Pedro A. Echarte - Hace 250 años

 

(Ultima Hora Ibiza - Artículo Nº : 133 - Fecha de publicación : 28-07-2000)

 

Martes 28 de julio, año del Señor de 1750: a las nueve y cuarto de la noche, en su casa de Leipzig y rodeado de los suyos, se apaga suavemente la vida del «Kantor» de la Tomasschule Johann Sebastian Bach, quien había nacido en Eisenach sesenta y cinco años antes y que a pocos días del fin, ya completamente ciego, había dictado a su yerno Atnikol su postrera instancia a la hora del balance: el coral para órgano "Comparezco aquí ante Tu Trono".

Un cuarto de milenio hoy de esa fecha en que un hombre pacífico y humilde pero voluntarioso dejó este mundo y que su obra inmensa comenzó a elevarse sin cesar en el Olimpo de las grandes creaciones del espíritu humano hasta ocupar el más alto sitial en la historia del arte musical. Hemos necesitado esos 250 años para obtener una valoración sobre el conjunto de esa obra.

En los siglos que precedieron al XIX, cuando cambiaban las modas las obras de los maestros pretéritos se sumían en un olvido que podía considerarse definitivo; aunque los compositores estudiaron con veneración "El clave bien temperado" como la más alta escuela de recursos compositivos, el grueso de la obra bachiana apenas si era parcialmente conocido por contados musicólogos. La historiografía romántica operó una lenta recuperación de su legado, y la era discográfica difundió poco a poco su imagen sonora. Con casi unánime juicio los grandes creadores que le han sucedido han reconocido en él al más grande «maestro», al «Vater» (padre).

En este final de milenio su obra se nos aparece como el centro mismo de la historia musical de occidente, como un océano en el que desembocan las corrientes venidas de los siglos precedentes y como la primigenia fuente de los divergentes ríos que llegan hasta el presente. Para decirlo en una frase: todos los caminos de la música conducen a J.S. Bach. Fue ciertamente un hombre y un artista de su tiempo, y como tal se inscribe dentro del «barroco musical», especialmente si consideramos sus cantatas y pasiones, culminación de la gran tradición musical luterana, que había ya alcanzado una cumbre en Heinrich Schütz y altísimos niveles en Buxtehude, Böhm, Pachelbel y otros. Pero otra parte de su «corpus» se sitúa más adecuadamente, según la formulación medieval de Boecio, como un «speculum» del intemporal orden cósmico. Junto a Homero, al Alighieri, a Michelangelo y a otros pocos, J.S. Bach es una voz de nuestro mundo espiritual que nos recuerda que somos copartícipes en esa gesta en la que las estrellas mismas arden, brillan y se apagan como fugaces bengalas, pero el principio creador permanece, eterno e inmutable.

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