Gregori Mir - A Sa Pobla en tren

 

Diario de Mallorca, 19 de marzo de 2001

 

A ritmo de cuentagotas de cada vez son más los conocidos que han decidido prescindir del coche. Unos, por las malas carreteras, lo insoportable del tráfico y la falta de aparcamientos; otros, han hecho números y a final de año les resulta más económico tomar taxis y autobuses; los menos románticos e ilustrados, porque definitivamente se han convencido que no pueden tener chófer. Con uno de ellos me encontré el pasado domingo en el tren que va a Sa Pobla, desde donde, después de una visita a un familiar, un taxi le tenía que llevar al Port de Pollença. El tren iba totalmente lleno y mi curiosidad por aquel viaje venía determinada por la sugerencia que me hicieron desde la “Associació d´Amics del Ferrocarril”, entidad que intenta recuperar una parte perdida de la memoria de Mallorca; pero también influir sobre el presente. Gente estupenda y desinteresada, con proyectos que merecen todos los apoyos.

Con extrema puntualidad el tren llegó a su destino. Pude contemplar paisajes desde perspectivas nuevas. El Puig de Santa Magdalena de Inca aparece ondulante y como aletargado en medio de un campo con primavera anticipada. En Sa Pobla, el sol era de verano. Mi intención era conocer Ca´n Planes, donde hay un Museu de Pintura y otro de Juguetes. Antes nos dimos una vuelta por sus calles rectilíneas y que parece que nunca acaban. Sa Pobla es el pueblo de urbanismo más cartesiano de la isla. Vimos muchas casas abandonadas o en desuso, algunas de nuevas de gusto discutible. Llegamos al Museo. El de pintura está en sus inicios - siempre los están estos museos - pero muy bien concebido. El de juguetes es de un gran interés y no desmerece en nada a otros que he visto en otros lugares. Ha sido una buena iniciativa de su Ayuntamiento.

Luego un “arrós pobler”. Con el sol que hacía, seguramente su comida no era aconsejable, pero había que aprovechar la ocasión de poder disfrutar de las excelencias de un plato que sólo he podido tomar en Sa Pobla. Siguiendo el consejo de un amigo médico - cocinar ayuda a superar el estrés - a veces he intentado conseguir el grado de perfección, de equilibrios de los ingredientes que tiene este plato, pero ni con ayudas externas he podido. Y es que el medio media en todas las cosas. Quedamos que pronto volveríamos allí para comer “uns fideus amb anguila”, otro plato que sólo he podido comer “així com cal” en Sa Pobla y que para mí, acompañado con un vino tinto suave, es otra pura delicia. Ahora es difícil de encontrarlo porque las anguilas prácticamente han desaparecido de Sa Albufera y tienen que traerlas de la de Valencia. A este paso también se tendrá que crear la “Associació d´Amics de l´Anguila”, pero sólo en honor a este pescado que no a todo el mundo gusta y que empecé a apreciar en el País Valenciano donde recibe muy diversos y a veces extraños tratamientos culinarios, para mi paladar todos exquisitos.

La última vez que la comí fue con un escritor inglés que había sido amigo de Joan Mascaró. Quiso conocer la cocina popular de Mallorca, pero no tuvimos suerte con el restaurante. Había venido a pasar unas semanas de vacaciones y residió en un pueblo lejos de las zonas turísticas, en busca de lo que queda de la Mallorca tradicional, la que inspiró a tantos escritores y poetas. Habitualmente vive en Londres, en la céntrica y tranquila barriada de Bloomsmury, y hace tiempo que desterró el coche. Aquí visitó Andratx, Sóller, Cala Ratjada, Santanyí, la Serra de Tramuntana y otros sitios para mí inverosímiles, invirtiendo muchas horas, pero siempre con transporte público. Cuando le pregunté cómo lo había conseguido, me dijo que no era un problema del sistema de transportes - muy mal coordinados, insistía - sino de filosofía de la vida, “la que antes teníais”. ¿Cuál?, le pregunté. “Pues que ahora no vais con el correr del tiempo, sino en su contra”.

Salimos con puntualidad exacta. El tren iba lleno y en cada parada subía más gente. Antes de llegar a Palma, era como un metro de cualquier gran ciudad. Habíamos pasamos unas pocas horas agradables. Volveré a Sa Pobla en tren, sin prisas y con puntualidad, por la pura delicia de unos “fideus amb anguila”; o, para correr con un tiempo más humano.

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