Ángel Sáiz Padilla -

Una de egipcios y piedras

(Un modelo para revisar la forma de enfrentarnos al trabajo diario)

 

Artículo publicado en la Revista General de Marina, Vol. 253, Nº 7, julio 2007, págs. 63-72.

 

Hace ya cierto tiempo escuché un interesante modelo teórico, y a la vez muy gráfico, pensado para reflejar la actitud ante el trabajo en general, tanto de un trabajador en concreto (incluido uno mismo) como de un equipo. Con él se pretende visualizar, y poder explicar a nuestra gente, y hacernos a cada uno conscientes de cómo nos enfrentamos al trabajo y a los retos diarios que la vida nos pone por delante. Por medio de estas líneas he decidido divulgarlo, convencido al fin de su utilidad. Creo que es una imagen que puede dar mucho juego en los tiempos que corren.

En honor a la verdad, este modelo no es totalmente de cosecha propia, como he dicho. Lo escuché de boca de un compañero, que a su vez lo oyó de su hermano, que lo comentaba como oído a otro amigo; los que me conocen sin embargo saben que tengo una imaginación bastante fértil, por lo que entenderán que haya estado mucho tiempo adornando la escena hasta cambiarla lo bastante como para considerarla de factura propia. Lamento de todas formas no saber a quién atribuir la idea original con precisión y poder así compartir los créditos de este artículo.

Decía mi amigo, que decía su hermano, que decía a su vez el amigo de éste:

- “Mira, en mi empresa la gente es como en esta escena...”- (La imagen es breve y requiere un poco de imaginación)

“...Imaginemos por un momento que nos trasladamos al antiguo Egipto de los faraones. Nos encontramos en el hermoso valle del Nilo, nos estamos tostando al sol mientras observamos unas faraónicas obras (nunca mejor dicho) que se desarrollan frente a nosotros.

Una gran cuadrilla de esforzados egipcios, trabajadores, empujan una pesada piedra cilíndrica de mármol por una cuesta, desde el río hasta el templo que el faraón está erigiendo en honor de la diosa madre Isis, que encarna la perfección, en lo alto de una colina. La cuesta es larga, muy larga, y no es siempre del mismo desnivel, sino que tiene más bien la forma de una suave parábola horizontal. La cuesta por tanto es más pronunciada al principio y progresivamente se va haciendo cada vez más suave, hasta hacerse casi horizontal llegando al final del recorrido, es decir, al “Templo de la Perfección”.

 

 

Nuestros esforzados egipcios tienen que empujar la enorme piedra de forma continua día y noche, haciendo turnos sólo para comer y descansar algo.

La cuesta (o camino por recorrer) es tan larga que es difícil para los esforzados miembros de la cuadrilla ver el final de su recorrido y su motivación, pasado algún tiempo, es de lo más variada. Así los más optimistas han hecho de empujar la piedra su modo de vida e incluso disfrutan del trabajo al aire libre y del compañerismo. Para otros, los más pesimistas, el duro trabajo diario se ha convertido en un auténtico suplicio, eterno y sin sentido, como los que Dante describirá en su Infierno siglos más tarde”.

 

Los más optimistas

 

Esta es sin más la escena. Brevemente repasemos sus elementos clave: la piedra, el templo, la cuesta, la cuadrilla y los egipcios.

 

La piedra:

La piedra no es más que una imagen del trabajo diario. El volumen de trabajos que uno mismo o su unidad tiene que hacer. Pondré algunos ejemplos de piedra: la montaña de papel diario del escribiente, preparar la comida en el caso del cocinero, llevar un servicio o destino, el mando de una unidad en el caso de un comandante, y así sucesivamente, hasta alcanzar piedras de tamaño descomunal como pueden ser la gestión de personal en el caso del ALPER, o la de la Armada en su conjunto, para el AJEMA. Si hacemos un pequeño esfuerzo podemos salir de la escena profesional que todos tenemos en la cabeza y visualizar otras piedras, enormes también, como puede ser la responsabilidad de ser padres, el gobierno de una nación, o ridículas como el poner todos los días la mesa en el caso de mi hija de ocho años.

¿Por qué la piedra es cilíndrica? Porque la idea del enorme cilindro de mármol (que bien podría ser una gran columna para el templo) me parece más fácil de asociar al peligro de ser aplastados por el “rodillo”, si no se aguanta entre todos. También es más fácil empujar un cilindro que un bloque cúbico, ¿no? Al fin y al cabo, no todos los trabajos han de ser un suplicio absoluto.

Lo que debería ya haber descubierto el lector es primero, que todos tenemos nuestra piedra (o varias), y segundo, que las piedras son todas enormes a los ojos del que la empuja, y si no que se lo pregunten a mi hija.

 

La piedra del autor

 

El templo:

En el modelo existe, pero ha de visualizarse como un objetivo ideal, como algo muy lejano. O nunca llegamos o una vez allí nos pondrán otros objetivos que inmediatamente se transforman en otra piedra y otra cuesta. Simboliza la perfección del trabajo bien hecho, más que la finalización o culminación en sí misma, un objetivo difícilmente alcanzable pero al que siempre nos podremos aproximar más.

 

La cuesta:

¿Por qué una parábola? De entrada obviamente ha de ser una cuesta arriba, porque el trabajo siempre existe y, permítanme la redundancia, “cuesta”. Así era el modelo que escuché la primera vez, una sencilla cuesta arriba de pendiente constante. Sin embargo creo también firmemente que cuando el trabajo es serio, en equipo, prolongado en el tiempo y en la dirección correcta, cada vez costará menos mover la piedra, cogerá “inercia positiva”, por así decirlo. Por eso, a medida que avanzamos con nuestro enorme rodillo particular, la pendiente ha de ser (o parecernos) cada vez menor. De igual forma, para toda la cuadrilla debe ser evidente que su suplicio diario es irrenunciable: si parasen o aflojasen en su empeño, la piedra empezaría por detenerse, perdiendo la poca inercia que llevaba y al poco empezaría a moverse cuesta abajo. Caso de seguir la dejadez o aumentar el número de egipcios que no empujan la piedra, ésta puede caerse cuesta abajo aplastando a los que trabajan correctamente.

 

Ha de ser una cuesta arriba, porque el trabajo siempre existe...

 

La cuadrilla:

Al hablar de la piedra ya se ha dicho que, en general, todas tendrán asociada una cuadrilla suficiente en número. A mayor tamaño objetivo de la piedra, tantos más integrantes habrá de tener la cuadrilla. Alguien deberá decidir el tamaño de la cuadrilla apropiado para la piedra en cuestión, y así el modelo se puede ir adornando con más personajes, pero creo que sería abusar de la paciencia de todos. Quedémonos con que si la cuadrilla es demasiado corta, no conseguirán sacar adelante el trabajo de subir el rodillo cuesta arriba, por muy bien que trabajen todos.

La cuadrilla en su conjunto y los egipcios en particular son las principales claves de este modelo. En la cuadrilla se identifica claramente la labor de equipo. Todos empujan, o son responsables de hacerlo. Cuantos más sean sus integrantes más llevadera y rápida será la ascensión por la cuesta. Cuanto mejor se lleven, cuanto más confíen los unos en los otros los egipcios, cuanto mejor se conozcan y más conscientes sean de que de todos depende trabajar mejor (que no trabajar menos) e incluso el no morir aplastados, tanto menos costará mover la piedra y más llevadero será el día a día, lo que a su vez redundará en un mejor rendimiento y en una piedra que se mueve con más “inercia”.

 

Cuadrilla de esforzados egipcios

 

El egipcio:

A mi modo de ver (y así se lo he expuesto a los dos equipos de personal que he tenido a mi cargo últimamente en un pequeño experimento para contrastar la validez del modelo), tres son los tipos posibles de actitud ante la piedra de cada egipcio (nosotros mismos incluidos, no lo olvidemos), actitud ante el trabajo que hay que sacar adelante cada día. Así encontramos:

a) “Egipcio currante”. Empuja la piedra; con más o menos fuerza según su capacidad o según el día, pero empuja con decisión y cuesta arriba.

b) ”Egipcio mirón”. Harto de empujar, por no ver el final de la cuesta o por cualquier otra razón, se pasa su turno de trabajo dando ánimos a sus compañeros, leyendo la prensa o de palique con otros como él, haciendo lo mínimo indispensable. Obviamente no colabora mucho en empujar la piedra pero al menos no entorpece que se mueva en la dirección correcta.

c) ”Egipcio zancadilla” (por no llamarle algo peor). Este es el peor espécimen. No sólo no empuja sino que se ha pasado al otro lado y empuja el rodillo en dirección opuesta. ¿Por qué lo hace? Habrá que preguntárselo a él, pero se me ocurren razones como miedo a ser aplastado por el rodillo, dejarse ver, aparentar que hace mucho cuando en realidad empuja cuesta abajo, envidia de sus compañeros, incompetencia, “queme”...

Es evidente también que una misma persona, cualquiera de nosotros, puede estar en distintos momentos de su vida en una u otra de estas situaciones. Yo suelo terminar diciendo que quiero a todos como “currantes”, tolero puntualmente los “mirones” pero persigo hasta la saciedad a los “zancadilla”, hasta ponerlos en el otro lado de la piedra, por las buenas o empleando otros medios más persuasivos. El que no reacciona más vale que cambie de cuadrilla.

En honor a la verdad, como jefe, hay que asegurarse de que todos los miembros del equipo tienen claro hacia donde hay que empujar. De lo contrario, hasta las mejores intenciones y los mayores esfuerzos individuales empujarán muy poco la piedra.

 

Y ahora el experimento:

Desde hace relativamente poco me enfrento al enorme reto de mi primer mando. Al dirigirme hace unas pocas semanas a mi dotación por primera vez como su comandante, después de una escueta presentación y currículum-vitae, cogí una pizarra tipo “velleda” y sin más les pinté el dibujo que ilustra estas líneas. Se lo expliqué brevemente, haciendo hincapié en lo de los tres tipos de egipcio que hay en mi teoría de la piedra. Tenía mis dudas antes de exponerlo: no sabía si valdría de algo o si lo entenderían en general. Al ver sus caras boquiabiertas, de rey a paje, en el comedor de la dotación, mirando la pizarra, dudé más que nunca de si estos nuevos sistemas de liderazgo explicativo-comprensivo-empresarial-motivacional tienen futuro en nuestra Armada. Un poco desilusionado terminé mi espiche y me despedí, volviendo cada uno a sus quehaceres, pensando yo que el mensaje no les había llegado como esperaba.

Para mi sorpresa, un par de semanas más tarde se me acercó uno de mis “egipcios” (de los que salen entre estas líneas) y me dijo con profundo acento ferrolano: “¿Le puedo hacer una pregunta mi comandante? ¿Como va la piedra? ¿Sube?”

Estas palabras no sé si iban en serio, pero han sido de las que más ilusión me han hecho últimamente. Desde entonces he escuchado o me han llegado algunas referencias de comentarios del estilo: “se nos está cayendo la piedra...”, o “ya hemos empujado la piedra suficiente por hoy”, con lo que me decidí por hacer público al fin este modelo, comprobando que era entendible.

En esta modesta historia de los egipcios hay una última figura que no se ha mencionado hasta ahora y ese es...

 

El capataz:

Si el lector hace un último esfuerzo e intenta imaginar por un momento al capataz de esta cuadrilla ¿cómo lo representaría? En una escena como esta, de egipcios y piedras, lo propio es lógicamente poner al capataz, látigo en mano sacudiendo los lomos de los miembros de su cuadrilla. Algo nos pone ya a la defensiva hoy en día antes de aceptar como bueno un jefe que tire mucho del látigo. Evidentemente no tendrá en su cuadrilla miembros “zancadilla”, pero casi todos serán “egipcios mirones” o “egipcios currantes” de bajo rendimiento.

¿Por qué no aparece el capataz en el modelo desde el principio? Porque no es distinguible a distancia de los otros miembros de su cuadrilla. Su puesto ha de ser al frente, entre su gente, trabajando más y mejor que todos juntos, solo así la motivación será la correcta en el equipo. Hay que mandar con autoridad, no con poder y más por respeto que por miedo. Es ni más ni menos el nuevo estilo de liderazgo que tímidamente se empieza a proponer en la Armada, que es sencillamente el que desde siempre han exigido las Reales Ordenanzas, si se leen con una mirada renovada: Dar ejemplo, empujar más y más tiempo y no pedir nunca más de lo que tu mismo estés dispuesto a hacer.

 

Capataces

 

Para seguir pensando (“Food for thought”, que dicen los sajones):

Hoy en día, las empresas serias gastan cantidades ingentes en enseñar a su gente modelos correctos de liderazgo con menos látigo y más empujar la piedra, todos cada vez más lejos del “ordeno y mando”.

Soy un lector asiduo desde hace tiempo de libros de liderazgo y otros asuntos de gestión empresarial, buscando siempre nuevos enfoques y puntos de vista distintos para enfrentar nuestros problemas (unos problemas no muy distintos a los de otras administraciones y empresas). Son varias las corrientes de “nuevas formas de liderazgo” y una de ellas es la que más me ha llamado la atención por lo apropiado de sus principios en nuestro caso, como miembros de las Fuerzas Armadas y de la Armada en particular: se trata de “El liderazgo con vocación de servicio”. El nombre desde luego es más que suficiente para atraer la atención de cualquiera que aspire a ser un buen jefe, comandante o simplemente el mejor padre (o madre) de familia. Es desde luego tema más que suficiente para escribir otro artículo, o varios. Mientras tanto recomiendo sinceramente la lectura de un corto ensayo: “La Paradoja”, editado por la editorial Empresa Activa y escrito por James C. Hunter, uno de los principales teóricos del Liderazgo con Vocación de Servicio actuales.

Espero sinceramente que este modelo de los egipcios le valga a alguien para algo. De entrada podemos preguntar (y preguntarnos) cada día lo de: ... y tú, ¿estás empujando suficiente? ¿De qué lado de la piedra estás?

 

Mandar con autoridad, no con poder, y más por respeto que por miedo

 

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