Diego Azqueta Oyarzun - El tren de alta velocidad, una oportunidad perdida

 

El País, 3 de junio de 1989

 

Venía recogiendo la Prensa, con cierta asiduidad, la polémica despertada sobre el trazado del acceso del tren de alta velocidad (TAV) a su llegada a Madrid. Polémica que parece haber llegado a su fin, ya que por lo visto se ha decidido mantener el originalmente previsto, a pesar de las protestas de la Comunidad, los grupos ecologistas, etcétera. Creo que hemos dejado pasar de nuevo una excelente oportunidad de hacer las cosas mejor. Tanto los argumentos a favor como en contra del trazado actual chocan parcialmente con un obstáculo común: la necesidad de valorar una serie de intangibles que pueden terminar siendo decisivos en el cómputo final de costes y beneficios de las diferentes alternativas.

Por ejemplo, los distintos grupos opositores han señalado reiteradamente la agresión medioambiental que representa hacer transitar el TAV por unos parajes naturales especialmente escasos y protegidos. Por su parte, los defensores de la alternativa escogida es de suponer que hayan valorado, junto a los menores costes de inversión en infraestructura, el ahorro de tiempo que debe entrañar la ruta seleccionada. Escoger una u otra supone, por tanto, valorar el cambio en el bienestar de la sociedad que introducen unos efectos determinados frente a otros. Esta valoración dista de ser sencilla, y se hace incluso más complicada en el caso de los intangibles mencionados: tiempo, medio ambiente, ruido, etcétera.

Con mayor o menor fortuna, sin embargo, la teoría económica ha ido proporcionando una serie de técnicas para tratar de dar prioridad y comparar todos estos efectos contrapuestos. Uno podrá o no estar de acuerdo con ellas, pero tienen una ventaja indudable: son discutibles. Tanto las técnicas en sí como los parámetros valorativos.

La medición del beneficio social que representa acortar el tiempo necesario para realizar un determinado viaje ha de resolver toda una serie de cuestiones previas: ¿cómo se ha solucionado el inevitable problema de las indivisibilidades? ¿Cuál ha sido la valoración que se le ha dado a la hora del trabajo? ¿Y a la hora de tiempo libre? ¿Se ha tenido en cuenta el nivel de renta de los afectados por el ahorro de tiempo? De ser así, ¿qué valor se le ha dado al parámetro que recoge nuestro juicio de valor distributivo: la elasticidad de una hipotética función de la utilidad marginal del consumo social?

Mucho más importantes son, desde luego, los aspectos relativos al lado negativo del problema: el deterioro que va a suponer el TAV en unos parajes naturales valiosos dentro de la Comunidad de Madrid. También aquí las preguntas son ineludibles: ¿qué método se ha utilizado para valorar el perjuicio social que supone esta agresión al medio ambiente? ¿Las preferencias reveladas, el coste del viaje, las funciones hedónicas...? ¿Por qué? Teniendo en cuenta el carácter único del entorno afectado, ¿qué tasa de crecimiento de la demanda de sus servicios se ha estimado? ¿Con qué elasticidad-renta? ¿Se ha llevado a cabo una estimación del ritmo de decrecimiento en el tiempo de los beneficios que produce cada alternativa? Si es así, ¿qué rango de valores tiene la tasa de descuento que ha hecho finalmente aceptable la alternativa elegida?

Llegados a este punto, el espectador interesado tiene la impresión de que han podido ocurrir dos cosas:

La primera es que las preguntas anteriores hayan tenido una respuesta concreta, que, sin embargo, no ha trascendido. Ello supondría que los responsables de la toma de decisiones han encargado los estudios de evaluación pertinentes, proporcionando los parámetros valorativos ineludibles para poder llegar a un resultado concreto con unos juicios de valor claramente expresados y defendibles.

Proceder de esta forma supone dar la razón (que no les falta) a todos aquellos que argumentan que el análisis de costes y beneficios sociales tiene fuertes tendencias tecnocráticas y no democráticas. Por un lado, porque esconde el análisis de los problemas tras un lenguaje y unas construcciones especializadas más o menos esotéricos. Por otro lado, por no propiciar la participación. En efecto, planteada en estos términos, la toma de decisiones se delega en un grupo de expertos. La disensión ya no tiene cabida, puesto que ellos son los que saben, aunque lo único que dominan en mayor medida que los demás es una técnica.

El análisis de costes y beneficios sociales no tiene necesariamente que desembocar en este poco aceptable resultado. Aunque la técnica puede parecer a veces algo sofisticada, lo cierto es que las variables y las opciones envueltas son fácilmente comprensibles. Permiten, desde luego, el pronunciamiento al respecto de individuos, interlocutores sociales, colectivos de opinión, etcétera. No se puede, por tanto, hurtar el necesario debate haciendo tecnocrática hasta ese extremo la toma de decisiones.

La segunda alternativa es, desde luego, menos atractiva todavía. Supondría aceptar simplemente que la decisión sobre el trazado del TAV a su paso por la Comunidad de Madrid se ha tomado sin tener en cuenta todos los factores significativos. En un contexto, además, en el que las consecuencias de cualquier error las vamos a sufrir nosotros y los que vengan detrás. Aparte de que puedan ser irreversibles.

La apuesta es, por tanto, alta. Un problema de esta trascendencia demanda un debate mucho más abierto, y en profundidad, sobre las razones que nos llevan a preferir una opción determinada, y no una decisión emanada, en el mejor de los casos, de un grupo de expertos revestidos de autoridad (no de representatividad), simplemente porque dominan una técnica que el resto de los mortales desconocemos.

 

Diego Azqueta Oyarzun...

Ferrocarril y ferrocarriles...

Alta velocidad ferroviaria...

Movilidad - Velocidad...