Pedro A. Echarte - ¿Sinfónica?

 

Ultima Hora Ibiza - Artículo Nº : 441 - Fecha de publicación : 12-10-04

 

La gran expectativa que siempre ha suscitado en Ibiza la cita anual con la Sinfónica “Ciutat de Palma” se vio este año de antemano mitigada entre los buenos melómanos y los músicos pitiusos al haber comprobado por el programa que solo vendría su sección de cuerdas. Este año no necesitamos llegar media hora antes para poder encontrar un lugar donde sentarnos y aunque hubo lleno no hubo ese multitudinario desbordamiento de público, acomodado en todas las capillas y rincones del recinto, que caracterizó al evento en los últimos años. Justo es decir que la cuerda vino al completo y que actuaron en suma más instrumentistas este año que en los pasados.

Esta “orquesta de cuerdas” fue dirigida desde su atril por el violinista rumano-israelí Gil Sharon y nos presentó un estupendo programa de obras originales. Al celebrado "Adagio para cuerdas" Op. 11 del americano Samuel Barber (obra de 1936) siguió el plato fuerte del concierto: el "Divertimento" Sz 113 que el director suizo Paul Sacher encargó en 1939 a Béla Bartók y que el compositor húngaro compuso en la misma casa de Sacher en aquel verano en que toda Europa preparaba ya las armas. En la segunda parte tuvimos "Crisantemi", una pieza para quinteto de cuerdas que Giacomo Puccini compuso en 1890, antes de sus primeros triunfo como operista, y la "Serenata en do mayor" Op. 48 (1880), en cuatro movimientos, del ruso Piotr I. Chaikovsky.

Escuchar a una orquesta de cuerdas de cuarenta excelentes músicos fue en verdad una experiencia nueva en nuestra isla y los más exigentes melómanos quedaron entusiasmados por el suntuoso sonido de esa formación perfectamente coordinada, con unos golpes de arcos tan ajustados que sonaba como si fuera un quinteto, con una gradación dinámica sutil y refinada, con una plenitud sonora que se adaptó maravillosamente a las características acústicas del Convent.

Si la neo-romántica pieza de Barber, para mí de escasa originalidad, me pareció muy bien interpretada, el entusiasmo llegó con la espléndida traducción de la realmente difícil y soberbia obra de Bartók; en el "Molto adagio" central se puso acertadamente en relieve esa atmósfera entre misteriosa y desesperanzada que tiñe algunas de las últimas creaciones bartokianas, mientras que el movimiento final posibilitó un virtuosístico despliegue instrumental que desentrañó los complejos ritmos y la riqueza tímbrica propia de la maravillosa escritura para cuerdas del húngaro; en este movimiento final hubo también algún solo de violín que Sharon resolvió con mano maestra. "Crisantemi" no presentó dificultad alguna ni técnica ni interpretativa, pero en la obra de Chaikovsky pudimos nuevamente apreciar el gran nivel de la formación. Un estupendo concierto.

Un integrante de la orquesta, frente a nuestro legítimo deseo de escuchar aquí a la sinfónica completa, me recordó nuestra asignatura pendiente: ¿Para cuándo un auditorio?

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