José María Carreras Ruiz - Eurídice y el tabaco

 

Junio de 2008

 

Los periódicos del lunes abrían con sus espeluznantes noticias sobre el coste del petróleo, los altercados en Oriente Medio, el congreso del PP y las múltiples noticias cotidianas; y entre ellas, en un rincón de la página había una noticia a la que también ya estamos acostumbrados: 18 muertos en las carreteras este fin de semana. ¿Qué dolor!, ¿cuántos vacíos en las familias!, ¡cuántas cosas y casas rotas por el efecto de la velocidad!

Pero por más que se miren los periódicos, o los noticiarios de la TV, en ninguno de ellos aparece que la semana pasada murieron, según las estadísticas y sólo en España, 875 personas a causa del cáncer de pulmón o patologías derivadas del uso y abuso del tabaco.

¡¡Hala!!, me dirán, eres un exagerado, son muchas personas, el tabaco no mata tanto. Y uno entonces piensa: 875 dividido por 17 comunidades autónomas nos da 51 personas, si lo dividimos por 7 días de la semana nos da 7 personas por día y si cada Comunidad Autónoma tiene dos o tres Hospitales, vemos que para alcanzar esa cifra sólo hace falta que cada día mueran dos o tres personas a causa del tabaco en cada Hospital. Eso sí que ya es más creíble; el que por desgracia haya estado en un gran hospital habrá visto cómo se desalojan las habitaciones cada día. En silencio, sin palabras, sin lágrimas; la enfermedad ya nos enseñó a llorar a solas.

Hay una obra de teatro que es la historia de toda la gente, la síntesis de la desesperación y angustia de nuestros días, se llama "Las manos de Eurídice", de Pedro Bloch, estrenada por el actor Enrique Guitart en el teatro Capsa de Barcelona en 1953 y en Buenos Aires en 1955. El protagonista - es un diálogo entre él y el público -, pregunta al auditorio si hay un médico en la sala, y en cuanto aparece el facultativo - siempre hay alguno - le enseña una radiografía de tórax y le pide una opinión, el médico no puede por más que – en precario - diagnosticar: "tiene usted un cáncer de pulmón".

Seis palabras, tan rápidas de pronunciar como rápido se producen los accidentes de tráfico. Un segundo en el tiempo de dos historias: el que las pronuncia y el que las recibe.

Luego, en la calle, el silencio de los ruidos; los sonidos que no se escuchan y las voces que no se oyen, y de pronto la vida deja de ser simpática y alegre y se convierte en una sucesión de salas de espera, de pruebas, de no saber que sucederá mañana.

Y en la familia se ve cómo la caridad va envolviendo a los miembros y la sombra de la muerte amarillea en los rostros de falsas sonrisas y absurdas esperanzas.

Y ya está, el periplo vital pasa revista a lo que fue nuestra vida y en un momento vemos cómo a los catorce años, o quizás antes, con fruición y ansiedad, encendíamos nuestro primer pitillo. Y los que siguieron, miles, muchos miles, en cada semáforo rojo, en cada acto de amor, en cada discusión, o en cada alegría, en cada disgusto o en cada momento de franco bienestar. Uno tras otro; uno tras otro nos iba minando nuestra capacidad de respirar, nuestra capacidad de responder a esfuerzos físicos, envolviendo nuestros pulmones de alquitrán y chapapote, hasta que las células dijeron que no podían más, que ya habían perdido su capacidad de reproducirse. Y aparecieron las células negras, las malas, las que matan.

Y el cirujano torácico expresó su condolencia y su incapacidad técnica para operar, y no dijo nada.

Y aquí, en casa tras la quimioterapia, vino a buscarnos la muerte, dejando lo que dejamos y pasando a ser olvido.

Y todo eso por fumar, y encima hemos pagado una fortuna a las multinacionales, y nos han envenenado con formol, con plutonio, con acetona, con fósforos, con DDT, con naftalinas y con miles de productos especialmente cancerígenos que flotan en el humo del cigarrillo, sin que ni los Gobiernos ni las administraciones dijesen nada.

Y siguen sin decir nada, apostando por la muerte antes de apostar por la PREVENCIÓN. Dejando que los niños fumen o vean fumar o se traguen el humo de sus padres, vendiendo un producto tan mortífero como la peste que asoló Europa.

Pero no hay que hacer nada, dicen los políticos, ni tan solo hacer cumplir la Ley 28/2005, de 26 de diciembre, ya que si se prohibe el consumo, ¿qué pasaría con los impuestos? ¿De dónde íbamos a generar ingresos para pagar...? bueno, lo que se tenga que pagar. No entremos en detalles.

Pero eso sí, anunciamos un teléfono capaz de hacer que la gente deje de fumar, a pesar de que nunca hay nadie al otro lado de la línea (propia experiencia), permitimos que personas con dudosos escrúpulos se enriquezcan anunciando técnicas infalibles para abandonar el hábito tabáquico, nos conformamos la conciencia exigiendo que en nuestros Centros de Salud se pregunte: ¿usted fuma? Y ya que el tiempo de la visita es mínimo, sólo escribiremos sí o no.

Y mientras hablamos de lo bien que lo hacemos, y de lo moderno y nuevo de nuestros Centros, y de las ampliaciones y de los nuevos Hospitales, y de los grandes presupuestos, seguimos teniendo la inocencia y la ignorancia del pequeño "boy scout", mientras cantamos canciones a la luz del fuego en la noche de campamento.

Esa noche en que el silencio del pasillo blanco de los hospitales verá cómo viene la muerte a llamar a alguna de las puertas.


¡¡¡DESPIERTEN, HAGAN ALGO, DIGAN LO QUE DEBEMOS HACER Y HAGÁMOSLO, PERO SEAN SERIOS, EN SERIO!!!

 

José María Carreras Ruiz...

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