Juan Manuel Grijalvo - Eurocalculadora

 

 

(Ultima Hora, FDS, 28 de diciembre de 2001 y 4 de enero de 2002)

 

Todo cambio genera inseguridad. Oficialmente, la peseta desapareció hace tres años, cuando entró en vigor la paridad fija entre las divisas de Eurolandia. De hecho, los ciudadanos no han percibido bien ese cambio porque han seguido en circulación los signos monetarios. Dentro de cuatro días empieza el cambio físico del efectivo. De pronto nos encontramos ante el vértigo de que la única moneda que ha usado durante toda su vida la mayor parte de la población hace mutis por el foro. Será sustituida por unos billetes de diseño sobrio y funcional, y por unas monedas desconocidas. Yo creo que en un par de meses estaremos todos operando sin mayor problema, porque la cantidad de papel y calderilla que pagaremos por las cosas será bastante similar. Y tiraremos de tarjeta aún más que ahora. Pero todavía hay quien pregunta si los euros con la efigie de don Juan Carlos servirán para comprar el periódico en Francia. O viceversa.

La terapia pavloviana es refugiarse en lo familiar. La inseguridad se calma convirtiendo los precios en "moneda extranjera" a "lo nuestro". Muchas personas se proveen de unos artilugios llamados eurocalculadoras. Vaya usted a saber por qué, si en realidad son "pesetacalculadoras". Una unidad monetaria que lleva tres años muerta seguirá viviendo en el inconsciente colectivo, como símbolo de estabilidad.

Y aquí ya se queda uno perplejo. Si algo le ha faltado a la peseta ha sido precisamente eso, estabilidad. Recuerdo perfectamente haber pagado los billetes de autobús con monedas de cinco y diez céntimos, las famosas perras chicas y gordas. No sólo eran de curso legal, sino totalmente imprescindibles. El viaje costaba veinte céntimos. Si pagaba usted con una moneda de dos reales, o sea cincuenta céntimos, el cobrador le tenía que devolver el cambio en perras.

Hace años que los economistas inventaron las "pesetas constantes", una unidad de cuenta ficticia que se revaluaba cada año para corregir la inflación. Era la única manera de hacer comparaciones en series temporales largas con una moneda que no tenía un valor fijo. No servía para gran cosa fuera de las fronteras del país, porque el gobierno de turno la devaluaba un ocho por ciento y aquí no ha pasado nada.

¿Y usted sabe qué eran los reales? Pues verá, se trata de una unidad monetaria que existía antes que la peseta. Cuando hubo el procedente cambio físico, dieron una por cada cuatro reales. El real sobrevivió sin soporte material de ningún tipo hasta la retirada de las monedas de aluminio de a cincuenta céntimos, mientras quedó quien convertía los precios en pesetas a reales... como símbolo de estabilidad. Y lo mismo puede decirse de los que cuentan en duros.

Por todo eso soy tan poco partidario de la "pesetacalculadora". Cuanto antes se haya olvidado usted de los duros, y de los reales, mejor. El euro no es una especie de huésped. Ha venido a quedarse. Vale más que nos acostumbremos a verlo como uno más de la familia. Y como los céntimos aún no se habían ido, nos servirán de mucho para manejarnos en la vida diaria.

Dicho esto, no aventuraré un pronóstico sobre lo que pasará el año que viene. Los seres humanos son mucho más conservadores de lo que se pudiera creer. Hay un ejemplo bastante claro. En España, el dinero se llama dinero. En muchos países árabes, la moneda nacional se llama "dinar". Pues verá usted, nuestro dinero y los dinares que circulan desde Argelia hasta Kuwait, pasando por Andorra y Yugoslavia, son en realidad "denarios": la moneda del Imperio Romano. Y el dinero de Arabia Saudí se llama "riyal". ¿A qué le recuerda usted ese nombre? Tal vez a... nuestros extintos reales. Hace mil años el Mediterráneo no era una frontera, sino una carretera. Vale más que nos acostumbremos otra vez a verlo así. Muchos de nuestros problemas vienen de este nefasto cambio de perspectiva.

Volviendo a los reales, me temo que seguiremos oyendo que Fulano no tiene ni una peseta para comprar jabón, que Mengano tiene muchos duros y que la finca de Zutano vale muchos millones. Todo eso quedará en nuestro vocabulario bastante tiempo todavía. Si el euro llega a criar solera, también habrá frases hechas que empleen la palabra.

Pero tampoco me atrevo a formular un pronóstico sobre eso. La unión monetaria europea, con ser un gran paso, no deja de ser algo comparativamente pequeño. Se hace para facilitar el comercio entre trescientos millones de personas, en un planeta en el que viven seis mil millones...

Muchas razones aconsejaron eliminar las divisas de Eurolandia, y con ellas la inestabilidad inherente a la flotación libre de alguna de ellas respecto a las demás. Las mismas razones favorecen el acuerdo con el resto de emisores de signos monetarios. Fomentar la estabilidad de cambios tal vez nos lleve a una moneda única en todo el mundo. Si ve usted que el Banco Central Europeo se pone de acuerdo con la Reserva Federal para limitar las oscilaciones del euro respecto al dólar... Bueno, el tiempo lo dirá.

Mientras tanto, proliferan las eurocalculadoras. Cada una lleva dentro su correspondiente pila plana, metida en un hueco cerrado con unos tornillitos. Cuando se acabe, me pregunto si los usuarios la reemplazarán para seguir usando el aparato, o si lo tirarán todo junto a la basura, sin molestarse en sacarla. Ya sabe usted que el mercurio que contienen es sumamente tóxico si se dispersa en el ambiente. Téngalo en cuenta si decide emplear uno de esos chismes. Y si puede pasar sin ello, mejor aún.

juan_manuel@grijalvo.com

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