José María Carreras Ruiz

 

El héroe

 

Los primeros rayos de sol de la mañana chocaban en infinitos reflejos contra los plateados escudos de cobre.

Un sordo rumor a pasos decididos había sustituido el canto matinal de la naturaleza.

Habían pedido voluntarios entre la población joven. Los viejos no servían, dijeron.

 

Éramos muchos. Había que combatir, había que preservar las viejas ideas, defender esos viejos estandartes. Nos habían congregado en un gran valle.

Durante meses recibimos la instrucción de las armas. Hoy, sabíamos defendernos. Sobretodo aprendimos a morir con la dignidad de los Dioses. Aprendimos mucho. El último fuego de la noche iluminó las miradas tristes de cien mil hombres convencidos de su destino. No hizo frío esa noche.

 

Una intensa calma en el ambiente. Una cálida calma en los corazones. Los rostros inmóviles. No había sonrisas, ni un último desespero. Nadie lloraba.. Habían pedido voluntarios entre la población mas joven. Allí estábamos; mezclados imberbes, inmaduros, ignorantes, engañados. Nos convencieron de que era también nuestra guerra. Nadie era el dueño de la tierra. Ninguno de nosotros conocía esa tierra. El alba nos bañaba con luz amarilla cariñosamente. Un día suave para una muerte violenta. Éramos muchos, y ninguno tenía rostro. Marchábamos en formación cerrada. Indestructibles. Ruido de pasos y de hierros. Una nube de polvo cerraba nuestra marcha.

 

Al cielo apuntan cien mil lanzas, cien mil sostenidas por cien mil brazos. Cien mil brazos de cien mil cuerpos. Cien mil cuerpos de cien mil hombres. Los pasos no se detienen. Los pies se negaban a razonar. No había por qué razonar. Había que luchar. Los gloriosos generales nos infundían valor y odio al enemigo. Luego entraron en sus tiendas y desplegaron sus mapas. Bebían vino. Fumaban. Marchamos durante todo el tiempo. Con el sabor del miedo. Con el temor de ser atacados en este instante, por sorpresa tal vez. Desprevenidos. Derrotados. No conocíamos al enemigo. Había que defender los viejos estandartes. Su significado histórico. Odiábamos al enemigo desconocido. No importaba su rostro. Jamás mirar a los ojos del enemigo. Había que matar. Matar sin mirar. Sin razonar la matanza. Habría premios, medallas, ascensos, honores… para los que volvieran.

 

El angosto desfiladero terminó y el paisaje se convirtió en un ancho valle. Sin límites. Parecía imposible definir dónde empezaba y dónde terminaba. No había más vegetación que los matorrales de la desolación. No había sombras. Era un valle sin sombras. Pensamos en el ángulo del sol. Había que intentar ponerse a favor de los elementos naturales.

El sol no debía cegarnos. Era mediodía. No había sombras. Dieron la orden de parar y mantener la formación. El enemigo no estaba. Las lanzas apuntaban ahora, con desafiante mirada, hacia el frente. Esperábamos al enemigo. Recorríamos mentalmente lo que había sido tiempo atrás nuestras vidas. Todo era lejano y confuso. Nos habían cambiado. Éramos máquinas de destrucción. Quedaba atrás el amor, los días de primavera, el cielo azul de las mañanas de verano. Quedaba atrás el amor.

 

La voz se extendió de vanguardia a retaguardia. Del flanco derecho al izquierdo. Allí estaba. El enemigo ya había llegado. Cien mil miradas lo buscaban. Había que saber a qué nos enfrentábamos. Los últimos rumores se perdieron a la voz “¡ADELANTE!”. Íbamos en perfecta formación, corriendo hacia él. En silencio. Íbamos en perfecta formación. Nos lo habían enseñado así.

Allí estaba él. Erguido en su caballo. Él. El héroe. Él solo contra cien mil hombres armados. Su rostro impasible. Quieto. Incluso su sangre debería estar congelada. La mirada hacia nosotros. Quizá sentía también odio hacia nosotros. Nos enfrentábamos al Héroe. Al inmortal. Al indestructible Héroe del Tiempo.

 

De pronto pareció reaccionar. Espoleó su caballo y se lanzó con una gran carcajada hacia nosotros. Hicimos la tortuga. Cavamos trincheras. Pusimos alambradas. Lluvias de flechas se lanzaron buscando el corazón del Héroe. El deseo de verlo ensartado en nuestras lanzas, en la mente de todos. Había llegado ya a la vanguardia de nuestro ejército. Chocó estrepitosamente contra los kilos de hierro que le aguardaban. No perdonaba. Su recia espada blandía el aire cortando, segando, matando. Su brazo se tiñó de sangre. Su carcajada era cada vez más penetrante. No perdonaba. Se burlaba de nosotros, de nuestro entrenamiento bélico, de nuestras armas. A su paso una alfombra de cadáveres despedazados, ensangrentados, mutilados. Ante él, ante el Héroe, miles de hombres con el miedo en sus bocas. No se detenía, no se fatigaba. Parecía recobrar energía cuanta más sangre derramaba. Le hacíamos frente. Ahora no eran los estandartes lo que defendíamos; ahora era nuestra propia vida ¡Cien mil hombres frente al Héroe!

 

El ocaso aún vio el fragor de la batalla. Uno tras otro de los nuestros iba cayendo horrorosamente mutilado por la acción de la espada. La tierra se fertilizaba con nuestra sangre. Corría a ríos rojos entre la pobre vegetación del Valle. Todos teníamos el turno de enfrentarnos al Héroe. Unos antes, otros después, según el lugar que tenemos en la formación. Todos caían bajo los certeros mandobles de su espada.

¿Nadie podría acabar con él? ¿No existía un nuevo héroe en nuestro ejército?

Quedaban veintiséis mil delante, entre ésos… ¿no habría nadie capaz de aniquilarlo? Quedaban diez mil delante. Quedaban mil….quinientos, cien, cincuenta, diez, tres, dos, YO.

 

El valle se convirtió en un gran mar de sangre. Un acantilado de cadáveres rotos. El Héroe quedaba con vida. Satisfecho. Su brutal carcajada se escuchó como signo de victoria. Cien mil hombres frente al Héroe y no pudimos vencerle. Nos habían entrenado. Habíamos aprendido las artes marciales y las estrategias bélicas. Él nos venció. El silencio y la oscuridad se apoderaron del lugar. Éramos cien mil. Éramos nada. Durante meses estudiamos la guerra. No podíamos fracasar. Estábamos bien entrenados. Éramos todos jóvenes. Voluntarios de la población. Nos enseñaron a luchar contra el peor enemigo. No sabíamos que luchábamos contra la propia muerte. El HÉROE de todo tiempo.

 

Escrito en Panticosa en 1976, recuperado el 20 de agosto de 2007

 

José María Carreras Ruiz...