los nuevos recursos que el petróleo demandaba, recurrieron a vender masivamente sus productos a los países del golfo. Empezó a operarse sutilmente una transferencia de propiedades occidentales hacia el Golfo. Todavía hoy constituye un misterio qué parte de nuestro país esta vendida a jeques e inversores: en la práctica, continuamos recibiendo petróleo a cambio de ceder nuestra propiedad, aunque, de momento, no nuestra soberanía.

Dentro de los productos que Occidente podía vender a los nuevos dueños y señores jugó un papel especial la construcción. Llovían las peticiones para crear nuevos puertos, puentes, edificios, carreteras, plantas químicas, universidades, hoteles y todo tipo de obras que implementaran de la noche a la mañana una red suficiente de infraestructuras para unos países que en poco tiempo pasaban de la edad de piedra (o al menos del pastoreo) a la era atómica.

Participé en aquella ocasión en un par de viajes a esos países con el fin de sondear el mercado para ver qué posibilidades tenía mi empresa de llevar a cabo construcciones en ellos. En el primero iba a llevarme importantes sorpresas.

 

Arabia Saudita

Arabia es una enorme y desértica península ocupada en su mayor parte por el Estado de Arabia Saudí. Su capital, Riad, se halla en el centro, rodeada de calor y arena, y los suministros llegan a ella desde el puerto de Jeddah, en el mar Rojo. Nada más poner el pie en esa localidad pude asistir a una anécdota que relato por ser quizás expresiva del carácter de sus habitantes: un coche se hallaba estacionado momentáneamente sin conductor en el centro de una calle estrecha, bloqueando el paso. Un automovilista que llegó posteriormente a bordo de su Dodge de 2 toneladas no se molestó siquiera en esperarlo: embistió con su coche contra la pobre furgoneta, que salió despedida hacia el centro de la calle principal, motivando el consiguiente tumulto cuando tres o cuatro coches más chocaron contra ella. Pero el conductor del primer coche abandonó la escena y se fue tan campante.

Al día siguiente nos fuimos al puerto: ¡macabro espectáculo! El Jeddah tenía entonces un puertecillo de nada, y a él habían empezado a acudir desde todo el mundo flotas de buques cargados de automóviles, frigoríficos, cemento y maquinaria de todo tipo. La capacidad del pobre fondeadero se vio tan desbordada que se formó una “cola” de buques esperando para poder desembarcar su preciosa carga. A un kilómetro de distancia se divisaba una verdadera barrera continua de barcos esperando pacientemente su turno. ¡La demora era de cuatro meses! A los precios del flete, el kg de acero, que entonces rondaba las 40 Pta, se situaba en unas 600 por el tiempo perdido por el buque.

Claro está que muchos intentaban aligerar en lo posible una espera tan larga como cara. Recuerdo haber visto como un helicóptero hacía viajes desde el buque cargado de cemento hasta una plataforma portuaria para descargar allí sacos en paquetes de 20 ó 30. A menudo se rompía alguno en el aire, y su polvillo dejaba un rastro parecido al de los aviones a reacción.

Data de aquella época el invento de los buques roll-on roll-off, provistos de sus propias grúas. El buque se aparcaba con la popa contra el puerto, con lo que se reducía espacio en éste, y los camiones entraban directamente a bordo como si se tratara de un ferry. Las grúas lo cargaban y así, en pocas horas se completaba la maniobra.

Un paseo por los almacenes al aire libre del puerto nos ofreció el espectáculo de miles de contenedores apilados formando pasillos kilométricos, alineados en medio del desierto como osamentas de búfalos. Tras la espera de los buques venía la gestión portuaria, que demoraba unos meses más la estancia de las mercancías antes de que fueran a parar a su dueño. Junto a los contenedores yacían coches antaño nuevecitos pero ya cubiertos de polvo y a menudo con los cristales de las ventanillas bajados, lo que sembraba de más polvo también el interior. Todos esperaban a un dueño que quizá nunca llegaría.

Tras este espectáculo reconfortante, iniciamos contactos con nuestros agentes en Jeddah. El principal de ellos era Hamid, un egipcio despierto y emprendedor. Hay que aclarar que Egipto desempeña en el mundo árabe un papel de “locomotora” similar al de Estados Unidos en el mundo occidental, y los egipcios son altamente apreciados, con toda razón, por sus dotes organizativas y laboriosas. Hamid intentó introducirnos (sin mucho éxito, la verdad) en las peculiaridades del mundo administrativo saudita, que, según yo iba viendo, era manejado por los extranjeros, los únicos que se veían obligados a trabajar en aquel país.

Hamid llevaba negociaciones con otros grupos, y como muestra de amistad nos invitó a una docena de ellos a cenar en su propia casa, incluyéndonos gentilmente. Se trataba de un alto honor.

Mientras Hamid no cesaba de alabar el papel de la mujer árabe como “reina de la casa”, ésta, recluida en la cocina, pasaba los platos, que eran recogidos por el propio Hamid o alguna de sus hijas menores. Nunca vimos a nuestra gentil anfitriona; vaya desde aquí mi agradecimiento, que no pude manifestarle personalmente, quizá le llegue un día por algún extraño camino. Las tórtolas, manjar exquisito para el gusto árabe, estaban en verdad sabrosas aunque excesivamente grasas para nuestro paladar, y la cena transcurrió en un ambiente plácido. Tan amigos nos hicimos que Hamid nos transmitió la invitación de un tal Safar, al parecer un jeque poderoso, para comer con él al día siguiente.

El tal Safar nos invitó a un restaurante alejado del centro de la ciudad, donde las moscas revoloteaban a sus anchas sobre la comida, y pasó el tiempo lamentándose (en árabe, pero Hamid nos iba traduciendo) de lo caro que estaba todo y manifestando claramente que nos invitaba porque su jefe, que deseaba adjudicarnos una obra, se lo había mandado, que si no de qué, y que para la miseria de comisión que él se iba a sacar no valía la pena haber ido a un restaurante tan lujoso. Por ello nos sugería los platos a escoger, invariablemente los más baratos de la carta. Menudo contraste con Hamid, que había hecho honor a la fama de hospitalarios de los árabes.

El caso fue que finalmente terminó la comida, y Safar sugirió que la propina la depositáramos nosotros, pues al parecer se trataba de una costumbre del país. Hamid ponía cara de circunstancias, subiendo y bajando los ojos con la actitud de decir “Vaya tío, pero aguántense”. Al regreso a la oficina de Hamid bajo un sol de plomo (suerte de los ventiladores, que se parecían al aire acondicionado) Hamid decidió que quería dormir una siesta, y sin pensarlo dos veces se descalzó, tumbándose en el único sofá del local y descabezando un sueñecito mientras nosotros, lógicamente sorprendidos, aguardábamos sentados en las adamantinas sillas que magnánimamente nos había dejado libres.

Lo dicho hasta ahora puede dar una idea del ritmo al que se desarrollaron las negociaciones en los días siguientes. Había jornadas en las que no había nada que hacer (el jeque se había largado sin dar explicaciones, y no cabía más que esperar), otras en que éramos casi sacados de la cama para atender a una urgente reunión, que se reducía habitualmente a comunicar la aparición de un intermediario más y la comisión que le correspondía. Sumando los porcentajes la obra pronto se doblaba y aun triplicaba, pero nada de eso parecía preocupar a nuestros jeques. El petróleo manaba sin cesar en el desierto, y la capacidad de pago de los países consumidores era al parecer inagotable.

La estancia en Riad, la capital, se desenvolvió en unos parámetros peores: las alcantarillas discurrían al aire libre, los intentos de conseguir una conferencia con España exigían esperas de horas cuando no de días, y cualquier intento de fotografiar, no ya los habitantes sino algún edificio, motivaban la presencia de grupos de indígenas que con gesto amenazador nos indicaban que nos abstuviéramos de tal profanación. En fin, paso de largo antes esos incidentes menudos para no fatigar al lector.

 

Irak - Iraq

Las sorpresas continuaron en Iraq con la inexistencia del antiguo “creciente fértil”; en vano busqué desde el avión que nos llevaba a Bagdad los feraces llanos mesopotámicos regados por el Éufrates y el Tigris. Según sabría más tarde, un moderno programa de irrigación había acabado salinizando las tierras, que están hoy reducidas a un rústico desierto. Un aviso que los ecologistas no dejarán de anotar: ¡cuidado con las modificaciones a escala cósmica! Reservan sorpresas inesperadas. El petróleo hubiera podido suplir esa destrucción del entorno, de no haberse complicado la convivencia con dictadores, grupos religiosos enfrentados a muerte y guerras “liberadoras”.

 

Babilonia

En una de esas paradas forzosas decidimos ir a hacer una visita a la cercana Babilonia. Un par de horas atravesando el desierto en un taxi, y lo único que hallamos fueron montañas ingentes de residuos cerámicos. Babilonia no había tenido la suerte de los egipcios, que construyeron sus obras en piedra en lugares del desierto inaccesibles a la ira del Nilo. En el desierto iraquí, crecidas y crecidas del río habían acabado enterrando la ciudad entre sus sedimentos, y sus destrozados restos, formados por millones de cascotes de ladrillo entre los que a veces se entreveía algún signo cuneiforme, provocaban una fuerte melancolía.

En fin, que acabamos pensando que no había valido demasiado la pena el viaje. El resto de la estancia en Iraq transcurrió sin mayores problemas, y sólo notamos, como diferencia principal con las estancias anteriores, que allí no abundaban tanto los pedigüeños que presumían de parentesco con el Gran Califa. Por lo visto, el Baas había conseguido introducir algo de honradez en la población. Claro que todavía no habían llegado los años de Saddam Hussein.

 

Kuwait

Conque nuevo aeropuerto, y nos plantamos en Kuwait. Un minúsculo Estado creado por conveniencia de las potencias occidentales, que calcularon muy bien la situación de la bolsa de petróleo subyacente para convertirla en país. Me llamó la atención la fragilidad de aquel diminuto Estado entre sus poderosos y ambiciosos vecinos. Unos años más tarde se materializaría ésta cuando la primera guerra del Golfo acarreó cierta simpatía por parte occidental por ese enano territorial que intentaba erigirse en un sustituto del destruido Líbano, atrayendo capitales con el señuelo de su seguridad.

Pero aquí acababan las semejanzas con el también diminuto país de los cedros, con esa Suiza del Oriente Medio, cuya sobriedad y nivel económico y cultural había quedado destruida por los enfrentamientos religiosos y por su propia debilidad, que la hizo ser pasto de las invasiones de grupos armados. Como decimos, Kuwait era muy distinto. El nivel alcanzado por ese país estaba a años luz del libanés, especialmente en lo que se refiere a evolución social. Kuwait era, y mucho me temo que sigue siendo ahora, un reducto fundamentalista más, peor todavía que Arabia Saudí, que al menos tiene a su favor un mayor contacto con Occidente. No recuerdo haber visto ni una mujer por las calles (bien es verdad que sólo anduvimos por las céntricas)… bueno, sí, en una ocasión vi que un fardo, que había tomado por un saco, se movía: ¡bajo las negras telas se ocultaba por lo mismo una mujer sentada en plena calle!

 

Irán

El país más chocante fue Irán. Nos limitamos en nuestra visita a Teherán (Tehran para ellos), ciudad en una llanura al pie de unas montañas cuya belleza nada tenía que envidiar a los Alpes. Era una ciudad bullente, dinámica, en la que las cafeterías alternaban con los repletos cines entre un apretado tráfico. Los barrios populares tenían sus mercados, aunque no en el estilo de bazar musulmán, sino más bien como un apretujado Rastro, donde los artículos occidentales se mezclaban con los propios de aquellos países, tan pintorescos para nosotros.

En resumen, nos hallábamos ante un un remedo de Estado occidental, una imagen de nuestro propio país unos decenios antes. Por la TV se veían anuncios de camisas “blancas e inmaculadamente planchadas” y de ejecutivos regresando apresurados a su casa para disfrutar de la familia. Todo ello reflejaba una clara vocación europea, un camino que los espñoles sentíamos próximo en nuestra experiencia. Una incipiente burguesía apuntalaba esa evolución pacífica y materialista. Había restaurantes caros, aunque pocos, y los bancos estaban adquiriendo los hábitos lujosos que caracterizan a los occidentales.

Todo esto cambiaría pocos años después con la llegada de Jomeini, que consumaría la disgregación de la inteligencia del país y el retroceso fundamentalista del resto. Y así sigue. Confieso que la llegada al poder del ayatolá fue para mí un hecho sorprendente, y di por sentado equivocadamente que jamás su régimen conseguiría ser aceptado en un país tan incipientemente occidentalizado como Irán. Pero mi opinión cambió en cuanto vi la oleada de fusilamientos que el nuevo régimen producía, imitando los de Fidel Castro en el año 1959. El resultado fue el mismo: huida masiva de las minorías pensantes hacia el extranjero y consolidación del régimen. El secuestro de los funcionarios de la embajada de USA fue un aldabonazo a la conciencia occidental y un duro golpe para los Estados Unidos, que tenían ocasión sobrada de arrepentirse de haber retirado su apoyo al sha. El propio presidente Carter pagaría con su fracaso en las elecciones de 1980 su poca visión de la mentalidad iraniana.

JMAiO, BCN, ene 07

 

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