Fernando Lázaro Carreter  -  Prólogo a los bandos de D. Enrique Tierno Galván

 

De la Real Academia Española

 

Casi treinta años de amistad me unen con Enrique Tierno. Y muchos, difíciles para él, de frecuentación intensa y largas horas de charla. Anduve, incluso, por la Asociación Funcionalista Europea  —si no me engaño, fui Vicepresidente—,  primer puertecillo de la que sería su brillante navegación, hasta que decidí renunciar al embarque político.

Si aludo a esto es sólo para justificar por qué no experimento la sorpresa que, a tantos, ha ido causando la publicación, progresivamente audaz, en la forma, de estos bandos. Pero no sólo por ella, sino también por su sentido, de tan apremiante invitación a la convivencia educada, que no les encaja en su estereotipo de "Alcalde socialista". Para comprender esto último, basta pensar que el civismo no es patrimonio de ningún partido; y, sobre todo, hay que conocer a Enrique Tierno. No sé de nadie que le exceda en buena crianza y urbanidad. Tan firme es en ellas como en sus ideas (aunque obviamente, no susciten idéntico entusiasmo en todos). De cómo consigue ser, a la vez, ceremonioso e inquebrantable, gentil y radical, sólo él tiene el secreto. Aunque; en parte, lo muestra; consiste en una renuncia sistemática a la acritud, en una apelación al humor para conjurar lo superfluamente agresivo, en un respeto formal, de incalculable cortesía, al antípoda. Y, claro, en un elegante escepticismo como fondo del cuadro.

El contenido de los bandos aquí reunidos es homogéneo: exhortan todos a las buenas maneras ciudadanas. Nuestro Alcalde ama a Madrid, y desearía verlo aseado y confortable. Querría que los visitantes se hicieran lenguas para alabar la pulcritud de calles, plazas y viviendas, la apacibilidad de sus moradores y el tranquilo fluir de su tráfico. Pero como no todos los vecinos son gratos, y ensucian, gritan y obstruyen, el Alcalde, sin enfadarse  —para tener más razón—,  amonesta, aconseja e intenta convencer a díscolos y renuentes. Hay algo humildemente paternal en sus pregones, muy propio del soma y del alma de Tierno, tan útil cuando ha de pastorearse un rebaño de ciudadanos reyes. No enfunda mano de hierro en guante suave  —la forma más insidiosa de mandar—,  sino que adelanta, a la mano sancionadora, palabras, reflexiones y avisos de buen convivir. (Después   —no sería autoridad si no ocurriera—  funcionan las trituradoras reglamentarias, muchas de las cuales, estoy seguro, le enojan.) "Advierte también esta Alcaldía Presidencia a los vecinos, con suma severidad no exenta de amor, que se esmeren..." He aquí, en un bando, un fragmento de psicograma muy nítido. Como éste: "Aunque es notorio y de común conocimiento que los vecinos de esta Villa suelen hacer oídos de mercader a las advertencias y admoniciones del Alcalde..." Cariño, severidad y una falta notable de confianza, armonizados por una ironía bienhumorada, forman la sustancia de estos bandos promulgados por un ilustrado de hoy.

No se entenderá, en efecto, el sentido de las premáticas, si no se comprende lo que aún perdura de la Ilustración en nuestro Alcalde: de fe en la bondad natural del hombre, de seguridad en el poder domador de la cultura, de certeza en que un pueblo limpio y nutrido y enseñado, será por fuerza un pueblo bueno. De que el palo y tente tieso del Antiguo Régimen, ha de trocarse en pan, jabón y libro. Gobernado todo, claro es, por la omnipotente razón. Pero tampoco se entenderán estos textos si se desconocen la acuidad volteriana de Tierno, su realismo escéptico y su afilado sentido del humor, que equilibran aquellas convicciones, y las atemperan.

El ilustrado le sale en estos bandos docentes, amablemente didácticos, hasta en el estilo. Hubo varones dieciochescos, aguerridos reformadores, que propugnaron, sin embargo, un casticismo arcaizante en la expresión. Así, Luzán lo consideraba virtud; Iriarte recomendaba venerar los usos antiguos; y a Forner lo acusaban de "chochear con ancianas frases". Se llamó magueristas, por burla, a estos supuestos partidarios del maguer frente al aunque. Tierno, por supuesto, no milita en esta tropa, porque ha llovido mucho desde entonces; pero un delgado vínculo lo junta a ella: bastante para verlo como ilustrado del presente siglo.

Además, su bondadosa ironía  —que ni a él mismo excluye—  hace descartar cualquier próposito que no sea el de acercarse llana y jovialmente a los indoctos, mientras hace un guiño amistoso a prudentes y letrados. Al que hay que unir otro, fundamental: el de poner en solfa la pedantería de tecnócratas e idiomicidas. Esta finalidad es explícita cuando, por ejemplo, reniega el Alcalde del bobo adjetivo peatonal, que se coló "en tiempos de incuria y atrevimiento" (protesté públicamente, querido Enrique, al usarlo el Concejo de entonces, en 1976; con el éxito que se ve). O cuando, para que aprendan los importadores fraudulentos, se devana los sesos buscando inútilmente "en nuestro natural castellano" un sustituto ventajoso de turista.

Muchos que hacen aspavientos ante esta prosa del regidor de Madrid, tendrían que leer entre líneas su burla contra ellos. Porque esos vocablos y giros castizos les sorprenden, y no se avergüenzan de su propia locuela insolente. Ni siquiera entienden la intención. Y aún los hay que imaginan a Tierno arcaizando de natura, y no por puro deporte de un ánimo muy cultivado, que, en estos tiempos recios, y en medio de preocupaciones hondas, no confía su voz pública a un escriba por oposición, sino que toma la pluma, y, mientras mezcla pueblo vivo y prosa ilustre muerta, ejercita el humor e invita a distender el ceño.

Se ha dicho  —un francés, claro, y de derechas—  que el buen uso idiomático también contribuye a la calidad de la vida. Aún no es un postulado ecologista, pero tendrá que serlo. Enrique Tierno hace lo que puede, combinando travesura y gravedad, para persuadir a los vecinos de la Villa Coronada. Nos exhorta con inteligentes "pastiches", por donde corren líneas del español imperial, del de las Luces, del de las proclamas ochocentistas, con palabras castizas, y, casi siempre, aún habladas en donde aún se habla sin prevaricar. Hasta hay divertidos errores. Juega, a veces  —como al describir el fútbol—  a la gracia por la gracia. Pero quien lea mejor en su intención advertirá que nos invita, muy seriamente, a ser "buenos y benéficos", a no empañar la convivencia por nada, menos aún "por testimonios de rencor, vituperio o recordación importuna de remotos males y querellas". Y a amar nuestro idioma natural, para lo cual lo saca del arca del buen paño, y lo exhibe, de modo que, al contemplarlo, nos estremezca aún más la percalina que a tantos desvanece.

 

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