Hernán Silván  -  Tren de vía estrecha

 

Viaje al pasado a través de la línea Madrid-Almorox

 

 

El niño al que siempre preguntaban por qué corría tanto me contó, ya de mayor, su historia.

Y me siento privilegiado por ello, sospecho que son pocos los que la conocen.

A un pueblo cercano a Madrid llegó hace años el tren. Era un humilde tren de vía estrecha, pero suficiente para comunicar a diario la capital con un abanico de pueblos sureños hasta entonces abandonados a su suerte. Nuestro niño tenía tres años y, casi al mismo tiempo que el tren, llegó al pueblo la orden de poner a todos los pequeños la vacuna de la polio. Inoculaban los gérmenes en pequeñísimas cantidades para despertar las defensas naturales de los enanos y así atacaban lo que se estaba convirtiendo en una verdadera epidemia infantil en medios rurales. Algunas vacunas estaban poco atenuadas y sus virus provocaron la enfermedad que querían prevenir. Otros niños adquirieron la dolencia por no vacunarse. Nuestro protagonista padeció la polio y fue de los que se vacunó. Entre los tres y los seis años tuvo completamente paralizada la pierna izquierda. En un principio, resignados a su suerte, los padres acataron la opinión del médico del pueblo. Era dura, pero real. Las deformidades con las que crecerían darían cojera, ya de muchachos, a los pocos que no acabaran en silla de ruedas para siempre. Las noches trascurrían con un horrible aparato metálico que intentaba enderezar la débil pierna del niño, apretando cada día un poco más desde la rodilla hasta el pie. Era difícil no llorar y también dormir. La desesperanza se apoderaba, poco a poco, de la familia. Pero el tren que trajo la vacuna también traería la solución. Los padres, sin muchos recursos económicos pero con una gran determinación, buscaron en Madrid al especialista del que les habló su médico de cabecera.

Muchas horas del resto de la historia transcurren en la piscina del Hospital Infantil Niño Jesús, porque la de este niño era una forma suave de poliomielitis y si la pierna se trabajaba a diario podría haber sorpresas muy agradables. Aquel médico especialista había salvado a muchas de aquellas criaturas de las muletas perennes, únicamente a base de ejercicio.

De lunes a viernes la madre llevaba al niño a la piscina del servicio de rehabilitación, madrugando para coger el tren bien temprano y así poder volver al pueblo y ayudar por la tarde al padre en su duro trabajo del campo. El niño va cada día mejorando y ya hasta consigue mantenerse en pie sin apoyar en nada. A punto de cumplir los seis años empieza a andar tramos largos por la casa y no se cae. En todo este tiempo su juego favorito ha transcurrido en un barreñito de agua, donde hace a sus madelman todos los ejercicios de piernas que la enfermera fisioterapeuta le hacía a él a diario bajo la supervisión de aquel médico infantil, su salvador. Es una historia dura pero con final feliz.

Mientras me explora mi maldita rodilla de corredor, mi doctor me cuenta esta historia. Su historia. Intrigado por lo que no me cuenta, le pregunto: ¿Y lo de correr como encaja en el relato? Esa es una buena pregunta, me dice. Aquel especialista me aconsejó hacer deporte de por vida para igualar la forma y la fuerza de ambas piernas, añade. Parece ser que el único deporte que le hacía sentirse libre física y mentalmente era correr. Lo que empezó como un tratamiento, haciendo pequeños recados y correteando siempre por el pueblo, terminó en su mayor afición deportiva, recalando en un afamado equipo de atletismo cuando vino a la capital a estudiar Medicina.

- ¿Y de mi pierna qué?- le pido un pronóstico rápido.

- Estamos en ello, me tranquiliza. Y sigue:

- Me habías preguntado si salías de esta y te he contestado con esa historia.

 

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