Fernando Bertazioli Riquer - Memoria histórica

 

Octubre de 2008

 

¿Te gustaría que tu padre o tu abuelo estuviese enterrado en alguna cuneta? ¿Te gustaría que no supieras ni dónde, ni cómo, ni cuándo murió asesinado?

En el Cementerio Viejo de Vila tengo una capilla donde, después de la creación de este cementerio, allá por 1850, tengo mis familiares enterrados y si por ley natural no podemos hacer ya nada por ellos, no impidió que uno de mis nietos, siendo niño, se emocionase al ver el nombre de su padre en unas lápidas, cuando en realidad era la lápida de su bisabuelo, que murió en el exilio pero cuyas cenizas están en este panteón, y la de su tatarabuelo.

Quizás podría parecer una nota de orgullo contar por mi parte esta anécdota personal, que permite, viendo estos nombres y de los otros miembros de mi familia, leer como en un libro de familia los que nos han dado la vida y, además de sentir su presencia, nos permite poder tener una comunión espiritual con ellos.

El culto a los difuntos ha sido una constante en infinidad de pueblos desde los más remotos tiempos, basta mencionar para los católicos las inhumaciones que se hacían en el interior de las iglesias, después al lado de ellas (en Eivissa el cementerio estuvo entre la catedral y la Casa de la Curia) o en las cercanías inmediatas de los pueblos.

Pero cuando en 1936 la barbarie se desencadenó en nuestra pobre España, hubo miles de españoles, que además de ser republicanos eran católicos, cuyos restos fueron enterrados y abandonados como simple carroña lejos de los camposantos consagrados por la Iglesia.

Es absolutamente normal que sus familiares quieran recuperar estos restos, lo que no quiere decir que haya que buscar una revancha que nadie a estas alturas puede querer.

Conozco los libros de Arturo Parrón y de José Miguel Romero, con los que se ha elaborado la lista de los 200 desaparecidos de las Pitiusas que se ha entregado al juez Garzón. Por mi parte añadiré que, en torno a 1975, cuando se construyó un edificio en la Avenida Isidoro Macabich, muy cerca del Parque de la Paz, se encontraron dos esqueletos, uno junto al otro, a unos 50 ó 60 centímetros del nivel del suelo. «Son restos arqueológicos», dijo la Guardia Civil. He colaborado con el Museo Arqueológico y he visto muchos enterramientos y aquellos no lo eran. De la misma forma, a raíz de investigaciones que hice para escribir mi libro de memorias, consulté el Registro Civil de Vila y las anotaciones que hay en el libro de defunciones, en los primeros años de nuestra Guerra Civil, son para escribir varias novelas y no precisamente de color rosa. Analizando con detalle se podría decir que han sido escritas con tinta roja, con el color de la sangre de los que murieron.

Hubo asesinatos por ambas partes. Por el lado republicano, fueron sobre todo al principio, por bandas de incontrolados, de lo que Ibiza, por los sucesos del Castillo, sabe un rato. Pero del lado franquista fue un terror organizado, vengativo, metódico, oficial y duradero. Un terror que duró años y años. El constructor del hotel Montesol, que compartió responsabilidades con mi padre, en el Comité Antifascista de Ibiza en 1936, fue fusilado en Mallorca en 1942 o sea seis años después de sus actuaciones, unas actividades que no merecían la muerte. ¿Cuántos ibicencos salieron de la planta baja de la que fue Escuela de Artes y Oficios, donde eran interrogados, y se los llevaron a dar un paseo del que nunca regresaron?

De los que hicieron esas barbaridades, ¿cuántos quedan aún con vida? Posiblemente ninguno. Por eso creo que no es el momento de pedir justicia, pero sí un reconocimiento por parte del Estado del holocausto que sufrió una gran parte del pueblo español, que, además de perder seres queridos, se vio perseguido, mutilado, torturado, arruinado, cuando lo que solamente pretendía era salir del letargo que durante años y años había sido sumergido por la monarquía de la época y todos los que la apoyaban.

 

Fernando Bertazioli Riquer...