Pedro A. Echarte - Aguilera en una pajarera

 

Ultima Hora Ibiza - Artículo Nº : 212 - Fecha de publicación : 30-06-2001

 

Otro año más tendremos este verano un ciclo estival de conciertos "a la fresca" organizado por la "Asociación de Amigos del Museo Arqueológico de Ibiza" que en su mayoría serán realizados en el patio interior del Museo, excepción hecha claro está de un par de conciertos de órgano cuyo escenario será la Catedral. Justamente fue uno de éstos el encargado de inaugurar el ciclo con un monográfico dedicado al gran organista y compositor zaragozano Sebastián Aguilera de Heredia, una de las luminarias del órgano hispánico y uno de los compositores más interesantes del momento de transición entre el Renacimiento y el Barroco.


Aguilera de Heredia, nacido presumiblemente en Zaragoza hacia 1565, fue el fundador de la importante escuela organística aragonesa y solo compuso música sacra vocal y para órgano; entre lo históricamente más significativo de su producción se cuentan las piezas para "medio registro", técnica que se corresponde con las características de los instrumentos barrocos españoles. Aguilera murió en Zaragoza el 16 de diciembre de 1627.


Fue nuestro bien conocido Adolfo Villalonga quien tuvo a su cargo este concierto como organista, que no es ciertamente la menos interesante entre sus múltiples actividades; además Villalonga se dedica con preferencia al repertorio barroco español y Aguilera es su compositor más dilecto, todo lo cual parecía garantir un estupendo nivel musical e interpretativo. Pero ya en su breve presentación de las obras anunció que para esta ocasión había preparado una "sorpresa"...y bien, no creo poder decir que su "sorpresa" me haya parecido una idea feliz. Desde el comienzo del recital, que se abrió como es ya habitual en los programas organísticos de Villalonga con una improvisación (práctica que entronca con las más puras tradiciones del instrumento), comenzamos a escuchar unos "efectos especiales" consistente en una grabación de gorjeos y trinos canoros con otros indefinibles ruiditos como de gotas cayendo en un recipiente con líquido y otros variopintos sonidos... y esto siguió acompañando, a un nivel de sonoridad nada despreciable, todas las piezas del programa.


Debo decir que por momentos los sonidos de este "complemento" contrariaban la andadura rítmica de las piezas y convertían la atenta audición en un ejercicio de concentración que impedía la natural apreciación de la música. ¿Qué pretendía Villalonga con esta ocurrencia? Es algo que se me escapa. Ante los aplausos del escaso público nos ofreció como bis una obra de Pablo Bruna, que fue la única de que realmente gocé, pues al fin había cesado de creer que me encontraba dentro de una pajarera.

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