Josep Maria Albaigès i Olivart - Leyendas en torno a la Invencible

 

Salou, agosto de 2002

 

A finales del siglo XVI el rey español Felipe II mandó disponer una poderosa flota con que invadir Inglaterra, país del que el mismo Felipe había sido rey consorte por su matrimonio con la ya entonces fallecida María Tudor. Con el tiempo, las relaciones entre ambos reinos se habían deteriorado definitivamente por la política de adopción del protestantismo seguida por la reina Isabel, sus ataques depredadores a puertos caribeños y aun españoles y su apoyo a los rebeldes holandeses.

No vamos a hablar de las peripecias de la Felicísima Armada, que sólo posteriormente empezó a ser llamada irónicamente Armada Invencible, tras su fracaso: son bastante conocidas. Nos detendremos sólo en comentar algunas de las leyendas, que hoy calificaríamos de “urbanas”, que un acontecimiento de esa envergadura ocasionó.

La primera de que hemos tenido referencia alude a los constantes retrasos en la organización de la Armada, encomendada al marqués de Santa Cruz. Se cuenta que éste, al visitar al rey para comunicarle el enésimo aplazamiento, fue replicado con una de las frases lapidarias de Felipe II:

—No esperaba eso de vos, marqués.

La impresión causada por estas palabras, dichas con el usual grave talante del monarca, habría sido tan fuerte en el marqués, que éste enfermaría al poco, falleciendo de pesadumbre. La historiografía del siglo XIX ha representado incluso este momento “histórico”, con el monarca sentado en su “Silla de Felipe II”, en El Escorial, y el contrito marqués escuchando el hiriente comentario.

No cabe duda que Felipe II, ávido de atacar Inglaterra cuanto antes, reprocharía al marqués el hecho, aunque no se sabe con qué palabras, ni si ello fue en el lugar imaginado por los pintores. La realidad es que Santa Cruz, a su vuelta a Lisboa, enfermó por otras causas, y en efecto falleció al poco.

Otra leyenda, que conviene disipar en beneficio del buen nombre del marqués de Medina Sidonia, conductor de la Armada, es la supuesta incapacidad de éste, quizá motivada por sus mismas palabras y juicios de sí mismo, excesivamente humildes. En realidad, el análisis sereno de los hechos concluye sin lugar a dudas que, dadas las circunstancias, Medina Sidonia se comportó como un eficaz caudillo y buen marino, y sólo la fatalidad y la falta de preparación de sus tropas concluyó con el fatal resultado. Quizás el principal motivo de éste habría que buscarlo en el propio rey Felipe II, que, cansado de dilaciones, ordenó partir sin más a la flota, cuando todavía no estaba resuelto el problema de su avituallamiento en los Países Bajos con las fuerzas que debía aportarle Alejandro Farnesio mediante unas embarcaciones de pequeño calado, capaces de navegar por los bancos neerlandeses, vedados a los buques españoles, pero muy vulnerables a la artillería inglesa en mar abierto cuando se aproximaran a aquéllos, de mucho mayor calado. Farnesio llegó a escribir al rey que “estaba dispuesto a embarcarse él solo hacia Inglaterra si hacía falta, pero no podía mandar a la muerte segura a sus hombres”. Y tenía razón.

Ya embarcada finalmente la Armada, partió hacia Inglaterra, cuyas costas divisó el 29 de julio de 1588. Los ingleses han fabricado ahí otra preciosa leyenda: según ella, Francis Drake, que esperaba a los españoles fondeado en Plymouth, estaba jugando a los bolos cuando fue informado de la llegada de la flota española, y exclamó: “Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles”. En el fondo de la leyenda se revela, aparte de la fanfarronería de Drake, un hecho cierto: la flota inglesa no podía salir de Plymouth en aquellos momentos, con la brisa en contra y la marea empezando a subir. Mientras, los españoles navegaban con viento a favor, a barlovento.

De hecho, hasta el 31 no se dio el primer encuentro naval, previo el caballeroso intercambio de señales de desafío. Desde el primer momento quedó claro que la ventaja inglesa iba a ser decisiva: sus navíos eran más ligeros y maniobrables que los españoles, pensados para el transporte de tropas, y se escurrían siempre evitando el cuerpo a cuerpo (el abordaje) que perseguían éstos. De todos modos, la batalla finalizó sin una ventaja clara para nadie y sin que ningún barco quedara inutilizado.

Otra cosa fueron los días siguientes, plagados de accidentes. El más grave fue la explosión accidental ocurrida en la santabárbara del buque San Salvador, que inutilizó éste y sus vecinos. Los ingleses crearon una leyenda en torno a las galeras españolas de este grupo de la Armada Invencible: en una de ellas, Diana, uno de los galeotes, el galés David Gwynn, habría conseguido libertar a sus demás compañeros y entre todos, tras exterminar a la tripulación española, habrían ido capturando a las tres galeras restantes. Lo que sí es cierto es que algunos capitanes de navíos llegaron a desobedecer las órdenes de Medina Sidonia, lo que les valdría posteriormente la sentencia de muerte, y el desorden empezó a ser general

En Calais empezó la flota española a sufrir sus más graves contratiempos mientras anclaba cerca de la costa continental esperando inútilmente los refuerzos de Farnesio. Los ingleses arrojaron contra ellos multitud de brulotes (cargas autonavegables provistas de pólvora ardiendo, verdaderos precursores de los modernos torpedos) que causaron serios daños a la flota, no sólo materiales sino por el desconcierto que se originó entre ellos.

A todo esto, el tiempo había ido cambiando, con el viento empujando a los buques españoles hacia la traicionera costa, y la batalla de Gravelinas supuso el contratiempo más severo para la Armada, hasta el punto de que, situada la Armada entre la espada de los ingleses y la pared del viento, se decidió finalmente atacar suicidamente antes de que éste acabara arrojando a los buques contra los arenales flamencos, donde embarrancarían, En estas circunstancias cambió el viento milagrosamente y Medina Sidonia pudo escapar hacia el norte, desde donde realizaría su desastroso periplo en torno a las Islas Británicas, plagado de pérdidas por la niebla, las tempestades y la ignorancia de las costas hasta que los restos de su flota recalaron en distintos puertos del Norte de España, derrengados y humillados. Ni que decir tiene que muchos navíos con sus tripulaciones se perdieron por el camino en un mar traicionero y, esta vez, sí con muy mal tiempo. Algunos grupos de españoles desembarcaron en Irlanda, donde un destacamento de la reina se encargó de capturarlos y eliminarlos, atribuyendo después con todo descaro el hecho a los irlandeses, quienes, por el contrario, ayudaron a bien número de españoles a reembarcar, como siglos más tarde haría la Résistence francesa con los ingleses.

La más famosa de las leyendas en torno a la Armada es la del mal tiempo, responsable último de la derrota, que habría llevado a Felipe II a exclamar: “Yo no envié a mis buques a luchar contra los elementos, sino contra los hombres”, frase desde luego apócrifa. En realidad, el mal tiempo jugó contra los españoles, pero mayormente después de la batalla propiamente dicha, y sería minimizar injustamente el poderío inglés concluir que a “los elementos” se debió solamente el desastre. Curiosamente, la leyenda ha persistido tanto tiempo por ser alimentada por ambos bandos: para los españoles era un medio de eludir responsabilidades, los ingleses vieron en él un aliado de la Divina Providencia, que los confirmaría en el recto camino religioso emprendido. Y así la cuestión ha subsistido intocada durante siglos.

La leyenda estratégica definitiva es que, a partir del fracaso de la Armada, España perdió el poder marítimo y Gran Bretaña se hizo dueña de los mares. Nada más falso. De hecho, Felipe II llevó a cabo dos intentonas más, en 1596 y 1597, a través de Irlanda, pero en ambos casos los navíos fueron dispersados y destruidos por las tormentas. La propia opinión pública española protestó ante esas caras expediciones, y en 1604, con Felipe II, se firmaría la paz con Inglaterra. Pero España continuó manteniendo un fuerte poderío naval durante siglos, que le permitió la estabilidad en sus relaciones con las colonias americanas, e Inglaterra tuvo que conformarse con las ocasionales rapiñas que podía aplicar a éstas o a los buques en curso. No sería hasta el siglo XVIII, con el auge de los descubridores ingleses como el capitán Cook, cuando Inglaterra haría realidad el slogan de "Britannia rules the waves".

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Todos vamos en el mismo barco...