Pedro A. Echarte - Domra y piano

 

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Ultima Hora Ibiza - Artículo Nº 155 - Publicado el 28-10-2000

 

Dómbra, dombra o domra es el nombre de un ancestral instrumento de algunos pueblos de Asia Central del tipo del laúd, con pequeña caja armónica y sólo tres cuerdas; documentado ya hacia el siglo X es aún hoy muy popular en Kazakistán y entre los uzbekos, que acompañan con él sus cantos épicos. Se piensa que la conocida balalaika rusa derivó hacia el siglo XVIII de la antigua domra, que a su vez evolucionó desde su origen pastoril, dotándose de cuerdas metálicas y participando en la música refinada.

Este es el instrumento que pudimos escuchar el jueves 26 en Cas Serres en manos del virtuoso ruso Mijail Savchenko, quien fue acompañado por el pianista alemán Lothar Freund.

El programa, que se abrió con la Sonata op.5 n°12, «La Follia» de Corelli (original para violín y continuo), estuvo dominado por compositores rusos: de Borodin tuvimos las célebres "Danzas polovtsianas" de "El príncipe Igor" y de Shostakovich el movimiento final del Concierto para violín y orquesta n° l, op.77; una "Romanza" de manido sentimentalismo de Sviridov y dos piezas de inspiración folklórica de Alexander Zigankov nos mostraron la faceta más conservadora y académica de la música soviética. Tuvimos además un arreglo de Igor Frolov de temas de "Porgy and Bess" de Gershwin y la "Fantasía" sobre «Carmen» de Pablo de Sarasate.

Cualquier juicio sobre la calidad de ejecución de un instrumento que uno escucha por primera vez es evidentemente aventurado, al carecer de referencias comparativas. Tuve la impresión de que Savchenko era un acabado virtuoso de su instrumento, pero lo que puedo afirmar sin duda es que su musicalidad no queda a la zaga de su virtuosismo. Verdaderamente sorprendente la amplitud y el refinamiento dinámico de que es capaz y la variedad tímbrica que sabe extraer de un instrumento «a priori» de tan limitados recursos. El tipo de ejecución y el efecto sonoro general de la domra semeja a los de la mandolina, con mucho «trémolo» y sonoridad incisiva y seca. Si en Corelli (tamizado por el arreglo de Fritz Kreisler) no logré aún encajar esa particular sonoridad en una obra que he frecuentado en la pura tradición barroca, ya en Borodin fui ganado por el entusiasmo: las danzas de la corte del príncipe Igor pudieron «realmente» sonar en un tal instrumento con más probabilidad que sobre la gran orquesta operística, sin ninguna duda. Pero el mismo poder de convicción emanó de los temas de Gershwin o de Bizet-Sarasate.

El pianista, a tapa cerrada, acompañó con gran tino y acierto; el equilibrio y el ajuste entre ambos instrumentistas no dejó nada que desear. Como bises tuvimos "Carnaval de Venecia" de Paganini y "Kalinka" de Gorovskaya.

Un recital bello y diferente. El programa de mano presentaba más errores de lo que ya viene siendo habitual.

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