Agustín Cortés Soriano - El precio humano

 

Ibiza, 2000

 

Bienvenida sea la temporada alta del movimiento turístico en nuestras islas. Ella, por cuanto constituye el momento álgido de nuestra actividad económica, está permitiendo que disfrutemos de una de las rentas per cápita más elevadas de España y que nuestra tasa de paro sea cuatro veces menor que la media nacional.

No es hoy, sin embargo, ninguna novedad que por estos beneficios estemos pagando un precio muy alto. Y, lo que es peor, que vayamos pagando sin apenas notarlo, poco a poco, pero inexorablemente, como en las compras a plazos. Así, no han faltado voces que denunciaran la paulatina desaparición de la cultura autóctona, la degradación del entorno natural, y hasta la amenaza de pérdida de la identidad como pueblo, a causa de un progreso económico incontrolado.

Ésta es una factura real que se nos pasa. Pero deseo aquí convertirme en portavoz de quienes han captado el problema en un ámbito, si se quiere, más profundo y grave. Sin apenas advertirlo, estamos pagando con la persona humana misma, es decir, con la dignidad de nuestras vidas en lo que tienen de verdaderamente humanas.

No creo que esté exagerando. Hace aproximadamente un mes los Obispos de la Conferencia Episcopal Española publicamos una nota de prensa acerca de la seguridad en el trabajo. Si otros grupos sociales se pronunciaron en tono sólo reivindicativo frente al poder económico o político, a los obispos nos preocupaba, además, la persona humana en sí y la responsabilidad compartida en el problema. Esta forma de ver la cuestión permite captar su gravedad y amplitud real. Así, no se trata sólo de "los accidentes laborales en el sentido físico", sino también de la degradación psicológica y hasta humana y espiritual del trabajador; y no se habla sólo de su problema personal, sino también de los problemas que genera en su entorno familiar y social; y no se denunciará sólo la situación del que está sometido a grave riesgo a consecuencia de un contrato abusivo por parte del contratante (que generalmente es el más beneficiado), sino también del que acepta, por ganar más, ese contrato; y no sólo nos referiremos al trabajador por cuenta ajena, sino también al autónomo, que obsesionado por el máximo beneficio, vive deshumanizándose.

Desde una mentalidad cristiana resulta muy preocupante ver que aquello que recibió la persona humana para su autorrealización y ejercicio de su capacidad creadora, como es el trabajo, venga a resultar causa de su degradación. Los bolsillos irán llenándose estos meses de temporada alta. ¿Qué ocurrirá con las personas? ¿Qué será de nuestras familias? ¿En qué quedarán las relaciones personales y comunitarias? Las estadísticas constatarán, una vez más, un incremento de los índices de progreso económico: ¿se podrá decir lo mismo de los índices de humanización y felicidad real?

 

Agustín Cortés Soriano...

La raíz del mal es el culto al becerro de oro...