Josep Maria Albaigès i Olivart - El puerto de mar de Cervera

 

Barcelona, febrero de 1998

 

En Cataluña es frecuente zaherir a los habitantes de la población de Cervera (en la comarca de la Segarra) preguntándoles si no hay por allí un puerto de mar (la ciudad se halla a sesenta kilómetros del mar en línea recta). Esta mala costumbre se inscribe en la de tantas y tantas chanzas que nuestro cruel carácter prodiga al sufrido vecino, en Calatayud, en Sant Pol de Mar, en Morata y tantos y otros puntos de la geografía hispana.

El origen de la broma de la que hoy nos ocupamos está, según parece, en la Guerra de Sucesión Española, en que, como es sabido, Cataluña se puso de parte del Archiduque Carlos de Austria y contra Felipe de Borbón, el cual, vencedor en la guerra, reinaría en España con el nombre de Felipe V tras haber suprimido drásticamente las leyes catalanas y uniformado el régimen gubernativo y administrativo de toda España con el llamado Decreto de Nueva Planta.

En esa toma de posición catalana hubo una excepción: Cervera, que se situó del lado de los felipistas, facilitando el paso de sus ejércitos por el país hasta la misma Barcelona, que acabaría cayendo en la célebre fecha del 11 de septiembre de 1714. Y aquí es donde nace la leyenda, fruto sin duda de la malevolencia que el resto de Cataluña concibió contra los que consideraba traidores. Se cuenta que el flamante rey de España, como un genio de lámpara cualquiera, invitó a los cerverinos a que formularan un deseo como recompensa, y éstos contestaron con la frase:

­—Señor, queremos un puerto de mar.

Felipe barruntó que lo que les hacía falta urgentemente era desasnarse, y por eso trasladó allí la universidad de Barcelona (1717), donde estaría un siglo y cuarto hasta su retorno a la ciudad condal.

Lo único que hay de cierto en el chascarrillo es el castigo dado a Barcelona de quedarse sin universidad. El paranoico Felipe V era muy dado a esos exabruptos, que culminarían en Xàtiva, cuyos habitantes lucen todavía con orgullo el sobrenombre de socarrats, o sea chamuscados, por el incendio a que la sometieron las tropas, y que encima tuvo que aguantar ver cambiado su nombre a San Felipe.

Mucho se ha hablado sobre el retrogradismo de la universidad de Cervera, de la que salió la célebre frase “Lejos de nosotros la perniciosa novedad de discurrir”. Fueron sin duda los autores de ésta quienes convirtieron la institución en foco de todas las conspiraciones absolutistas y carlistas en la primera mitad del siglo XIX. Si embargo, a dos siglos de distancia y algo más apagadas las pasiones, no puede dejar de reconocerse que también esta universidad fue un foco cultural importante, del que salieron personajes tan notables para la cultura catalana como Finisterre, Dou y Balmes.

 

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