Josep Maria Albaigès i Olivart - El ferrocarril y la lengua

 

Publicado en Carril, n° 6/7, enero 1981

Publicado en Carrollia, nº 95, diciembre 2007

 

Lógicamente, es un fenómeno constante la delantera de los hechos sobre su interpretación humana. Primero es siempre la experiencia, el acontecimiento; luego viene la observación, el intento de aprender lo que de sí escapa al control directo.

Vienen estas casi perogrullescas reflexiones a cuento del retraso con que la consciencia colectiva encaja cualquier cambio tecnológico, ante el cual adopta actitudes correspondientes a épocas anteriores. Tuvieron que transcurrir decenios antes de que las salas de cine dejaran de decorarse como teatros, los automóviles de carrozarse como coches de caballos o las lámparas eléctricas de diseñarse como quinqués. Resulta sorprendente la dificultad con que cada uno de estos nuevos avances fue capaz de encontrar su forma expresiva propia.

Pero en realidad, subsisten campos donde esta "provisionalidad" se prolonga indefinidamente. Por ejemplo, el aspecto lingüístico del ferrocarril y todo su mundo. Vale la pena observar cómo la nomenclatura de los abundantísimos elementos ferroviarios ha tenido que ir siendo improvisada, pellizcando confusamente en la existente con anterioridad referida al ambiente del camino y la posta, cuando no adoptando terminología procedente de otras lenguas con menos timidez y prejuicios que la nuestra.

¿Puede darse hecho más irónico que la no existencia de una palabra adecuada para nombrar el elemento central de todo el mundo ferroviario, el propio ferrocarril? Porque, obviamente, esta palabra designa etimológicamente el camino por donde el ingenio avanza, pero no a éste. ¡El invento sigue huérfano de nombre a estas alturas! Y tiene que conformarse con usurparlo de otros elementos "vecinos". Porque tampoco es solución el término "tren" que designa en realidad un conjunto de elementos marchando correlativamente por el mismo camino (francés train, del verbo traîner, 'tirar'), ni menos aún el también de origen francés "convoy", con el mismo significado (con-voie, de voie, 'camino').

Parece que pasó ya la oportunidad de buscar un nombre adecuado para el ferrocarril y los citados prometen perdurar. Claro es que la expresión adecuada sería algo así "convoy articulado autopropulsado sobre vía férrea", que resulta algo difícil de acortar en una palabra que conserve todo el significado. Si buscamos una fórmula griega, no parece posible ir a algo más corto que "Sínodo ferrocarrilado autopropulsado", ciertamente algo incómodo todavía... aunque quizá resultase el socorrido expediente de recurrir a las iniciales, que daría SAF.

Y si esto pasa con el capitán, ¿qué no será con los marineros? Para seguir próximos al tema, veamos que el camino de rodadura, huérfano del nombre que le ha usurpado el convoy, tuvo que recurrir al genérico de "vía" —que puede referirse a cualquier camino en general— o, más precisamente, "vía férrea" , cuando no al horrendo "camino de hierro", calco literal del chemin de fer francés. Es curioso ver cómo la lengua vecina penetra también en el nombre de la pieza metálica constitutiva, muchos años denominada "rail", aunque por fortuna este nuevo barbarismo parece hoy en retroceso frente al más castellano de "riel", que habría que preferir a "carril", por ser éste mucho más genérico y tomado, como tantos otros, del mundo de los vehículos con tracción a sangre.

Y ya que en este campo estamos, observemos, cómo, curiosamente, la palabra "carruaje", de cierta profusión en el léxico ferroviario en el siglo XIX y transmisora de tradicionales valores semánticos, ha tenido poca fortuna frente a otras. El famoso "coche" (procedente nada menos que del húngaro kutxi, hoy aplicada preferentemente al paralelo mundo del motor de explosión) y la más familiar "vagón", (inglés wagon, a su vez del verbo wag, balancear, aludiendo a las contorsiones de los carromatos). Resulta notable que la RENFE y la Academia Española, con esforzado acuerdo, intenten aplicar el primer término a los carruajes de pasajeros y el segundo sólo a los de mercancías, en notable contracorriente del léxico popular, que llama vagones a unos y otros indistintamente.

Pasando al elemento tractor, tampoco andan muy de acuerdo el significado etimológico y el convencional. La voz "locomotora" se aplica meramente a algo dotado de locomoción, sin mayores precisiones sobre si ésta es propia o comunicada por otro elemento. En realidad.el termino completo es "máquina locomotora" que a veces se ve simplificado por el otro lado para quedar en "máquina" a secas, que puede significar casi cualquier cosa. En definitiva, "grupo tractor" o "vehículo motor" parece más adecuado, aunque destilan un cierto tufillo tecnicista, no se sabe muy bien por qué.

¡Y cuánto podría divagarsc sobre muchos otros términos! "Estación" parece adecuado para los lugares donde el tren se detiene por breve tiempo ("estacionarse" conlleva siempre un sentido temporal, no permanente, lo que obligaría a buscar otro nombre para las toscamente llamadas "estaciones término"). Un "apeadero", es también un "montadero". Las palabras "agente" (griego agein, 'obrar') y "factor" (latín facio, 'hacer'), significan en realidad lo mismo, y serían aplicables a cualquier empleado ferroviario no excesivamente vago. "Coche dormitorio" sería preferible a "coche cama"... por no hablar de algunos términos extranjeros usados literalmente, como "bogie" o "ténder", que esperan todavía su versión adecuada al castellano.

¿Pues qué decir de la pintoresca nomenclatura que la RENFE introduce en sus dominios, con más imprecisión etimológica si cabe todavía? Los términos "tren ascendente-tren descendente" revelan ingenuamente un pintoresco espíritu centralista, habituado a ver nada más que trenes que van o vienen de Madrid... "tren ómnibus" (en latín «para todos») pudiera ser un término adecuado en lugares o períodos de intensa segregación social, pero no acaba de verse su significado concreto en el día de hoy. "Tren automotor" es en realidad una tautología, lo mismo que "tren articulado", pues ambos calificativos se refieren a propiedades —autopropulsión, conexión articulada de las distintas unidades— que debe en realidad poseer todo tren para merecer el nombre de tal... y no hablemos ya de los frecuentes contrasentidos fácticos en que incurren trenes con la denominación de "expresos" o "rápidos"... aunque quizá la perla más preciada se dé en la archiprecisa denominación TER, "tren español rápido" (!), antiguo TAR, creada un tanto atolondradamente para evitar explicables confusiones fonéticas con el TAF.

Podríamos seguir, pero con los botones de muestra citados creemos que basta para confirmar la idea de que el mundo ferroviario, en su aspecto lingüístico, nos aparece conformado de manera totalmente deslavazada y aluvionaria, recordando algunos campos científicos como la mineralogía o las matemáticas clásicas. Su desarrollo ha sido tan rápido y espectacular que la realidad terminológica ha ido teniendo que adaptarse trabajosamente a los nuevos conceptos, surgidos velozmente de ese mundo trepidante que en medio siglo cambió los conceptos milenarios sobre transporte y ritmo de vida. No cabe, probablemente, lamentarse por ello. ¿No resultaría excesivamente deshumanizada una terminología etimológicamente perfecta pero vacía de jugosas llamadas a la intuición y la experiencia cotidiana? Quédense las palabras creadas ex novo, matemáticamente precisas, sacadas de la fría cantera del latín y el griego, para los asépticos quirófanos o los laboratorios de química inorgánica. Los amantes de los trenes, sin duda alguna, nos inclinaremos más siempre al pintoresquismo de los términos inexactos e incluso divertidos, que contienen sin embargo una llamada a la fantasía... como sin duda algunos prefieren el ruidoso y familiar vapor a la eficaz y silenciosa corriente eléctrica.

 

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