Josep Maria Albaigès i Olivart - Eurolandia la pacífica

 

Juan Manuel Grijalvo dice en un artículo de [O-66] una frase sin desperdicio: “Antes, un dólar valía un dólar porque en Fort Knox había oro. Ahora un dólar vale un dólar porque la Sexta Flota dice que vale un dólar”. Me gustaría comentarla un poco despacio.

Yo intercalaría otra afirmación entre las dos anteriores: un dólar valía y vale un dólar porque la gente desea dólares. Estados Unidos puede permitirse tener un déficit exterior crónico y permanente porque la gente desea los papelitos verdes que produce. ¿Y por qué todo el mundo los desea, mientras que si intentamos pagar algo con pesetas fuera de España todo el mundo se echa a reír? Sencillamente porque la gente confía en que los dólares con que se les paga su trabajo o su producto van a ser aceptados sin discusión por el vendedor de quien ellos deseen algo. En una palabra: existe confianza en el dólar.

El valor de algo siempre ha estado basado en la confianza. Incluso en los tiempos en que en Fort Knox había oro. Hoy también lo hay, y si Nixon tomó en 1971 la histórica decisión de dejar de responder con oro a lo que llevaban impresos sus billetes es porque otros, que mucho antes habían hecho lo mismo, se estaban dedicando a acaparar dólares y vaciar lentamente con ellos Fort Knox. De Gaulle, tan aficionado a su política de grandeur, había sido el iniciador de esa moda.

Desde luego Estados Unidos pasaban a incumplir en 1971 un acuerdo vigente desde Bretton Woods, antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero es justo reconocer que a aquellas alturas del siglo XX seguían ellos siendo los únicos “primos” dispuestos a respaldar con oro su papel moneda. Nadie puede arrojarles la primera piedra.

Pero, en definitiva, tras el histórico acuerdo nixoniano el dólar siguió siendo tan solicitado como antes. El respaldo del papel moneda con oro era una antigualla. Durante unos años pudo mantenerse ese irreal balance entre deudores y acreedores de los créditos del papel moneda mediante los DEG (Derechos Especiales de Giro) o la compensación de créditos swap, pero salta a la vista que todo el oro del mundo no basta hoy para cubrir una mínima parte del “valor” del papel moneda esparcido a lo largo y ancho del planeta.

¿Qué es lo que mantiene este “valor”? Obviamente, la confianza. Cuando yo pago a alguien con un billete de banco no estoy haciendo más que transferir a su favor una parte de la deuda que conmigo tiene contraída el Banco de España. Si él acepta mi billete, es porque confía en que podrá cambiarlo por otra deuda, pero no precisamente porque crea que el Banco de España va a responder de todas ellas. Está convencido de que nunca (o al menos en mucho tiempo) llegará a producirse una situación en que a la gente se le ocurra reclamarlas masivamente. Dicho en plata: no confía en el Banco de España, sino en la economía española.

La situación es similar a la creencia de los antiguos de que la Tierra reposaba en las espaldas de Atlas, éste en una isla y ésta en el mar. ¿Dónde el mar? La respuesta inesperada fue que la Tierra era redonda y se sostenía a sí misma. Y así ocurre también con un sistema monetario: no descansa hoy en ninguna “isla” final (el Banco de España), sino en el conjunto de toda la vida económica y transaccional.

Aprehendida esta idea, podemos regresar a la Sexta Flota. ¿Tiene ésta que ver con la confianza que el mundo siente por los USA? Desde luego que sí. Aparte de ser la economía más sólida mundialmente, USA está en condiciones de imponer por la fuerza sus criterios cuando hace falta. Y la fuerza es importante en el sistema de relaciones internacionales, porque es el último recurso.

Podemos convencernos de la veracidad de lo dicho si comparamos USA con otras dos potencias de economía igualmente sólida: Europa y Japón. Unos y otros han encontrado cómodo confiar durante años y años en el paraguas atómico para guardarse de la amenaza comunista, y así se han ahorrado de paso un montón de recursos en soldados y armamento. Pero el precio a largo plazo ha estado claro: en el mundo no cuentan, al menos no cuentan en una proporción a lo que correspondería por el volumen y la vitalidad de sus economías.

La crisis petrolífera de 1973 es la prueba más contundente de que se dispone hasta el momento para avalar cuanto decimos. Como ésta no afectaba a USA, esta potencia decidió “permitirla”, como dicisiete años atrás había permitido la emancipación del canal de Suez. Y el combinado Europa-Japón en 1973, como Francia-Inglaterra en 1956, tuvieron que pasar por el estrecho aro de ver sus economías paralizadas y sintieron el pánico de verse a merced de los países de la OPEP.

Fue una saludable lección, pero no sirvió para escarmentar. Europa y Japón siguen prefiriendo no cargar sus economías para mantener un ejército poderosísimo en marcha, y el resultado es su poca presencia mundial. ¿Quién se acuerda ya de los “cuatro grandes” (USA-URSS-Inglaterra-Francia), cuyas reuniones decidían la política mundial en los años cincuenta? Desde la época de Kossigin quedaron reducidos a dos, y hoy es sólo uno.

Porque el caso de la antigua URSS es también interesante, y en cierta forma inverso al de Europa: en este caso se trataba de un ejército sin economía, y esto tampoco podía subsistir. Las humillaciones por las que ha tenido que pasar la antigua superpotencia no son menores que las de los países sin petróleo: la reciente desintegración de la URSS ahorra todo comentario. Y si la cosa no estaba todavía bien clara, ahí ha estado Yugoslavia.

Resumamos el caso europeo. La experiencia diaria demuestra que si un estado no puede sostener sus actuaciones mediante el respaldo de una fuerza importante, ese estado no es respetado. Confiar en que el gendarme universal va a resolver nuestros problemas con el moro vecino es como creer que el político de turno pondrá mis intereses por delante de sus elecciones o su trasiego de cargos. Es decir, que el euro ha bajado y seguirá bajando. Esa similitud y aun ligera superioridad con el dólar, buscada por los europeos al definir la moneda, se ha esfumado ya... y la caída no ha terminado.

Quizás en el fondo esta aversión de Europa por la guerra no es más que el reflejo de la comodidad de sus ciudadanos, que prefieren no exponer sus preciosas vidas en defender lo que es suyo, y prefieren crear toda una filosofía de “la-guerra-es-algo-que pertenece-al-pasado”, cerrando los ojos ante unos vecinos codiciosos y/o confiando ingenuamente en un Supermán que va a defenderlos altruistamente. Esa experiencia ya la vivieron los franceses en los años 30, y despertaron de ella el 14 de junio de 1941, cuando los tanques alemanes desfilaban por París.

Por fin, tras la experiencia kosovar, parece que Europa se ha dado cuenta de su debilidad como potencia, y va a repararla mediante el establecimiento de una PESC (Política Exterior y de Seguridad Común). En todo caso, por el momento sus presupuestos para la defensa apenas llegan al 2 %, mientras que en USA pasan del 3,2. Y no va a ser todo tan sencillo como subir nuestra cifra al nivel americano: la modernización de nuestros obsoletos equipos de guerra, puesta en evidencia en la reciente guerra, llevará décadas.

Junio 1999

Omnia 67

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