Fernando Bertazioli Riquer - No pasó en Ca na Costa

 

23 de mayo de 2008

A raíz de una visita que hice al Museo Puget, en lo que fue la casa Llaudis y más tarde Casa Comasema (como generalmente es más conocida), en Dalt Vila, y dejando de lado las magníficas obras que alberga, estaba con otros visitantes observando el gran panorama que desde el ventanal gótico de su fachada posterior se puede disfrutar. Veíamos el enorme desarrollo que ha sembrado Eivissa de innumerables construcciones, casas, casitas, edificios por doquier que, cromáticamente, van cubriendo el verdor de los montes, con el blanco de sus casas. Desde ese ventanal se ve perfectamente la mano del hombre que va invadiendo lo que la naturaleza nos ha dado. Pero desde allí también se ve, a sus pies, el extraordinario yacimiento arqueológico que se descubrió entre la calle Juan Román y los bajos del edificio que alberga el Museo Puget.

Personalmente ya he escrito en repetidas ocasiones sobre la enorme valía de este yacimiento, con sus restos de casas, calle, cisternas, de muy remota datación y que se podría asegurar, sin temor a equivocarnos, que seguramente es el corazón de nuestra ciudad. Tiene además la enorme ventaja de estar situado bordeando a la calle principal de Dalt Vila, Patrimonio de la Humanidad. En él los ibicencos podemos conocer mejor nuestra historia y los miles de turistas que se quedan prendados por la singularidad de nuestro barrio se quedarían asombrados por estos restos arqueológicos que tenemos que preservar para que puedan ser visitados.

Parece que hay un proyecto para que parte de ellos sean preservados, pero lo que sí es seguro es que cuando se construya lo que se pretende, parte de ellos quedarán destruidos o cubiertos. En todo caso, los visitantes del Museo Puget sólo verán por el ventanal gótico el afán constructivo que se ha adueñado de nuestra isla y los restos arqueológicos ya no los verán.

Muchas ciudades darían una fortuna para poder obsequiar a sus moradores y visitantes con una joya igual en su calle principal, como lo darían ahora los formenterenses para tener más monumentos megalíticos como el único que aún les queda, el de Ca na Costa, fechado en el año 1800 antes de Cristo. Efectivamente, para obtener la machaca necesaria para construir la carretera que conduce a la Mola se destruyeron varios de estos monumentos que estaban cerca del camino que conducía al cabo de Barbaria. Se machacaron todos los ortostatos, las enormes piedras colocadas verticalmente para formar los círculos alrededor de la cámara funeraria. Antes estas cosas ocurrían y no se podían denunciar. ¡Esta destrucción aberrante sirvió para hacer la carretera! Es increíble, pero verdadero. Pero ahora todos, absolutamente todos, tenemos la obligación de defender nuestro patrimonio, nuestra cultura, nuestro pasado, un pasado que es el porvenir de nuestros hijos, nuestro futuro, su futuro.

Independientemente de los permisos que la construcción proyectada en la calle Juan Román pueda tener, creo que habría que tomar cartas en este asunto y, mediante una compensación económica a la propiedad, obtener que este yacimiento arqueológico pueda ser fácilmente visitado en su totalidad.

El pueblo de Formentera pagó un precio muy alto, elevadísimo, para tener la carretera a la Mola; nosotros, en vista de un desarrollo mal entendido, no podemos sacrificar una parte de nuestro patrimonio, ya sea cultural o histórico, no podemos sacrificar un poco más de nosotros mismos

 

Fernando Bertazioli Riquer...

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