(El País Semanal, número
1.117 - 22 de febrero de 1998)
Uno de los muchos resabios nefastos
de la formación cristianoide (no cristiana, eso se acabó) imperante en
nuestra sociedad es creer que para combatir a los muchos diablos que andan
sueltos - éste es un mundo de todos los diablos - no hay más remedio que
proponer como ideal la conducta del ángel. Ideal nada adecuado, porque
los problemas de los ángeles, sean los que fueren, deben de parecerse
poco a los nuestros. Los ángeles viven en el reino del bien, es decir,
ya han sido salvados por Dios. Nosotros, en cambio, aún estamos sometidos
a numerosos males, hasta el punto de que parece que no va a salvarnos
ni Dios. El viejo Pascal advirtió que cuando los hombres quieren hacer
el ángel suelen sólo conseguir hacer el animal. Sabia advertencia.
Esta excursión de teología recreativa viene a cuento de la cuestión de
la violencia. Se ha convertido en un lugar común tras cada atentado terrorista
o cada suceso brutal insistir virtuosamente en que toda violencia es inútil,
irracional, que con la violencia nada se consigue, que nunca debe responderse
a la violencia con la violencia. Pedagogos bienintencionados repiten estas
jaculatorias a sus pupilos, a menudo sin razonarlas de un modo un poco
más malicioso. Porque yo soy tan deficientemente virtuoso como para creer
que conviene en efecto ser bueno, pero - dado que no somos ángeles - siempre
maliciosamente buenos. Permítanme explicarme.
No es verdad que la violencia no sea útil: sirve para muchas cosas. Por
medio de la violencia, uno puede apoderarse de la cartera del prójimo,
se puede cerrar la boca a quien nos molesta con sus argumentos, se puede
gozar de la mujer deseada sin su consentimiento, se puede obligar a la
gente a que nos obedezca... ¿Que la violencia no es útil? ¡Que se lo pregunten
a Franco o, aún mejor, al obsceno Pinochet, que ahí sigue dando guerra!
En verdad, la violencia es tan útil, tan útil... que por eso las sociedades
civilizadas la prohiben, para que todo el mundo no recurra a ella constantemente.
Porque la violencia es útil para todo menos para conservar el entramado
social, y allí donde todo el mundo puede recurrir a la violencia, la sociedad
se desmigaja. Cuanta más violencia hay, menos sociedad queda, y viceversa:
la sociedad crece anexionándose parcelas antes violentadas.
No es verdad que la violencia sea irracional: si yo quiero sacar dinero
del banco y no tengo cuenta abierta en él, es más racional que recurra
a una escopeta de cañones recortados que a ponerme de rodillas delante
del cajero pidiendo un donativo. Porque las personas pueden ser compasivas
o no serlo, pero todo el mundo tiene miedo a morir. Aprovecharse del miedo
general a morir, poniéndolo a nuestro servicio, es cosa perfectamente
racional. Aunque no sea razonable. Lo racional es encontrar el
medio adecuado para lograr un fin, caiga quien caiga; lo razonable es
buscar fines verdaderamente humanos, es decir, fines que no hagan caer
a nadie. Para ser razonable es para lo único que no sirve la violencia.
También es falso enseñar que a la violencia nunca se le debe responder
con violencia. Puede ser una actitud personalmente sublime, pero el reino
de los mansos no es de este mundo. Los lamas no reconquistarán el Tíbet,
salvo que el Dalai Lama convenza a las potencias internacionales para
que amenacen a China de modo suficientemente contundente. Y las naciones
no renunciarán a emplear la violencia unas contra otras hasta que una
autoridad mundial con poderes represivos les disuada de ello. ¿Seremos
entonces razonables y no sólo racionales? Quienes lo vean lo sabrán, pero
yo tengo mis dudas. En fin: ¡ay!
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