Boleslav Prus  -  Faraón  -  Pirámide

 

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En cambio, Ramsés y Pentuer iniciaron un breve paseo y conversaron.

La noche era tan clara que se podía divisar, por un lado las inmensamente altas siluetas de las pirámides y, por el otro lado, la figura de la Esfinge, que en comparación con las primeras parecía pequeña.

- Aquí estoy por cuarta vez - dijo el sucesor -, y siempre mi corazón se llena de asombro y pesadumbre. Cuando todavía era un alumno de la escuela superior, pensé que al llegar al trono elegiría algo más digno que la pirámide de Keops. Pero hoy tengo deseos de reírme de mi arrogancia cuando me pongo a pensar que el gran faraón para construir su sepulcro pagó mil seiscientos talentos solamente en viandas y hortalizas para sus obreros... ¡De dónde sacaría yo mil seiscientos talentos y tanta gente!...

- No envidies, señor, a Keops - respondió el sacerdote -. Otros faraones dejaron obras mucho mejores: lagos, canales, caminos, templos y escuelas...

- ¿Acaso esas cosas se pueden comparar con las pirámides?

- Seguro que no - negó el sacerdote con premura -. Ante mis ojos y los de todo el pueblo, cada una de las pirámides es una gran fechoría y la más grande de ellas es sin duda la de Keops...

- Exageras - reflexionó el príncipe.

- De ninguna manera. El Faraón construyó su enorme tumba a lo largo de treinta años, durante los cuales cien mil personas trabajaron tres meses cada año. ¿Y qué provecho hay de ese trabajo?... ¿A quién alimentó, curó o vistió ?... En cambio, durante esta obra cada año murieron de diez mil a veinte mil personas... O sea, para el sepulcro de Keops se acumuló medio millón de cadáveres y cuánta sangre, lágrimas y dolor; ¿quién podría calcularlo? Por eso no te extrañe, señor, que el campesino egipcio mire con terror hasta el día de hoy hacia el oeste, donde por encima del horizonte sangran o ennegrecen las triangulares imágenes de las pirámides. Ellas son testigos de su martirio y estéril trabajo... Y así ocurrirá siempre, hasta que esas pruebas de la vanidad humana se desintegren en polvo. Pero ¿cuándo llegará eso? Desde hace tres mil años nos asustan con su imagen y en sus paredes todavía lisas se pueden leer unos enormes epitafios.

- Aquella noche, en el desierto, hablaste de otra forma - dijo el príncipe.

- Porque no las miraba. Pero cuando las tengo delante de mis ojos, como ahora, me rodean las almas en pena de los campesinos muertos y me susurran: "¡Mira lo que han hecho con nosotros!... Porque nuestros huesos sentían dolor y nuestros corazones añoraban el descanso".

Ramsés se sintió herido desagradablemente con esa manifestación.

- Mi sagrado padre - dijo después de un rato - me presentó estas cuestiones de otra manera. Cuando estuvimos aquí, cinco años atrás, el divino señor me contó la siguiente historia: Durante el gobierno de Tutmosis I llegaron emisarios etíopes para acordar la cantidad de tributos que debían pagar. ¡Era muy altanera esa nación! Decían que una guerra perdida no significa nada, pues quizás durante la segunda, la suerte pudiera serles propicia; y a lo largo de varios meses regatearon el tributo. En vano el inteligente rey los quiso impresionar de forma sutil; les enseñaba nuestros caminos y canales, pero los etíopes le respondían que en su país tenían el agua gratis, donde quisieran. En vano se descubrían ante sus ojos los tesoros de los templos; decían que su tierra ocultaba mucho más oro y gemas que todos los de Egipto. Inútilmente el señor ordenaba maniobras militares, porque afirmaban que había más soldados etíopes que egipcios. Entonces el faraón los trajo aquí, a este lugar donde nos encontramos parados ahora, y les enseñó las pirámides. Los emisarios etíopes recorrieron sus alrededores, leyeron las inscripciones y al día siguiente firmaron todo lo que se les demandaba.

"Como no comprendí esa historia - prosiguió Ramsés -, mi padre me la explicó: hijo, estas pirámides son una prueba secular del poderío sobrehumano de Egipto. Si alguna persona quisiera erigir una pirámide para sí misma, colocaría un diminuto montón de piedras y después de unas cuantas horas dejaría de hacer su trabajo tras preguntarse: ¿qué me proporcionará esto? Unas diez, cien o mil personas apilarían muchas más piedras, las agruparían en desorden y también dejarían de hacer su labor después de haber pasado unos cuantos días. Porque, ¿para qué les serviría ese trabajo? Pero cuando el faraón egipcio, cuando el país egipcio, se propone apilar un montón de piedras, esto involucra a decenas de miles de personas que trabajan hasta varias decenas de años, hasta que el trabajo queda terminado. De lo que se trata no es saber si las pirámides fueron necesarias o no, sino de que la voluntad del faraón, una vez pronunciada, sea cumplida.

Sí, Pentuer, la pirámide no es el sepulcro de Keops, sino su voluntad. Una voluntad que posee tantos ejecutores como ningún rey en el mundo, y tal orden y duración en su ejecución como la de los dioses.

En las escuelas se me enseñó que la voluntad humana es una gran fuerza; la máxima fuerza bajo el sol. Y no obstante, la voluntad humana puede levantar apenas una sola piedra. Por lo tanto, cuán inmensa es la voluntad del faraón que eligió una montaña de piedra sólo por el hecho de que él lo deseaba, de que él lo pedía, incluso aunque fuese sin ningún objetivo.

 

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- ¿Y, tú, señor, quisieras probar tu poder de la misma manera?... - le preguntó de súbito Pentuer.

- No - contestó el príncipe sin vacilar -. Una vez que los faraones demostraron su poder, ya pueden ser misericordiosos. Únicamente si alguien tratara de resistirse a mis órdenes.

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