Carlos Gómez - Para no temer a la muerte...

Licenciado en Filosofía y Letras. Madrid

 

El País, domingo 15 de enero de 1984

 

Porque desde hace casi ocho años tengo una leucemia como imprevista y no deseada compañera, amo con pasión la vida y el vivir. No quisiera que alguien, si continúa leyendo, me catalogue como una especie de necrófilo histérico y masoquista. Me aferro cada día a todo lo bello que me rodea. Lo persigo obstinadamente: desde la verde belleza de mis prados y montañas o del fiero mar hasta el calor de una conversación de amigos junto a una jarra de vino o la suavidad de una mano cariñosa entre las mías...

He de confesar, además, que he tenido mucha suerte, porque de la gama de trastornos hematológicos me ha tocado uno que por ahora camina quedo y sin empujar demasiado. También considero otra suerte el no haber sido engañado como un niño o un tonto en tema tan fundamental. Por último, el equipo médico que controla el proceso leucémico está compuesto por unos magníficos profesionales tan competentes como cercanos. Esta vez el personaje-médico no se ha tragado a la persona. Ello hace que pueda sentirles próximos y con respuestas a todas mis preguntas, y no encaramados en el Olimpo de su ciencia médica arcana e incomunicable a los profanos.

De un tiempo a esta parte comienza a salir a la plaza pública el tema de los derechos del enfermo o el de las asociaciones por una muerte digna.

Hay y siempre habrá personas que, con todo el derecho del mundo, se aferrarán a la vida y pedirán —ellos deberían ser los peticionarios y no sus familiares, en los casos en que puedan hacerlo— que se empleen todas las técnicas posibles para sobrevivir. Y así debe hacerse. Pero, ¿y los otros? Los que no tienen ese interés, los que quieren elegir ellos mismos, los que no ceden ese derecho indeclinable ni a familiares ni a médicos, los que ya han elegido. ¿Nadie les va a ayudar? ¿Dependerá algo tan importante de la suerte de encontrarse con un equipo médico sensibilizado ante el problema? Yo —y perdón si suena a pretencioso— me niego a correr ese riesgo. Tengo buenos amigos entre médicos y enfermeras que están en mi misma onda, y me parece sentirme un poco más a salvo por ello. Pero no se trata de esto: no quiero que cualquiera de ellos, cuando llegue el momento, se sienta urgido por la amistad y amenazado por la ley; y tampoco me parece justo quedarme tranquilo porque mi problema personal esté bien enfocado y con bastantes posibilidades de una buena salida. Quiero hablar en nombre de otros enfermos que piensan como yo, en nombre de los que con el tiempo llegarán a pensar así, de los ahora sanos que se plantean estas cosas sin miedos histéricos, de los que ya han tenido experiencias desagradables si no en sí mismos, en sus familiares.

Es preciso que vayan surgiendo más, muchas más voces que posibiliten, que fuercen la creación de una asociación por una muerte digna en España, que sería el modo de institucionalizar la idea y de moverse por una legislación pertinente sobre el caso.

 

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