Juan Manuel Grijalvo - Extranjeros en Eivissa

En memoria de Nathalie Kotowski

(Ultima Hora, 3 de mayo de 2003)

 

En Eivissa hay cada vez más residentes extranjeros. Son el dragón dormido de la política local. Si formasen una sola agrupación de electores, obtendrían con gran facilidad suficientes votos y escaños para ser la famosa bisagra, con todo lo que eso implica en términos de cuota de poder. Pero la situación me hace pensar en "Su fe en las ciencias", una de las "Historias de cronopios y de famas" que nos dejó Julio Cortázar para que no nos tomemos este mundo en serio. Es la de aquella esperanza que creía en los tipos fisonómicos. La moraleja es que agrupar a los extranjeros de Eivissa es como hacer un rebaño de gatos. Hablan cientos de lenguas, provienen de miles de lugares, y tienen millones de ideas. Y muchos de los que han escogido Eivissa para vivir ya eran tipos brillantes, originales, artísticos, excéntricos o directamente raros en sus respectivos países de origen.

Sin entrar en el detalle de las situaciones materiales, familiares y laborales, que influyen - y mucho - en las ideas de las personas, he intentado una clasificación... De antemano digo que la empresa tiene tantas probabilidades de éxito como la de nuestra amiga la esperanza.

Es poco práctico formar grupos o colectivos usando esas etiquetas arbitrarias que constan en los pasaportes. Hay personas con una lengua materna, una mentalidad y una formación que tienen poco o nada que ver con ese documento que han tramitado como "bandera de conveniencia" para salir de su país natal. Esto lleva a situaciones un tantico kafkianas, como la idea, muy en boga en Argentina, de conseguir un pasaporte polaco, para ponerse en la trayectoria de la "onda expansiva" de la Unión Europea... sin saber una palabra de polaco. Por la misma razón, un pasaporte rumano también puede ser útil en el futuro.

Dicho esto, he pensado un poco en las circunstancias que afectan a los extranjeros en España y en Eivissa. La más importante, con mucha diferencia, es la distinción entre los "Ciudadanos Comunitarios" y los "Definitivamente Otros". Pero hay varias categorías que también cabe considerar. Sigue una parte de las que se me han ocurrido:

- Los que tienen empleo fijo y los que no.
- Los que tienen consulado y los que no.
- Los que comparten una religión y los que no.
- Los que proceden de países donde se respetan los derechos humanos y los que no.
- Los que proceden de antiguas colonias españolas y los que no.
- Los que hablan castellano y los que no.
- Los que quieren hablar castellano y los que no.
- Los que aceptan la lengua catalana y los que no.
- Los que quieren quedarse a vivir aquí y los que no.

Y una que destaca mucho sobre las otras:

- Los que tienen dinero y los que no.

He pensado otro poco y he llegado a la conclusión de que lo único que comparten todos los extranjeros en Eivissa es una cierta fobia contra las administraciones en general. Todos, sin excepción, le contarán una o varias historietas sobre tal o cual organismo. De manera que a los hispanófonos les ha quedado un agravio, a los alemanes y suizos germanófonos un "Groll", a los andorranos un "greuge", a los franceses, valones y suizos francófonos un "tort", a los holandeses un "aangedaan onrecht", a los ingleses y otros anglófonos un "grudge" o "grievance", a los italianos y suizos italófonos un "oltraggio", etcétera... Por cierto, si puede usted escribirme en letras latinas la traducción del concepto a otro idioma, le ruego que me la envíe. Me servirá para ir actualizando la versión en Internet de este artículo.

Por todo lo dicho, los puntos programáticos de esa nebulosa agrupación de electores habrían de reducirse a unos mínimos muy mínimos. De entrada, sería cosa de reivindicar que las administraciones se vayan volviendo tan políglotas como los administrados. En el Instituto Xarc de Santa Eulàlia hay alumnos de veinticuatro nacionalidades diferentes. Eso no es una simple anécdota. Es la punta del iceberg de un cambio que encuentra a las instituciones en... en francés queda mucho más fino: en "déshabillé".

Probablemente, el mejor candidato para representar a todos esos colectivos sea un ciudadano español de origen. O una ciudadana, para el caso. Un extranjero, o un español de origen extranjero, se enfrentaría a la sospecha de arrimar el ascua a su sardina y favorecer a sus paisanos. Por lo tanto, es mejor que no tenga sardina. También sería útil que hable varias lenguas; por ejemplo, alemán, árabe y chino. Y la condición "sine qua non" es que esté dispuesto o dispuesta a complicarse muuucho la vida. Por suerte, todo eso me excluye a mí, porque soy de origen extranjero, porque no hablo esos idiomas y porque no tengo vocación de político.

Otro día, si usted quiere, podemos darle unas cuantas vueltas más al asunto. No hay prisa... Nos durará toda la vida.

juan_manuel@grijalvo.com

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