Agustín Cortés Soriano, Obispo - El mercado del ocio

 

Ibiza, 2003

 

No quisiéramos caer en la ingenuidad de que podamos vivir prescindiendo del mercado y sus leyes. Aceptamos la compraventa, los precios, la ley de la oferta y la demanda, el libre comercio, el valor añadido, el "marketing"... Nos cuesta un poco más aceptar, aunque ya nos hayamos acostumbrado, que realidades humanas tan importantes como el trabajo se vean sometidas igualmente a las leyes del mercado, y hablemos sin reparo de "mercado laboral", "oferta y demanda de empleo", etc. Lamentamos que realidades que de por sí gozan de la gratuidad propia de la creación del ingenio humano, como el arte, también se hayan de someter a las leyes de mercado. Pero cuando el mercado sienta sus reales en el mundo de los derechos humanos, la dignidad humana o incluso de la religión, no ya el lamento, sino la denuncia formal y la oposición son deber moral.

El problema se plantea al caer en la cuenta de que este mundo de la dignidad humana, la religión, los derechos, etc., se encuentra absolutamente implicado en todas aquellas realidades en las que señorea el mercado.

Vivimos totalmente insertos en el mercado del turismo. Nuestra subsistencia depende casi exclusivamente de la compraventa de ocio, descanso, placer, diversión. He aquí la cuestión: ¿todo en este mercado ha de estar condicionado, más bien sometido, a la mera ley de compraventa?; ¿también, pongamos por caso, la dignidad humana, que se pone en juego en no pocos momentos de la vida de este mercado?; ¿es suficiente que exista demanda de algo para que inmediatamente se cubra con su oferta?...

Cuánto habríamos avanzado en humanidad, si un empresario de turismo llegara a decir a un cliente: "mira, tú eres dueño de tu vida, pero aunque me lo pidas, considero que esto no es digno de ti, va en contra de tu dignidad... y de la mía; aunque pierda algo de beneficio, quiero estar en paz con mi conciencia". E igualmente a la hora de contratos laborales, transacciones de todo tipo, servicios, etc.

Me contaron que un gran cocinero, distinguido por su exquisita sensibilidad hacia la buena cocina, hizo esto mismo con un cliente: "¡me niego a servirle eso que me pide!, ¡sería un atentado contra el buen gusto y contra el arte culinario!". Todos, incluido el cliente, alabaron su profesionalidad.

Cuando lo que está en juego es algo más, ¿porqué nos cuesta tanto hacerlo?. ¿No es prestar el mejor servicio mirar por la dignidad del otro?-¿no es mayor la satisfacción cuando se comprueba que quienes han disfrutado de nuestra "oferta" se despiden con la sensación de que se les ha tratado como personas humanas, que han gozado de un descanso realmente reparador, que se ha "mirado por ellos"?

Seguimos convencidos de que "el humanismo también es rentable". Algunos pensamos que es lo único verdaderamente rentable.

 

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