Juan Manuel Grijalvo - Ciencia e inteligencia

 

La editorial Juventud publicó en 1953 "Siete años en el Tíbet", del alpinista austríaco Heinrich Harrer. La traducción es de Maria Teresa Monguió. En 1939, Harrer estaba en Karachi, con una expedición que volvía de reconocer el Nanga Parbat. Al estallar la guerra, los ingleses lo internaron en un campo de concentración. En 1944 consiguió escaparse, tras varios intentos fallidos, y se las compuso para llegar a Lhasa con su compañero Peter Aufschnaiter. "Siete años en el Tíbet" es un testimonio único sobre la vida en el Techo del Mundo entre la Segunda Guerra Mundial y la invasión china de 1950, escrito por un occidental que sabía tibetano. En 1997 volvimos a oír hablar de esta obra, cuando Martin Scorsese y Jean-Jacques Annaud hicieron sendas películas sobre el actual Dalai Lama. Al parecer, los guiones están basados en el libro. No las he visto, y probablemente vale más que no las vea: el Tíbet no se divisa bien desde Hollywood.

El libro es interesante por muchos conceptos. Siguen dos citas:

"El joven Tsarong, dando muestras de una extraordinaria erudición, nos proporciona los últimos detalles sobre las conferencias de Potsdam, la división de Alemania y Austria en zonas de ocupación, los procesos contra los criminales de guerra y la angustiosa situación alimenticia de Europa. En sus palabras no asoma ni rastro de odio o de resentimiento, sino, al contrario, una gran bondad y un sólido buen sentido, como el que poseen únicamente los seres que, ignorando complejos y prejuicios, contemplan el desarrollo de los acontecimientos mundiales con la serenidad del sabio.

Continuamente, en el curso de la conversación, el muchacho repite una misma frase:

- Somos unos gug-pa; todos los tibetanos son unos gug-pa.

Gug-pa puede traducirse por "imbécil"; pero el verdadero sentido es más bien el de "retrógrado" o "atrasado". En boca de Tsarong, esta declaración no constituye una acusación contra sus compatriotas, ni tampoco implica que su autor desee cambiar tal estado de espíritu. Es cierto que nuestro interlocutor ha cursado sus estudios en la India y está al mismo nivel que un licenciado por cualquier universidad inglesa, americana o francesa. Es dueño de una estación de radio construida por él mismo y a la que proporciona la corriente un generador movido por un molino de viento puesto sobre el tejado de su casa; pero por nada del mundo adoptaría las costumbres europeas o americanas. Jamás trocaría su manera de vivir casi medieval por la existencia trepidante de cualquier metrópoli o de una gran ciudad. Y, sin embargo, si lo quisiera, nada más fácil para él, pues a su padre se le tiene por multimillonario".

En la segunda cita, Harrer nos habla del actual Dalai Lama, que debía tener menos de catorce años:

"A su edad se siente incapaz de asumir semejante responsabilidad y, modestamente, considera que aún tiene demasiadas cosas que aprender. De momento, no atribuye más que una relativa importancia a esas reivindicaciones. Una cosa le preocupa sobre todo: quiere saber si por sus conocimientos se halla en pie de igualdad con los escolares europeos de sus mismos años, o bien si su ignorancia le pondría en situación de inferioridad. Con absoluta franqueza, le aseguro que sus temores son injustificados. Es curioso que no sólo el Dalai Lama, sino también todos sus compatriotas, sufren un complejo de inferioridad. Sus labios repiten constantemente la misma frase: "No sabemos nada, somos demasiado estúpidos para aprender". El solo hecho de que lo digan ya demuestra lo contrario. Su único defecto es que confunden ciencia con inteligencia; para igualarnos, les falta solamente ocasión de instruirse".

Entresacaremos de estas citas algunos términos clave: erudición, bondad, buen sentido, serenidad, sabiduría, ciencia, inteligencia, instrucción. Y esbozaremos unas definiciones.

La erudición es el conocimiento libresco. Hay casos extremos, como la "rata de biblioteca" y el superespecialista, el estudioso que llega a saberlo casi todo sobre prácticamente nada. En dosis razonables, es un ingrediente necesario de la formación intelectual. Desconfíe usted de los eruditos a la violeta. En el mejor de los casos, son inútiles. En el peor, nocivos: la memoria es la inteligencia de los tontos.

La bondad es una inclinación espiritual para obrar de forma positiva según una cierta escala de valores... que resulta ser la de cada grupo social en cada momento histórico. Por poner un ejemplo un tanto crudo, dígame usted cómo calificaría lo que hace el consejero Oishi Kuranosuké, un hombre encanecido y cuidadoso, cuando decapita de un tajo al señor Asano Takumi no Kami... que acaba de abrirse el vientre de dos cuchilladas, como corresponde a un caballero que ha cometido una falta grave. La bondad es un concepto relativo en el tiempo y en el espacio.

 

http://www.117.ne.jp/~akorosi/english/ema/eigoema1.htm

 

El buen sentido funciona de un modo bastante similar. Cosas que hoy nos parecen razonables y cotidianas no lo eran tanto a finales del siglo XIX. En aquel entonces, no hubiera podido usted persuadir a nadie para que subiese en un avión. En el siglo XII, la simple mención de un vuelo por medios técnicos le habría valido una acusación de brujería. Y para colmo, ya sabe usted que el sentido común es el menos común de los sentidos. Esto es lo que hay...

En cuanto a la serenidad, Kipling nos dice en "Stalky y Compañía": "They were learning, at the expense of a fellow-countryman, the lesson of their race, which is to put away all emotion and entrap the alien at the proper time"... Estaban aprendiendo, a expensas de un compatriota, la lección de su raza, que es abstenerse de toda emoción y atrapar al extranjero en el momento adecuado. Más que imperturbabilidad, es el control de unas pasiones que siguen existiendo... hasta poder satisfacerlas, como es natural. La verdadera serenidad es la ausencia de pasiones, pero sólo somos seres humanos. Animales racionales, dicen, pero el sustantivo es "animales"...

La sabiduría es la búsqueda de la máxima felicidad. Eso no es fácil de cuantificar y tenemos que proceder por aproximaciones y comparaciones para decidir caso por caso cuál es la mejor conducta. Por ejemplo, hay quien cree - o dice creer, al menos - que el colmo de la felicidad humana es poder matarse en una autopista. Si eso es así, los sabios deben promover las autopistas. En otro caso...

La ciencia, en un sentido amplio, es cualquier conocimiento verdadero. Cuando estamos seguros de algo, lo sabemos a ciencia cierta. De un tiempo a esta parte, se ha restringido a lo que se descubre mediante el llamado método científico, que se basa en la observación y en la experimentación. No se deje engañar por signos externos, como la bata blanca, el laboratorio o el lenguaje técnico, que consiste mayormente en nombrar las cosas en griego antiguo o en latín. La experiencia es la madre de la ciencia... Llevada al extremo, es lo que Cortázar define como "la tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio"... Ciencia no es sinónimo de sabiduría.

La inteligencia es la facultad que nos permite procesar la información disponible y llegar a conclusiones correctas. No basta tenerla: hay que usarla. La lógica es la teoría del uso correcto de la inteligencia: un conjunto de reglas prácticas que nos permiten evitar muchos fallos tontos. Hay razonamientos formalmente correctos que son defectuosos porque parten de premisas falsas. La lógica nos recuerda que hemos de analizar críticamente todo lo que nos dicen... y que hemos de ser escépticos sobre lo que creemos nosotros mismos.

La inteligencia no se mide directamente con un metro plegable, pero podemos hacer comparaciones. Sus diferencias cuantitativas son del mismo orden que las de la estatura física. La mayoría de la población está hacia la mitad. Es la distribución "normal", en forma de campana de Gauss. Los extremos, tanto los superdotados como los subnormales, tienen problemas prácticos de convivencia bastante parecidos a los de gigantes y enanos, por el mero hecho de estar fuera de la norma.

Ni la ciencia ni la inteligencia, separadas o juntas, bastan para garantizar la sabiduría ni el equilibrio mental de los seres humanos. Eso viene de otros factores. La potencia del motor de un automóvil se expresa como una cierta cantidad de caballos de fuerza. Pero hace falta que el resto de las piezas del vehículo estén bien dispuestas, que el volante sirva para cambiar de dirección, que la caja de cambios no nos haga andar hacia atrás, etcétera... Son lo que Harrer describe como "una gran bondad y un sólido buen sentido" y "la serenidad del sabio".

En otras palabras, nos hace falta filosofía, amor a la sabiduría. Si la definimos como la búsqueda de la mayor felicidad humana, eso pasa muchas veces por sacrificar el lucro a corto plazo, y por la abnegación del individuo. Conseguir más felicidad para el resto de la Humanidad, a costa de perderla uno mismo. Sin entrar en análisis sobre su realidad histórica, es la gran lección de personajes míticos como Moisés, Jesús de Nazaret o Frodo Baggins, que sacrificaron el bienestar, la salud o la propia vida a cambio de un futuro mejor para los demás.

Según Harrer, muchos tibetanos son sobradamente inteligentes, y "para igualarnos, les falta solamente ocasión de instruirse". Sin entrar hoy en el eurocentrismo implícito en la frase, estaremos de acuerdo en que la clave es la educación. Que, por sí sola, tampoco garantiza nada: "quod natura non dat, Salamanca non prestat". Es la distinción tradicional entre tener letras y tener luces. Generalmente van juntas, pero no siempre. Las letras, sin luces, son erudición vacía. Y muchas veces decimos que alguien es una lumbrera, aunque no tenga estudios. La mente humana ilumina los problemas y aclara lo oscuro, porque la verdadera inteligencia nos permite llegar a conclusiones correctas... aún partiendo de premisas falsas. La lógica estricta rechaza las intuiciones y las corazonadas, que vienen de la parte artística de nuestro cerebro. En mi opinión, tan errado es aceptarlas sin examen como desecharlas sin mirar qué nos dicen sobre nosotros mismos.

Harrer nos habla de "la manera de vivir casi medieval del joven Tsarong", que podría trocar fácilmente por la nuestra: "a su padre se le tiene por multimillonario". Incluso en Lhasa y en 1944, la vida de los ricos debía ser más agradable que la de los pobres. De todas formas, ya sabe usted que el "progreso", aquí y ahora, no es más que lo que se ha dado en llamar un "rollo tibetano". La raíz del mal es el culto al becerro de oro.

Otro día, si usted quiere, podemos seguir hablando de teoría del conocimiento. Es una de las cuestiones básicas de la filosofía.

juan_manuel@grijalvo.com

 

 

Jorge Luis Borges - El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké...

Filosofía...