Josep Maria Albaigès i Olivart - NO HAY CAMINOS REALES EN EL SIGLO XXI

 

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En este verano del 2000 el periódico La Vanguardia, de Barcelona, ha tenido la acertada idea de republicar artículos de todo tipo escritos a lo largo del siglo, a fin de que la perspectiva que da el paso del tiempo permita verlos con una nueva luz. Dentro de ellos, y en el terreno científico, me ha llamado especialmente la atención uno escrito en 1923 por el astrónomo catalán Josep Comas i Solà (1868-1937), haciéndose eco de una reciente visita de Albert Einstein a Barcelona para hablar sobre su todavía entonces flamante Teoría de la Relatividad.

No estuvo muy afortunado Comas Solà mostrando su escepticismo sobre la creación einsteniana. Pero sería una muestra de mezquindad condenar sus palabras condenatorias. Es desde luego mucho más meritorio emitir honradamente una opinión, asumiendo el riesgo de equivocarse, que satirizar el error de otro a toro pasado. Más que hablar de los conceptos y “hechos” que según nuestro astrónomo invalidaban a Einstein, me llaman la atención algunos acertados juicios suyos sobre el revuelo motivado por la visita del autor de la teoría de la Relatividad.

Dice Comas: “Nada tan curioso como observar la avidez con que no poca cantidad de público, y no del menos ilustrado, pero que jamás había abierto un libro de Matemáticas, ni en su vida se había preocupado lo más mínimo por una cuestión de Física, se ha precipitado para oír y ver a Einstein, y enterarse de tan sensacionales revelaciones. Jamás le había ocurrido cosa parecida a ningún matemático, aun a los más eminentes. Los Lagrange, los Hamilton, los Jacobi sólo eran conocidos por una reducida minoría de iniciados”.

Leyendo estas líneas no pude dejar de recordar una visita a Barcelona hace unos diez años del físico inglés Stephen W. Hawking, el tetrapléjico autor de una serie de teorías sobre los agujeros negros. La avalancha de visitantes al Museo de la Ciencia, lugar donde celebró su coloquio, me hizo preguntarme qué buscaba realmente ese multicolor público que atiborraba las salas. ¿Ver de cerca el inválido que les dirigía la palabra? Sin descartar totalmente tan morbosa apetencia, sospecho que muchos deseaban, quizá de forma inconsciente, adquirir una sabiduría en comprimidos, como si la presencia del autor de unas complicadas teorías tuviera que desasnarles de Física y Astronomía en una hora. A la salida, las caras que vi debieron de ser la repetición de las que comentaba Comas: “…ese público… ha quedado mucho más desorientado que antes, a causa de no haber entendido nada… no vio por ninguna parte las relaciones que esperaba, y no sintió su espíritu ni un momento sugestionado por la oratoria del disertante”.

En tiempos de Euclides, el príncipe Tolomeo, a la sazón tirano de Alejandría, un día en que asistía a una del las clases del matemático le pidió que se expresara de una forma más sencilla e inteligible, a lo que Euclides contestó: “Señor, no hay caminos reales en geometría”.

Nuestra época tiene cosas notables. Los avances estupendos de la ciencia nos han habituado tanto a la desmaravillación de lo maravilloso (como diría Lola Flores), que nos situamos, en una actitud sorprendentemente paleta, en posición de exigir a la ciencia, a los científicos, a los técnicos, a los sabios, en suma. Parece que para eso les pagamos. Los homosexuales se manifiestan exigiendo a la investigación médica más diligencia para acabar con el sida, los obreros para exigir a los políticos el pleno empleo, los ecologistas para que el mundo no esté contaminado, los estudiantes para que el profesor explique de modo que ellos puedan entender. Parece que todos andamos exigiendo caminos reales sin ser príncipes, sólo quizá porque en esos tiempos democráticos nuestro poder para votar nos confiere derechos sobre lo que depende de los votos, y no siempre distinguimos dónde acaba ese campo.

Pero volvamos a la conferencia de Einstein. El mismo Comas dice un poco más adelante: “Esta inmensa decepción es debida a entusiasmos inconscientes… como si unas teorías matemáticas muy complicadas pudiesen compararse a la romanza que un tenor va cantando en una mundial tournée”. Quizás aquí radique el quid de la cuestión. Se ha progresado tanto en la vulgarización de la ciencia, en poner al alcance de todo el mundo los secretos que en realidad sólo lo están para unos iniciados, que el público, como un niño malcriado, se revuelve cuando las cosas no se ajustan sus entendederas. Y las cosas son como son, no como nosotros queramos que sean: aceptar este principio es el primer paso que lleva a la madurez.

Mira por dónde, pues, el artículo de Comas i Solà sigue siendo vigente hoy, mucho más probablemente que en 1923. Fue por esa misma época que Ortega escribió La rebelión de las masas, incidiendo en ideas parecidas: observaba sagazmente el filósofo que las masas habían pasado de su papel tradicionalmente pasivo a exigir, a querer estar presentes, a constituirse en el centro de la atención. Convendría preguntarse: ¿Se hace realmente un favor a las gentes asegurándoles que están en condiciones de asimilarlo, de comprenderlo, de abarcarlo todo? De hecho, en política el voto transfiere la capacidad de decisión a todo el mundo, esté capacitado o no lo esté, y este punto (que algunos, naturalmente minoría, discuten) puede sin embargo explicarse por el hecho de que cualquiera, esté o no preparado, sea cual sea su nivel cultural, está en su derecho de exigir su propia intervención en las decisiones que van a condicionar su vida. Pero extender ese derecho a campos como la ciencia, la filosofía, la alta política, el porvenir de le humanidad en suma, me parece una peligrosa ligereza. El funcionamiento de nuestro mundo está en manos de una minoría sorprendentemente pequeña de personas preparadas. Contróleselas, pero no se espere poder transmitir al público los secretos que ellas han aprendido con arduo trabajo. No existen caminos reales, y mucho menos en nuestro siglo XXI, cargado de complejidades.

                                                                                               Josep M. Albaigès

                                                                                                Salou, agosto 2000

 

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