Graciela Jansasoy - Emberás y Wounaan en el corazón del Darién

Darién es la tierra del río Tuira - el más grande en Panamá - y es la provincia que alberga el segundo gran puente ecológico en Centro América, con una extensión de 579.000 hectáreas. Darién es la siempre verde cuna de los indígenas Emberás y Wounaan.

Ellos conviven en las mismas tierras que pisó Vasco Núñez de Balboa en 1513, cuando se tornó en el primer europeo que ve el Océano Pacífico. Los ancestros de ambas etnias se mudaron desde el Departamento colombiano del Chocó (hace unos trescientos años), de donde adquirieron el nombre popular de “Chocoes”. No obstante, en realidad son dos etnias lingüísticas diferentes cuya historia y cultura son similares.

Sus características culturales los une al grupo indígena sudamericano. Aspectos tales como los rasgos físicos, uso de pigmentos decorativos, materiales para vivienda, uso ancestral de la cerbatana con dardos venenosos y el uso del taparrabo por los hombres.

Luego del establecimiento de los Emberás y los Wounaan, consideradas las etnias más importantes del Darién, se crea la comarca Emberá Wounaan en 1983, que abarca quinientas hectáreas y está dividida en cuarenta y dos comunidades con un total aproximado de nueve mil indígenas.

Muchas de las reservas indígenas están a lo largo de las orillas de ríos navegables como el Chucunaque, Jaqué, Tuira, Sambú y Balsas. Aventureros y viajeros accesan a algunos villorrios desde Yaviza, un poblado afro-colonial, donde termina la carretera Panamericana.

En el cálido pueblo de Yaviza todavía se observan restos del viejo fuerte español que protegió la entrada a las minas de oro de Cana y el río Tuquesa, de los ataques de piratas durante la época colonial.

Una vez que se llega a Yaviza, el río se torna el camino y virtualmente cualquier poblado es accesible por botes motorizados y piraguas o canoas. Los botes de vela son utilizados por los indígenas para desplazamientos marítimos largos y el caballo es un medio de transporte eventual, al que lo montan a pelo con un pedazo de soga como estribo.

 


La sociedad Emberá y Wounaan

 

Los Emberá y los Wounaan son monógamos. El padre es la autoridad principal, sin menospreciar a la madre que goza también de un gran respeto.

Aunque están aislados de la vida “civilizada”, el incesto es prohibido, los recién casados conviven en casa de los padres del novio hasta que logren independencia y se alejen. Los ancianos son cuidados por uno de sus hijos y se encargan de transmitir la cultura a los niños.

Sólo se pertenece totalmente a la sociedad Emberá o Wounaan si se nace dentro de ellas, con lo cual se hereda su lengua, costumbres y cultura.

Políticamente, los Emberá y los Wounaan tienen la mismas autoridades. Están regidos por dos tipos de autoridades, la tradicional, que incluye a los Caciques Generales y el Congreso Regional (similar a un cabildo abierto); y la pública, reconocida por el gobierno estatal, conformada por los gobernadores, alcaldes y corregidores.

La más relevante de sus tradiciones es la Ceremonia de la Pubertad Femenina, donde la púber se aisla de todo contacto social, excepto de la madre, durante una semana. Al terminar este período se reclusión que coincide con el término de la menstruación, la niña es pintada con tinturas de origen vegetal, y se la corta el cabello como signo de su condición virginal.

 


Actividades económicas

 

Tanto los Emberá como los Wounaan practican la agricultura, la cacería y la pesca; labores eminentemente masculinas que además les proporcionan beneficios económicos. Comercian con el plátano y el maíz, pero en las últimas décadas la actividad turística incrementó la demanda de artesanías, que son compradas directamente por los turistas y en otros casos, por intermediarios.

 

 

Grupos de mujeres se reúnen a confeccionar cestas con las fibras de la palma denominada “chunga”. Tejer estas cestas puede tomar hasta un mes y medio.

Los Emberá y los Wounaan son hábiles en el talle de tagua -semillas del tamaño de un huevo de gallina y de color marfil- y la madera cocobolo.

 

 

La tagua (Phytelephas seemannii) es una de las especies de mayor aprecio por los maestros artesanos del Darién, quienes tallan figuras de águila, tortuga, hormiga y delfín, entre otros.

El poderoso entorno ecológico que rodea los asentamientos indígenas inspira a los talladores que a diario representan escenas extraídas de la flora y la fauna. Fácil es ver en una semilla de tagua, la lucha inútil de un roedor, mientras una boa lo devora.

Los indígenas transportan todos sus productos en piraguas -a través de los ríos- hasta los puntos de venta, ubicados estratégicamente en las áreas comerciales del Darién. Lidiar con el clima húmedo, cuya estación lluviosa va de mayo a diciembre es más benigno para un indígena que movilizar lentamente -casi rozando- su piragua a lo largo de los ríos, que se secan durante los meses restantes.

Lo que sí es perenne es encontrar a un Emberá o a un Wounaan con una sonrisa franca en sus rostros morenos enmarcados por sus cabellos lacios.

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