José María Carreras Ruiz - Así no se hacen las cosas

 

18 de junio de 2008

 

Acabo de leer en el número 68 del semanario "Prensa Pitiusa" un reportaje, o constatación de una situación, titulado "El estrés de dejar de fumar". En él, la autora relata su penoso camino para tan sólo intentar conseguir contactar con el "Programa telefónico para dejar de fumar" que ha puesto en marcha, al parecer, la Conselleria de Salut. El artículo no hace más que reflejar lo que es verdad: el servicio es inaccesible para los usuarios. Parece estar mal diseñado, mal ubicado y mal orientado. Parece responder solamente a un intento de tapar bocas por parte de los gestores de nuestra salud.

A grandes rasgos, se trata de que la persona que quiere dejar de fumar llame a un determinado número de teléfono, y al otro lado del cable debe estar alguna Virgen o Santo protector, que por arte de birlibirloque le quita la dependencia. ¡¡¡Genial!!!

La cuestión es que la reportera tardó varios días en llegar a ese Santo milagrero, siendo desviada a otros servicios, no pasando del auricular de la telefonista. Al fin desistió, no tan sólo de volver a intentarlo, sino - lo más grave - de dejar de fumar. Les recomiendo que lean el artículo, es jocoso y divertido. Tal vez la clase política nos ahogue con estadísticas sobre el buen resultado de estos programas telefónicos en otros países; creo que el Vaticano tiene algo parecido con el sacramento de la confesión por vía telefónica, pero estoy persuadido de que para el tema del tabaco jamás funcionará, ni aquí en Baleares, ni en ningún otro sitio.

Debemos distinguir entre el que "quiere dejar de fumar" y el que "ha decidido dejar de fumar". El primero es el curioso, el tanteador, el que prueba diversas cosas, pero seguirá fumando. El segundo es el serio, el que está harto de generar humo, el que prefiere ahorrar un buen dinero, el que se ha asustado al saber que forma parte de la lista de candidatos al cáncer de pulmón.

Pues bien, no hay que jugar con ninguno de ellos, ni levantar dudosas expectativas de abandono tabáquico por el mero hecho de realizar una llamada, máxime teniendo en cuenta lo que cuesta contactar con el servicio. Pero, una vez lo haya conseguido, ¿su interlocutor será siempre el mismo? ¿O será como en las compañías telefónicas, que cada vez que llamas te atiende una persona distinta? ¿Qué pasará con los momentos difíciles - o muy difíciles - del fumador, cuando no pueda resistir la necesidad de nicotinizarse? ¿Volverá a empezar el periplo telefónico? Tal vez sí, pero con el cigarrillo en la boca.

La persona que, por el motivo que sea, ha decidido dejar de fumar se convierte en un bien muy preciado como para que la Administración ande jugando al escondite con ella. El momento de la decisión es único, tal vez no vuelva a presentarse, y si en ese momento no se obtiene de inmediato el respaldo, el ánimo, la ayuda y la orientación necesaria, permanente, de fácil acceso y personalizada, esa decisión estará abocada al fracaso. La Administración de Salud debería gestionar los recursos necesarios para deshabituar a un número importante de personas fumadoras, pero sin engaños, sin querer estar en misa y repicando, sin panfletarias propagandas que nos recuerdan a regímenes políticos obsoletos y ya olvidados. No es de recibo tener a los gestores sanitarios colgados de una nube azul, cantando el Cumbayá, donde todo es fácil y fantasioso. Deben bajar a la tierra y ver lo que pasa a nivel de la acera. Lo curioso es que pensábamos que lo sabían…

¿Quieren o pretenden que disminuya el número de fumadores? Pues empecemos por hacer cumplir la Ley 28/2005, de 26 de diciembre, y luego empleemos nuestros recursos humanos y económicos en consultas y programas de deshabituación que sean como mínimo, SERIOS.

Otras cosas son, como diría mi abuela, "chalaúras".

 

José María Carreras Ruiz...

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