José Beltrán Escavy - El Eterno Riesgo

 

(El Correo de la Imaginación Nº 9, abril de 1989)



Lo sé, no hubiera debido descuidarme; pero lo pasado, pasado está. Además, a fin de cuentas, no pasó nada grave. Y eso es algo importante, ¿o no?
Recuerdo todo lo sucedido minuto a minuto, hasta el mínimo detalle. ¿Cómo podría olvidarlo?

Todo ocurrió al pasar en tránsito por la zona 37-5-16. Ya saben: sección donde hay que llevar todas las pantallas de protección activadas, pues pueden colársete "bichos", algunos muy peligrosos...

Y fue uno de éstos. Ya sé que tenía que cuidar de las sobrecargas y evitar que se provocasen problemas; pero, ¿fue acaso culpa mía que un meteorito fuera a impactar en la pantalla protectora? En ese momento, los generadores tuvieron que aumentar la potencia para poder mantener las barreras y justo aquel fusible, el que iba a revisar al día siguiente, tuvo que ser el que saltase, dejándome momentáneamente desprotegido.

La barrera estuvo desactivada durante sólo tres minutos, pero ya aquello fue bastante. El radar detectó una navecilla extraña en las cercanías. Personalmente, creo que de allí vino el ser, buscando claramente nuestra destrucción.

Y a mí me tocó ir a encontrarlo y eliminarlo. Maldita la gracia que me hizo; pero, bueno, yo era el encargado de los generadores y, claro,...

A nadie le deseo la ansiedad que pasé mientras buscaba la criatura por toda la nave. Llevaba cerca de una hora errando por los pasillos, cuando un súbito movimiento en una galería lateral me llamó la atención. Cuidadosamente, con el máximo sigilo, me acerqué a mirar.

Lo que vi me heló la sangre.

Era uno de los seres más dañinos del Universo, falaz y ávido de matar. Y, además, inteligente. Esta era su característica más peligrosa. Aquello me gustaba cada vez menos - si es que me había llegado a gustar en algún momento...

Parecía que no me había visto. Me acerqué lentamente por detrás. Casi podía oír su respiración sibilante.

Con la angustia y la tensión creciendo en mi interior, direccioné mi arma hacia su cuerpo...

Justo cuando iba a disparar, se volvió ...y me miró. En sus órganos visuales, inexpresivos y crueles, leí mi sentencia de muerte. Me tenían hipnotizado. ¡Ese maldito alienígena! Como en un sueño, le vi levantar algo y apuntarme con ello.

En ese momento reaccioné. Disparé en dirección a lo que parecía ser su zona rectora y vital. Murió instantáneamente, agitando vanamente sus dos pares de miembros repugnantes en una insensata danza de muerte.

Así acabó todo. Ahora lo que más deseo es volver a casa y estar allí con mi querida Nagde... Tener su cuerpo palpitante entre mis tentáculos y sentir sus cilios rozando mis membranas.

Pronto llegaremos a nuestro destino y será momento de sacar de la cámara refrigerada el cuerpo del alienígena. Me parece que el mejor lugar para exponerlo será el Museo Biológico, allí causará sensación el cuerpo de ese maldito humano.

 

José Beltrán Escavy...