Editorial  -  Nunca quisimos vivir en un garaje

 

Ingeniería y Territorio,  número 86,  2009

Enlace al ejemplar en el servidor del C.I.C.C.P.

 

Siempre que hablamos de movilidad en las ciudades, tenemos una lastimosa sensación de déjà vu; como comentaba Antonio Serrano en nuestra mesa de Diálogos, todos tenemos la sensación de que hablamos de lo mismo desde hace veinte años. Sin embargo, comparando este número, promovido desde el pacífico espíritu crítico de Mariano Palancar Penella y coordinado con paciencia y éxito por Clara Zamorano Martín, con el número 34, de 1995, "Movilidad y Ciudad", detectamos diferencias sutiles pero sustantivas. Permanece, y se hace más intensa, la sensación de que la ciudad ha sido tomada al asalto por el vehículo motorizado y de que este condiciona decisivamente la evolución de nuestro hábitat urbano, hasta dejar en un papel subalterno la condición antropológica de ese hábitat. En 1995, el sentimiento crítico está acompañado de una cierta confianza en la técnica y sus planteamientos como solución, un poco al estilo de "El fin de la utopía" de Marcuse. De la misma forma que en el manifiesto marcusiano, el futuro, al hacerse realidad presente, aparece más complejo y arraigado al pasado inmediato. Las soluciones vislumbradas en 1995 están empezando a implementarse de una forma o de otra en nuestras ciudades, pero el monstruo lo deglute todo y transforma en anécdota lo que nos parecía fundamental.

Quizás la crisis económica introduce un factor de reflexión que debería permitirnos ser radicales en los planteamientos (radicales, no dogmáticos ni obtusos). Igual que la bici compartida ha encontrado su lugar y su rentabilidad, y, sin duda, se extenderá entre nuestras ciudades, el coche compartido, creando modelos de funcionamiento imaginativos y flexibles, puede tener más sentido que obligar al usuario a una compra onerosa, que, además, va a condicionar su punto de vista sobre sus necesidades de movilidad. El transporte público debería tomar la iniciativa en la búsqueda de vehículos más sostenibles. El coche compartido y el transporte público pueden crear líneas de colaboración con la importante industria automovilística, más creativas, sugerentes y de futuro que la universalización de la propiedad del automóvil, consumidor de una energía contaminante de la que no disponemos, y de ineficiencia incontestable en los núcleos urbanos densos.

En etología es bien sabido que las condiciones del hábitat son determinantes en el desarrollo y evolución de las especies. La nuestra es la única especie que determina radicalmente su hábitat a partir de decisiones propias, pero nunca hemos sido, en lo colectivo, plenamente conscientes del efecto retroalimentador que esas decisiones tienen sobre nuestro entorno y sobre nosotros mismos, llevándonos casi siempre a lugares no deseados, como un daño colateral que acaba cuestionando seriamente la bondad del objetivo principal. Nunca quisimos vivir en un garaje.

 

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