Norberto Raúl Lucero - Viaje a Machu Picchu
Mayo de 2004
Hay una canción, creo que se llama "El Bandeño", de la cual sólo recuerdo una frase: cuando canto siento que es el duende quechua que tira de mis venas. Ya sé que los incas no tenían duendes, pero supongo que en el inconsciente eso influyó para ir para allá. Siempre que haya un duende de por medio, estará mi curiosidad presente.
Ya lo había decidido hace tiempo, pero no tenía más que
eso, el objetivo: ir a Machu Picchu, y si es posible ir al Titicaca (por eso
de la leyenda de Viracocha enviando desde Isla del Sol a Manco Capac y Cía.
a fundar Cusco). Tampoco sabía bien de qué se trataba, ni recopilé
mucha información acerca de qué hacer o cuánto tiempo era
el óptimo para aprovecharlo de la mejor forma posible.
El primer paso, dado el día anterior al que salía de viaje fue
sacar pasajes para Salta. No sé, me pareció que así me
acercaba, al fin y al cabo está más al norte que San Juan. Iría
por Bolivia, no por Chile. Unos minutos antes de salir fue a despedirme María
Clemens, y llevaba un kilo de yerba mate, para un amigo que está en Arequipa.
Nunca vi un mapa de Perú, pero Arequipa queda allá, no sabía
si cerca o lejos. Bueno, tenía espacio en la mochila así que adentro.
Hasta Salta fueron como quince horas. Me pareció bastante malo el servicio,
aunque al menos tenía calefacción. En algún lugar se detuvo
un momento. Crucé palabras con unos holandeses, y con un santiagueño
que venía del norte. Me contó que los productos en Bolivia eran
más baratos que en Argentina.
En Salta no fue difícil conseguir alojamiento, en la misma Terminal había
gente que ofrecía alojamiento, con agua caliente, y hasta me llevaban
gratis en taxi. Nunca me quedo con la primera, escuché dos ofertas, salí
a la calle, volví a ingresar y cuando salí de nuevo acepté
la tercera. Era un hostel nuevo, por lo tanto con toallas y sábanas nuevas,
ubicado al fondo de un pub (Macondo), y a media cuadra de la estación
del Tren a las nubes.
Me instalé en unos minutos y salí a conocer la ciudad. Aún
siendo sábado a la siesta había mucha gente en la calle, muchos
turistas. Yo era uno más.
La tarde fue tranquila, entablé conversación con un español
que trabaja en Atocha, la estación de los atentados del 11M en Madrid.
Subimos al Teleférico del Cerro San Bernardo. Se ve toda la ciudad desde
arriba. Salta es grande.
En el hostel, pregunté como llegar a Cochabamba, pero parece que no,
al menos desde Salta. Una aproximación es ir hasta La Quiaca, y de ahí
cruzar el límite a Bolivia. No parece mala idea. También se puede
cruzar por Pocitos, pero en La Quiaca debe estar el cartel que señala
cuántos kilómetros hay hasta Ushuaia,
suficiente para decidirme. Esa noche, lomito, cerveza, y a dormir. Todavía
no tenía planes para el domingo, pero no importa.
Fui a misa, y a conocer la catedral. Hacía frío en Salta, más
del que esperaba. En la terminal, un señor vendía cuatro empanadas
por un peso, estaban deliciosas. Saqué los pasajes para La Quiaca y volví
al hostel, organicé mi agenda y salí a buscar dónde ver
Boca-River (ganamos 1 a 0). La calle del hostel se había llenado de puestos
de venta de comida, artesanías y también de libros. Aunque llevaba
"Ficciones", decidí completar mi biblioteca itinerante con
"Retrato de un artista adolescente", el primer paso para ir conociendo
a James Joyce y luego más adelante leer "Ulises".
En el hostel había muchos israelíes, según el español,
en algunos hostels en el sur no permiten más de dos, porque parece que
hacen mucho lío. Acá se portaron bien. También había
una pareja de Humahuaca, ella embarazada, que vinieron para esperar que nazca
su hijo, ya que en su pueblo no hay buenos hospitales.
Salí camino a La Quiaca a la mañana temprano. El colectivo pasó
como un suspiro por Tilcara, Humahuaca, Abra Pampa, algún día
vendré con tiempo. Al mediodía llegó, tomo una foto junto
al cartel con las distancias a Ushuaia, para contrastar con la que tomé
allá (ahora que volví veo que de Ushuaia a La Quiaca hay 5171
km, y de La Quiaca a Ushuaia 5121, raro, ¿no?), y cruzo a Bolivia. Lo
único que sé es que el pueblo se llama Villazón; la diferencia
horaria es de dos horas, o sea, gané dos horas. Camino, pregunto y llego
a la Terminal. Es cierto, los precios son más baratos. Me recuerda a
Ciudad del Este, o Encarnación, en Paraguay, donde las tiendas se amontonan
en las calles junto a la frontera.
Después de comer, pregunto por la mejor forma de llegar a Cochabamaba:
por tren, sin calefacción ni seguridad, o en autobús, que parece
mejor. Son muchas horas, decidí en ese momento dirigirme hacia la Paz
para cruzar a Perú. El pasaje: 50 bolivianos (casi 20 pesos, 7 dólares,
dos pintas de guinness en algún pub de Dublín). Antes de sacar
pasaje decido caminar por el pueblo, hablar con la gente, y pregunto qué
empresas de ómnibus son mejores, Tupiza suena mucho. Finalmente decido
ir por Panamericana.
En el poco tiempo que llevo en Bolivia me doy cuenta que ver a las mujeres con
su vestimenta típica es algo sumamente común, no como ver un gaucho
en la argentina, o como comprar un sombrero charro en México (conseguí
uno en una tienda de disfraces).
En la plaza encuentro dos turistas irlandeses, vienen desde Bariloche, hace
meses que están en la Argentina y quieren ir a Villa Tunami, donde hay
una reserva faunística. Los acompaño a almorzar y charlamos de
todo un poco, entre otras cosas aprendo que Celtic Music se pronuncia "kéltik",
en cambio Celtic Glasgow (el equipo de fútbol) se pronuncia "celtic".
Miramos el mapa y deciden tomar el mismo autobús que yo, pero sólo
hasta Oruro, desde ahí se desviarán a Cochabamba y luego a la
reserva. Me recuerdan a Merry y Pippin. La mujer que vende los pasajes les cobra
60 bolivianos, me sorprende y se lo comento, me hace señas que no diga
nada. Luego me entero que a otros pasajeros, aún bolivianos, les cobró
60 o hasta 70 bolivianos por el mismo viaje que hago yo.
Antes de salir debimos pagar "derecho de uso de Terminal", algo común
en Bolivia y Perú, aunque en este caso el servicio brindado era nulo.
El autobús no estaba mal, parecía cómodo y limpio. Salimos
del pueblo y nos enteramos que había bloqueo de rutas, debíamos
caminar y cruzar al otro lado, donde nos esperaría otro vehículo
de la empresa, ellos se encargarían de trasladar el equipaje. El nuevo
vehículo dejaba muchísimo que desear: sin baño, sin asientos
reclinables, sin calefacción, no estaba limpio. Pero allí estaba
y no iba a aflojar ante el primer problema.
Por más que trato de recordar, no encuentro en mi memoria un viaje más
incómodo que éste. Y eso que el insomnio incrementa mi actividad
intelectual, pero aún así no consigo recordar uno peor. La noche
parecía eterna, la ruta no estaba pavimentada, a eso de las dos de la
mañana al chofer se le ocurrió escuchar música, una especie
de cumbia del altiplano que en esa situación de sueño que padecía
me pareció horrorosa.
Un pasajero que iba al lado mío comentaba sobre el gas de Bolivia, que
no querían venderle a Chile, que tampoco querían que Argentina
lo use, que es de ellos, que el ejército chileno está bien armado.
Yo reflexionaba: 1- si hay guerra, el ejército argentino no avanza más
de cinco kilómetros con estos caminos que tienen y ya pegan la vuelta;
2- ¿cómo defienden tanto el gas, si nadie en este país
tiene gas en su casa, y bañarse con agua caliente es un milagro? Pero
bueno, así estaba la cosa.
No sé si alguien desistió o qué, pero de pronto quedaron
dos asientos libres, ambos para mí, de modo que me acomodé un
poco hasta que en no sé qué pueblo y no sé a qué
hora subió un pasajero que se ubicó del lado de la ventanilla,
y generosamente me permitió abrigarme con la frazada que traía.
Creo que fue obra de mi ángel de la guarda, porque la noche fue muy muy
fría.
Las frazadas son algo increíble y multiuso en el altiplano, los he visto
envolver niños y cargarlos a la espalda, envolver garrafas, leña,
granos, hasta sirven para abrigarse a la noche. Es difícil ver a alguien
sin su frazada.
Mientras tanto avanzábamos, quién sabe por dónde, y a veces
se detenía. En algún momento pensé en bajar para ver qué
había, pero me daba miedo porque tal vez luego no iba a querer subir
de nuevo y mi mochila se iría para siempre, si es que no se había
perdido en el transbordo.
En otro momento me desperté y estaba entumecido, inmóvil. Me sentí
como transformado, pensé en el personaje de "La metamorfosis"
y sentí lo mismo, si me mirara al espejo no me reconocería, pero
lo peor de todo era la posibilidad de una metamorfosis espiritual, de acostumbrarme
a todo lo que estaba viviendo y considerarlo como normal.
Luego de doce horas de viaje, ya a las siete de la mañana pude ver la
luz del día, y paramos en Potosí. Después de tanto tiempo
se hacía necesario ir al baño, y estaba en el segundo piso de
la terminal. Fue extraño ver las letrinas, y afuera unos tachos con agua
y muchos bidones. La gente cargaba sus bidones con agua y pasaba a las letrinas,
una vez terminada su tarea vaciaba el bidón en el inodoro. No entiendo
por qué no tenían cañería.
A las 13.30 estaba en Oruro. Me despedí de Merry y Pippin, y ya llevaba
casi veinte horas sin comer. Por suerte, en un pueblo un poco más adelante
paramos para almorzar. Había "sandwich de huevo". Por las dudas
pedí uno de queso. A las 18.00 por fin llegué a la Paz. Algunos
bajaron en "El Alto", que parece que es una ciudad distinta de La
Paz, y a partir de ahí el autobús bajó y bajó hasta
llegar al fondo de un valle muy profundo, eso era La Paz. Encontré rápidamente
un hostel con agua caliente (no a gas, por supuesto), comí algo y me
fui a dormir temprano. Lo único que pensaba era en salir de allí
lo más pronto posible. El método de calentar agua era con un aparato
eléctrico, pero no se podía abrir mucho el agua porque al pasar
más rápido no daba tiempo para que se caliente.
Si mi destino era Perú, debía ir hacia el oeste. Indagué
y me dijeron que los buses para Copacabana salían de una zona llamada
"Cementerio", que el taxi hasta allá costaba tres bolivianos.
Paré un taxi y me pedía ocho; otro me pedía seis. Observando
la calle descubrí unas combis que levantaban pasajeros, ví una
que se aproximaba con el cartel "Cementerio"; y efectivamente me llevó
adonde quería ir, por sólo un boliviano.
Sacando cuentas, no me pareció muy productivo esto de las combis, un
chofer y un asistente que se encargaba de hacer subir a la gente y cobrarle,
además de vocear el lugar de destino
.
En el minibus, con destino a Cobapabana, y al Titicaca, encontré un austríaco,
Stefan, que me comentó de la existencia de las ruinas de Tiwanaco (ya
me habían dicho algo en Salta) y de la Isla del Sol, en medio del lago.
También me convidó coca, y así por primera vez en la vida
probé esas hojitas. Es inofensivo, no alucina ni mucho menos ya que no
es cocaína.
Dudaba entre Isla del Sol y Tihuanaco, saqué cuentas de cuántos
días tenía y decidí cruzar hasta la isla. Era mi oportunidad
de navegar el Titicaca (después averigüé que está
a 3.800 metros de altura y tiene 9.000 kilómetros cuadrados).
Al llegar a Copacabana no tenía casi dinero boliviano, pero lo primero
que hice fue averiguar cómo llegar a la isla. La lancha comunitaria ya
había salido, y me pedían 150 bolivianos por una lancha privada.
Preguntando, como siempre, conseguí una lancha que iba para allá,
y por sólo ocho bolivianos.
Es una pena que haya pasado como el viento por este pueblo, ya que se veía
muy lindo, con mucho movimiento, restaurantes y agencias de turismo. Pero sobre
todo el santuario se veía hermoso.
El cruce duró una hora y media, y hasta me dí el gusto de dormir
la siesta mientras navegaba por el lago. Casualmente el dueño de la lancha
tenía un hostel en la cima de la isla (El Palacio del Inca).
La ascensión se me hizo eterna, además me preguntaba qué
había del otro lado de la isla, ya que habíamos entrado por un
fondeadero del otro lado del puerto. Ya eran las cinco y moría de hambre,
aún no había almorzado.
Cambié dólares con el mismo dueño del hostel, y le pagué
dos noches de alojamiento. No me gusta comprar sin comparar, y aunque no me
pareció mucho quince bolivianos por noche, sentía que debía
comparar para quedarme tranquilo.
Esa noche (no más de las siete de la tarde) fui a cenar, y aunque pedí
truchas, primero me sirvieron sopa y luego el plato de arroz, papas y truchas.
Todo por veinte bolivianos. De vuelta me costó encontrar el hostel, pero
después de perderme un par de veces di con él.
Amanece muy temprano acá, y cuando sale el sol se pasa el frío
de la noche. Me tuve que tapar con tres frazadas. En La Paz tenía frazadas
dobles, pero no cubrían toda la cama, y se caían al costado cada
vez que giraba en la cama.
Esa mañana emprendí la marcha hacia el norte de la isla, donde
dicen que hay una comunidad "challapampa", y unas ruinas. Arranqué
a las nueve, y me encontré con Rodrigo, un niño del lugar. Me
pidió que le saque una foto (me hizo acordar a mi ahijado que cada vez
que me ve con la cámara me pide fotos), pero éste luego de las
fotos me pidió plata, o caramelos. Luego me daría cuenta que es
común en la zona, también hay niñas que se visten con sus
trajes típicos y van acompañadas de alguna llama, y piden dinero
para que les saquen fotos. Desde el comienzo del viaje resistí a la tentación
de fotografiar gente autóctona, lo considero una falta de respeto.
Me parece increíble el camino construido hace siglos, y tan bien conservado.
Parece que los Incas eran grandes constructores de caminos. Luego de una hora
y media llego a destino, hay ruinas y restos de una civilización. Al
final del camino, cerca de la entrada a las ruinas un señor cobraba entrada
al lugar, por las dudas pedí un comprobante y éste tenía
un plano de la Isla. De todos modos, me dijeron que algunos turistas pagaron
a falsos guardianes, que les dieron comprobantes falsos.
Lo de las ruinas es interesante, pero lo mejor llegó inesperadamente
porque a medida que bajaba hacia el pueblo (sí, el camino va por arriba)
empecé a escuchar la música de una banda. Y es que ese jueves
- cuarenta días luego de Pascua - se festejaba el día de la Ascensión,
y había una banda tocando sus trompetas a la puerta de la Iglesia, y
mucha gente bailando, no de un modo frenético sino con movimientos lentos
y acompasados. Cada tanto las mujeres hacían sonar sus maracas. Los hombres
tenían unas especies de maracas que no hacían ruido, llamados
"chicates", algunos con forma de niño o de dinosaurio, según
el gusto de cada uno. Según me dijeron, el 24 de junio es el otro día
del año que celebran una fiesta de este tipo.
Todos en sus disfraces tenían escrita la palabra "QHANTATI",
que según me dijeron, en aymará significa "algo que brilla".
En el museo tenían pocos objetos y muchos afiches que contaban acerca
de la cultura Tiwanako, anterior a los Incas, y que desapareció - suponen
- debido a las sequías.
Al emprender la vuelta al sur, encontré de nuevo al guardia de las ruinas.
Volvió a pedirme el comprobante, y según él no me dejaría
pasar si no lo tuviera. Por supuesto que lo tenía, pero le aclaré
que al momento de venderlo debía avisar que lo pediría.
Al volver fui a conocer el puerto, ya que había llegado por otro lado
y al día siguiente debía bajar a tomar la lancha de regreso.
No era absolutamente nada de lo que me esperaba: una playa vacía con
un muelle pequeño, una cabaña donde vendían los tickets
de regreso y una escalera que subía hacia el pueblo. Subiendo la escalera
de piedra, en el primer descanso, a los cincuenta escalones se encontraba "la
fuente del inca", donde bajan todos del pueblo a buscar agua potable y
la llevan en bidones hasta sus casas. Al subir hasta el hostel, descubrí
que de tonto me había perdido la puesta de sol, pero me prometí
no perder el amanecer.
Un italiano que estaba en el hostel hizo el camino del inca, el de cuatro días
a un costo de 150 dólares. Todavía no entendía cómo
podía hacerse el mismo camino en dos días ó en cuatro días.
Al otro día desperté a las seis y media, me cambié rápidamente
y subí hasta el cerro cercano al pueblo, desde donde se ven ambos pueblos.
Unos minutos luego de las siete salió el sol, esperé a que ilumine
los pueblos para tomar fotos de ambos, y ¡zas! al iluminar el pueblo del
norte comenzó a sonar la banda de música. La fiesta continuaba.
Otra despedida, desayuné, armé la mochila y al puerto a esperar
la lancha. Ahora sí había mucha gente, todos enojados porque el
pasaje de regreso costaba quince bolivianos mientras que el de ida había
costado diez (y no permitían sacar ida y vuelta).
Mientras esperaba me descalcé y probé meter los pies al agua.
El agua estaba sumamente helada, pero ya está, metí los pies al
Titicaca.
De vuelta a Copacabana, y a las apuradas. Tenía sólo media hora
para almorzar y tomar el colectivo hasta Cusco. De paso compré una bolsita
con hojas de coca para llevar a casa. En realidad para mascar deben estar frescas,
duran frescas una semana. Después sirven para hacer "mate de coca",
es decir: té.
Cruzamos la frontera sin problemas hasta que llegamos a Ilave. Este pueblo se
hizo tristemente célebre por haber linchado a su alcalde un par de semanas
antes, y aún seguía convulsionado. A tal punto que la ruta estaba
bloqueada y debimos caminar con los bolsos hasta el otro lado del pueblo (y
no fue poco, más de una hora) y allá tomar otro coche de la misma
empresa (aunque peor, siempre que cambiamos de coche es para peor).
En esta caminata tomé contacto con un cordobés, estudiante de
psicología que fue a Machu Picchu en febrero y se quedó a vivir
en casa de un escritor que tiene una fundación para alimentar niños
huérfanos, cruzó hasta Bolivia para hacer migraciones y volver
a entrar. Pensaba quedarse unos meses mas y volver a Córdoba a cursar
el próximo semestre en la facultad. Me ayudó mucho a ubicarme
en Cusco y me contó historias interesantes acerca de la vida en Perú.
También de un chárter que sale todos los viernes a medianoche
desde Tacna -primera vez que oía hablar de este lugar, ni siquiera conocía
"La señorita de Tacna", la obra de teatro de Mario Vargas Llosa-
y que llega a Córdoba.
Hice escala en Puno, y de ahí a las 19.00 partía hacia Cusco,
adonde llegué a las 5.00. Lo primero fue ubicar un "hospedaje",
bañarme con agua caliente y dormir una siesta hasta las 8 de la mañana.
Esa mañana me dediqué a averiguar por el camino del inca, pero
luego de probar en muchas agencias de turismo me convencí que debía
tomar el tren hasta Aguas Calientes e ir directamente a las ruinas, sin camino
de por medio. Al mediodía saqué pasaje para ir el domingo a la
mañana y volver el lunes a la tarde. Mientras esperaba a ser atendido,
una señora de la empresa "asesoraba" a los pasajeros. Me dijo
que no había pasaje ida y vuelta en el servicio backpacker (el más
barato), y por ende debía sacar ida en ese servicio y vuelta en otro
más caro. En vez de 60 dólares me costaría 70. Lo que no
entendía era cómo sabía ella, si no tenía una PC
con el sistema de reservas en su escritorio. Cuando me tocó el turno,
guardé el papel que me dio esta señora y simplemente pedí
ida y vuelta en el mismo servicio, y no tuve problemas de conseguir lugar. De
todos modos me fue muy útil el plano que me dio de las ruinas.
Almorcé y decidí descansar esa tarde, no quería andar a
las carreras visitando museos y demás. Me quedé en la Plaza de
Armas leyendo una guía para viajeros que me dieron los australianos que
estaban en Isla del Sol, y conocí los alrededores de esa zona. Había
muchos policías por todas partes, y ante el menor movimiento sospechoso
se acercaban a ver qué pasaba. Cusco es una ciudad grande, sin duda,
no sé por qué me la imaginaba más chica. Era la capital
de un Imperio y se nota, como lo fueron Viena o Madrid.
Algunos niños se acercaban a vender chocolates, preguntaban el lugar
de origen y repetían, de memoria, datos acerca de mi país: capital,
idioma, moneda, presidente. Uno agregaba: "presidente Kirchner, y antes
Duhalde, y antes el inútil de De la Rúa y antes el corrupto de
Menem" dijo que un argentino se lo enseñó.
Cerca de la plaza había muchas calles angostas y retorcidas, llenas de
tiendas y restaurantes. Me hizo acordar a Praga, aunque sin prostitución
y tal vez le haría falta un puente para cruzar, son lindos los puentes.
Todos salían al cruce a ofrecer comida, en inglés, ¿será
posible?. Y aunque les entendía yo les contestaba en español,
algunos insistían en inglés sin darse cuenta que hablaba su mismo
idioma.
El objetivo del viaje se acercaba. Temprano fui a la estación, tomé
un café y ubiqué mi asiento. Los que vendían botellas de
agua mineral a la entrada de la estación no aceptaban un no, así
cuando me ofrecían agua y les mostraba mi botellita contestaban que era
demasiado chica y que necesitaba una más grande, y en ese instante ofrecían
una botella de un litro.
Un pasajero se negó a subir luego de marcar el pasaje, parece que se
descompuso. El guardia del vagón lo siguió para ver qué
pasaba y se encargó de que le cambien el pasaje para otra fecha. Al comienzo
del viaje el tren avanza y retrocede, de este modo va cambiando de vías
hasta que por fin se encamina hacia Aguas Calientes. En realidad, aunque yo
suponía que subía pero vamos bajando siguiendo el río (Vilcanota
ó Urumbamba, según a qué altura esté). Según
el diario que nos dieron en el tren, Cusco está a 3.354 metros de altura,
y Aguas Calientes a 2.038 metros. El río desemboca en el Amazonas, los
peruanos dicen que allí nace el Amazonas. Yo prefiero creer que es un
afluente.
Algunos pasajeros subían y bajaban en distintos puntos del camino, no
en estaciones, sino en zonas deshabitadas.
A las 10.30 llegué a Aguas Calientes, casi todos bajan y se dirigen inmediatamente
a las combis que suben hasta las ruinas. Yo preferí buscar un hospedaje,
con intención de subir a primera hora del día siguiente y aprovechar
el máximo de tiempo posible, compré unas mandarinas y averigüé
que, además de las aguas termales, se puede visitar un "mirador"
desde donde se ve la zona de las ruinas, pero desde más alto y lejos.
Decidí buscarlo.
No fue fácil encontrar el "Putucusi". Ya que la gente del lugar
no interpretaba cuando le decía que buscaba el "mirador". Un
policía me interpretó y me hizo notar que debía preguntar
por el Putucusi. Luego de caminar por las vías, y mirando atentamente
descubrí una entrada en medio de la selva, y un poco más arriba
el cartel del Instituto Peruano de Cultura (el mismo que administra el Machu
Picchu entre otras cosas), que señalaba que ahí comenzaba el sendero
para el Putucusi.
Al principio muy tranquilo, siempre en subida, hasta que encontré la
primera escalera de madera, eran sólo diez escalones. Aproveché
para quitarme los pantalones y quedar en short de baño (además
aprendí que así debía ir el día siguiente: pantalón
abrigado y short abajo para cuando me dé calor). La siguiente escalera
era de temer, 120 escalones (un par de ellos rotos) y a 90 grados. Más
adelante encontraría otras escalas, no tan grandes pero suficiente para
malhumorarme y maldecir al Instituto de Cultura.: 30, 30, 20 y 35 escalones.
Y la cima que no aparece.
No sé si existe, pero creo que la Ley de Murphy en la montaña
sería: si crees que llegaste a la cima, la cima está más
arriba.
Cuando ya faltaba poco, venía bajando un hombre joven con sus dos hijas,
de unos ocho y diez años, lo que me hizo pensar que tal vez había
maldecido de más. Al fin y al cabo no fue tanto, a las 12.30 ya estaba
arriba.
La vista valía la pena, lamentablemente mi cámara no tiene zoom.
Se veía el pueblo, el camino que sube zigzagueante hasta las ruinas (y
muy chiquitas las combis), todo el predio donde están las ruinas, y el
Huayna Picchu al fondo. Recordaba las peruanas que estaban en Isla del Sol y
querían darle una interpretación freudiana a las ruinas!!!!
Intenté dormir una siesta sobre una roca de la cima, pero comenzó
a llegar gente: primero dos chicas del pueblo, que además habían
recolectado flores en el camino, y en el camino de regreso unos geólogos
(una peruana y un checo), un alemán, una pareja de japoneses... a las
14.30 ya estaba de vuelta en el pueblo, no tan temprano considerando que a las
18.00 ya oscurece.
Me dediqué a recorrer el pueblo, los andenes, la plaza... y a leer un
poco un libro que llevaba. Al fin y al cabo las vacaciones son para descansar.
A la noche, no muy tarde, trucha y a dormir temprano que el próximo día
sería el más importante del viaje.
No se cuánto había dormido, pero me desperté con ruido
de lluvia.
No lo podía creer, el día más importante del viaje, y con
lluvia. ¡Cómo no subí el día anterior!
A las 6.30 sube la primera combi, o antes si se llena. Por lo tanto pedí
que me despierten a las 6.00, ya tenía todo previsto, la ropa, las frutas.
A las 5.00 me despertaron, pero era la llamada para la habitación de
enfrente. Seguía lloviendo, así que la mochila de cuero quedaría
en el hotel y llevaría una bolsa de nylon. Cuando la ansiedad me venció
me levanté aunque no fuera la hora, y salí hacia la terminal,
ya eran más de las seis pero igual no me fueron a despertar, o sea que
podría haberme quedado dormido. Dejé los bolsos listos en la habitación
para desalojarla. La dueña del hotel estaba en la terminal, ya había
salido una combi y estaba saliendo la segunda, seguía lloviendo aunque
poco. A pesar de eso, el camino estaba en excelentes condiciones, no parecía
que hubiera llovido.
Se puede subir caminando (dicen que cerca de una hora), pero prefiero ahorrar
energía para disfrutar el día en las ruinas (nueve dólares
ida y vuelta).
Al llegar arriba ya estaba habilitado el acceso, dicen que a partir de las seis
está abierto (20 dólares). La lluvia se calmó, aunque estoy
envuelto en una nube que me impide ver a más de dos metros, no sé
en qué parte de esta ciudad estoy. Igual camino sin rumbo, y cuando me
ubico un poco, ya estoy en el acceso a la ruta hacia el Huayna Picchu, esa montaña
alta que se ve atrás de las ruinas en todas las postales.
Es como un imán, no me había propuesto subir, pero ya estoy allí,
y es más fuerte que yo. Hay como una cabaña donde la gente se
anota antes de ingresar. Soy el quinto del día, a las 6.50. Dicen que
lleva una hora a paso de tortuga. El sendero comienza bajando, aunque no es
para confiar porque una vez que encuentra su rumbo sube sin parar.
El camino está bastante bien cuidado, aunque con la lluvia se hace riesgoso.
Al poco andar me acaloro y la ropa comienza a pasar a la bolsa. Poco antes de
llegar me encuentro con los norteamericanos que salieron antes que yo, es una
familia completa. En la cima hay construcciones, y algunos obreros reparando
y manteniendo parte de las mismas.
Pasando el mirador, el primer descanso, hay un túnel de piedra, y luego
la verdadera cima. Se ve parcialmente todo, ya que sigue nublado. Según
los norteamericanos un cartel (que no se lee claro) dice 2.100 metros, me parece
que están equivocados, deben ser 2.700.
Luego de diez minutos, inicio el regreso. Es más peligroso bajar que
subir. Casi al final del camino está el desvío hacia el Templo
de la Luna, queda para otra vez, otro año.
De vuelta a la ciudad empiezo a manejar el mapa. El cóndor esculpido,
una roca chata en el piso, de forma triangular, no me convence. Decididamente
hay que subir escaleras hasta encontrar una buena posición, y la encuentro
en el puesto de vigilancia, ahora sí tengo una visión de conjunto,
y me ubico. La parte "institucional", es decir, templos, casa del
sacerdote y demás, está a la izquierda de la plaza (desde la posición
mía, mirando en dirección al Huayna Picchu). Las casas de artesanos,
y demás, están a la derecha (bajando escaleras) de la plaza. La
calidad de la construcción de cada sector es evidente: rocas grandes
en la zona institucional, piedras más pequeñas en el resto.
Un par de chicas de Israel no tenían siquiera el plano, y estaban más
perdidas que yo. Llevaban seis meses en América Latina, fueron a Ushuaia,
el Glaciar, Bariloche, Iguazú. Lo que más les impresionó
fue Iguazú, concuerdo con ellas, es impactante.
En la explanada del templo principal está lo más lindo: las tres
ventanas que miran al este, la roca esculpida con forma de cruz del sur (los
guías colocan la brújula sobre ella), el templo, detrás
del templo la cámara de ornamentos que tiene ventanas "cerradas",
con muy buen eco y donde pude probar (metiendo la cabeza en una ventana) que
hablando hacia la pared que la cierra se transmite el sonido hacia las demás,
y al fondo la piedra "intiwatana".
Esta piedra es la más interesante, ya que supuestamente marca las estaciones.
Una mujer, muy incrédula, preguntaba detalles, y el guía admitía
que todo ese conocimiento se perdió al desaparecer la clase dirigente
(el conocimiento es poder, afirmaba con razón), que muchas cosas se suponen
por el solo hecho de ver cómo funcionan. Los guías no se cansan
de repetir que tenían dos calendarios, uno solar y otro lunar, cosa que
en Europa no existía.
También hay una roca muy interesante, donde está esculpida a modo
de maqueta toda la zona de las ruinas, el Huayna, el Putucusi, el río,
etc. Lo raro es que lo que está al este en la realidad, en la piedra
estaba al oeste (y viceversa, obvio).
Ya en el mediodía me doy por satisfecho, doy una vuelta por la ciudad
pero ya sin la pasión de descubrir, sino por el gusto de pasear por una
ciudad que ahora conozco y domino. Las llamas se pasean en la plaza principal,
y el sol comienza a pegar fuerte. Ahora hay muchísimos turistas, deben
ser los que llegaron en el tren de la mañana.
Satisfecho por todo lo actuado, emprendo la partida. A la salida hay distintas
placas recordatorias del descubrimiento: a los 40 años, dedicada Hiram
Birgham, el descubridor; a los 60 años, al descubridor científico,
en cualquier momento comienzan a poner placas en honor al campesino que lo guió.
Las combis son un peligro, hay zonas donde no pasan ambas, y quedan mirándose
frente a frente las que suben y las que bajan, el francés que iba sentado
al lado del chofer casi muere de un infarto al encontrar en una curva a otra
que subía.
Mientras anoto todo en mi agenda escucho una charla donde comentan que existe
un tren más económico, sólo para ciudadanos peruanos (hay
que presentar documento). Viendo los mapas, también encuentro que no
se puede acceder por ruta ya que no llega hasta el pueblo, sino sólo
hasta el kilómetro 80. ¿Cómo trajeron las combis?
En el tren de regreso converso con un guatemalteco, que vive en Los Angeles,
y trabaja en ventas, lo premiaron con el viaje. Fue una charla amena, además
como íbamos en el último vagón hablamos mucho con el empleado
del tren. El pobre guatemalteco tenía miedo de llevar hoja de coca a
Estados Unidos, aunque sabemos que es inofensiva, sólo entendía
que la aduana no acepta razones y que hasta podrían deportarlo, en el
país de la libertad. Por mi parte, yo ya había comprado una bolsita
con hojas de coca para llevar a casa.
La verdad que volví cansado, pero igual me duché y salí
a cenar. El centro de la ciudad me gusta mucho. Al otro día a las 9 me
pasaban a buscar para hacer el tour por el Valle Sagrado de los Incas. Lo compré
el día que llegué, cuando averiguaba por el Camino del Inca. Me
ofrecieron el tour por 15 dólares, a los cinco minutos ya valía
11 dólares, y no quiero saber que pasaba si me resistía más.
Siempre tengo un día de mala suerte durante los viajes, y todo parecía
indicar que sería ése. Quedaban pocas fotos disponibles en el
rollo, y busqué uno nuevo, en eso descubrí que no tenía
ni uno nuevo ni los ya usados. Había perdido las fotos. Por lo menos
el rollo que estaba en la cámara era el de las ruinas.
En cuanto me pasaron a buscar comenté con el tipo que había contratado
el tour acerca de la pérdida, y le encargué que llame al hotel
en Aguas Calientes, por si estaban ahí. Será esa manía
de guardar todos los papeles que había guardado la factura del hotel
y ahí figuraba el teléfono. Un poco resignado inicié el
tour.
Así, luego de varias vueltas a la plaza y localizar a todos los turistas,
partimos hacia Pisaq, paramos media hora en un mercado donde vendían
artesanías, y seguimos hacia las ruinas. Aunque más chicas, parecidas
a las de Machu Picchu. Hasta hay una piedra parecida al intiwatana.
Desde allí fuimos hasta Ollantaytambo, donde hay unas ruinas muy interesantes:
desde las ruinas se veía la cara de un inca esculpida en la montaña,
y también un perfil de indio, con vincha y todo. El guía estaba
muy bien documentado y mostraba de un libro fotos de distintas épocas
del año, y por dónde salía el sol. También fotos
de la ciudad donde se veía que tiene la forma de una llama con su cría.
Nos contó que las terrazas eran para experimentar cultivos a distintas
temperaturas, y también nos contó el porqué el nombre de
Valle Sagrado, ya que consideraban al Río Vilcanota el doble en la tierra
de la Vía Láctea. Por eso también hacían ciudades
con formas que imitaban las formas que veían en el cielo.
Creo que lo más impactante de estas ruinas eran un grupo de seis rocas
que tenían esculpidas siete cabezas de puma (destruidas por lo españoles),
imitando la posición de las Pléyades. Dicen que según el
brillo de las estrellas predecían el año agrícola (no me
dijeron con qué exactitud).
La última visita, cuando ya anochecía era Chinchero, que no tenía
muchas ruinas, pero sí una hermosa iglesia colonial, y un gran mercado
de artesanías.
La impresión más fuerte que me llevé fue corroborar en
los guías un resentimiento hacia los europeos. Me hizo recordar a la
hermana de Gonzalo cuando estuve en Zaragoza, que preguntó si había
sentido resentimiento en la Argentina, y no, claro si los argentinos descienden
de los barcos, pero acá sí, porque Cusco era la capital de un
imperio que fue conquistado y culturizado por europeos, y les duele haber perdido
toda su riqueza (en oro, arquitectura, etc.)
Al volver fui a sacar los pasajes para volver a Argentina, pero estaba cerrado.
De todos modos pasé por la agencia donde contraté el tour, y me
dieron la buena noticia: encontraron los rollos, esa misma noche me los acercarían
al hotel. Parece que rompí el hechizo de perder cosas, al menos por ahora.
Fui a la terminal y saqué pasajes para Arequipa. Desde el día
que salí de San Juan que tenía un paquete de yerba para el cura
de la Parroquia de Guadalupe en Arequipa, y bueno, no estaba demás conocer.
Antes de salir, saqué una foto al monumento a los fundadores de Cusco
(Manco Capac y Mama Cholla) pensaba que en Argentina todos los fundadores son
españoles, pero acá son anteriores, y según la leyenda
salieron de Isla del Sol. También está el monumento a Capacutec,
un cacique inca famoso por haber repelido a no se quiénes y haber comenzado
la expansión del imperio.
Durante el viaje, paramos en algún pueblo donde subió al colectivo
una señora con una bolsa de papel, muy grande, y todos se acercaban a
ella y volvían comiendo, me acerqué a ver y tenía un lechón
asado, y cortaba las porciones con un hacha de mano. Me impresionó, y
el olor a lechón impregnó todo el vehículo, que de todos
modos era mucho mejor que el de Bolivia, hasta pusieron el DVD con la versión
extendida de "La Comunidad del Anillo".
Al fin, en Arequipa llegué hasta Guadalupe. Cómo no me dijeron
que era al lado del "Grifo Monterrey", ya que las numeraciones de
las calles no las conoce nadie. Yo pensaba en un grifo, y me imaginaba una estatua
de este ser mitológico, pero no, era lo que nosotros llamamos una Estación
de Servicio. Justo estaba terminando un encuentro de todos los curas del IVE
en Perú. El cura párroco es de San Luis. Le dicen Juan, aunque
no se llama así.
El jueves recorrí el centro de la ciudad, llena de Daewoo Tyco, todos
taxis (dicen que los trajo Fujimori). Es una ciudad de casi un millón
de habitantes, el tránsito es calamitoso, después de ver eso creo
que San Juan es un paraíso.
Cuando fui a sacar el pasaje en avión, descubrí que de algún
modo que aún no puedo dilucidar desaparecieron de mi billetera 200 dólares.
Tal vez quedaron en el hotel de Cusco, o se cayeron al sacar el papel con la
dirección de la empresa de turismo, no sé. Todo porque no aceptaban
pagos con tarjeta de crédito. Yo sabía que algo se tenía
que perder.
El símbolo de Arequipa es el volcán Misti, y las construcciones
con sillar, que le dan un color blanco muy especial a la ciudad. También,
aunque más alejado el Cañón de Colca, pero no tenía
tiempo para conocerlo. Aproveché el jueves para comprar los regalos de
rigor.
El viernes acompañé al cura al Seminario, un lugar en construcción,
pero que crece con mucho esfuerzo, mientras el Padre daba clases, recorrí
las instalaciones y los alrededores, realmente es una bendición. De vuelta
pasamos por la casa de las monjas de clausura, hablamos de fútbol, de
Argentina (la Superiora es de Mendoza, y había monjas de San Luis y otros
lugares, también una de Brasil y de Perú). Yo ya tengo una capellana
que rece por mí, así que no solicité otra.
En la camioneta el cura se transforma, la verdad que es una jungla. Mientras,
escuchábamos un cassete de Mercedes Sosa (recuerdo que entre otras canciones
cantaba "La estrella azul", de Peteco Carabajal) me contó que
Juliaca (donde paró el colectivo y vendían lechón) es el
lugar donde más cholo-taxis hay (unos hombres con bicicletas que hacían
de taxi, los pasajeros viajan en unos asientos techados ubicados en la parte
delantera de la bici). También comentamos acerca de las combis que hacen
de transporte urbano, también existentes en Arequipa. Me comentó
que tienen recorrido fijo y horarios que cumplir. Ante mi temor de que sea poco
económico pagar dos empleados para esa tarea me aclaró que se
debía al analfabetismo, no servía de nada circular con carteles
indicando el destino porque la gente no sabía leerlos. Penoso.
Para el almuerzo los tres curas que viven en la Parroquia tienen una lista pegada
en la puerta de la heladera donde están asignadas las familias que voluntariamente
se encargan de prepararles el almuerzo y cada mañana, luego del segundo
desayuno (parecen hobbits) llaman a modo de recordatorio para asegurarse su
subsistencia. Tienen otra lista donde establecen el menú de la semana,
distinguiendo entre semanas pares e impares.
Luego de almorzar armé mi mochila y me fui al "terrapuerto",
parecido a la terminal y exactamente al lado, pero distinto, no sé en
qué, para tomar el bus a Tacna y de ahí, a medianoche el avión
de SW que me lleve a Córdoba. Si algo me quedó claro de esos dos
días es que nunca sería cura, al menos de parroquia. Me exaspera
ver que la gente los llama - por teléfono o a la puerta - a cualquier
hora y por cualquier cosa, y lo peor es la gente que se toma más confianza.
Los sacaría a todos a patadas.
Si entrar a Perú fue fácil, fue difícil salir y entrar
a Argentina. Revisión de documentos para salir de la Terminal, revisión
de documento (migraciones) y mochila al hacer el check in, nueva revisión
de documento en el aeropuerto de Córdoba, segunda revisión para
migraciones, una tercera previo a la apertura de la mochila, y revisión
a full de la mochila (amagaron no dejarme las hojas de coca, pero era tan ridículo
que no podían hacerlo). Lo mejor eran los sandwichs de miga que sirvieron
en el avión. El viaje duró sólo dos horas.
Lo último que me impactó fue en la Terminal de Córdoba,
mientras esperaba para tomar el colectivo a San Juan, vi varios grupos de chicas
inmigrantes, con sus valijas llenas de ropas (y de ilusiones), en grupos de
tres o cuatro, reunidas alrededor de un tipo que les daba instrucciones sobre
alojamiento y búsqueda de trabajo. El sólo recordarlo me oprime
el corazón, no se por qué pero me parece muy triste. Tengo amigos
en el extranjero, y sé que la han pasado mal en algunos momentos, pero
más allá de eso, había algo en el ambiente, como una carga
de ansiedad, temor, resignación, que me contagiaba. Espero que los que
las guiaban obren rectamente y no cometan abusos.
Finalmente, al mediodía subí al colectivo rumbo a San Juan.