Isabel Escudero Ríos  -  ¿Algo se mueve?

 

Este artículo fue escrito y publicado en 1994

Archipiélago,  número 18-19

 

DEL MOVIMIENTO (Canción sin causa ni fin)

¿Quién mece la cuna,
la cuna en el aire?:
   la cuna vacía
   no la mece nadie.
¿Quién mueve la luna
por el firmamento?:
   a la luna nadie
   le da mandamientos.
¿Quién mueve las nubes
por el cielo azul?:
   no las mueve nadie
   ni las mueves tú.
¿Quién mueve las olas
del bravío mar?:
   ni nadie las mueve
   no se pararán.

 

Con motivo de un encuentro científico de astrofísicos sobre «El Hombre y el Universo», me tocó pasar algunos de los últimos días de septiembre en Sevilla (¡que Dios la bendiga y la olvide!), florida de jazmines y turistas tardíos que iban y venían y giraban y tornaban, y volvían a ir y venir de acá para allá entre pacientes caballos uncidos a sus calesas que, a su vez, también iban y venían con cierta mecánica resignación. Y así todo el día...

De regreso en el hotel, al cerrar los ojos, se me aparecía en medio de la vana noche ese trajín interminable y repetido de turistas cruzándose con las imágenes parpadeantes y multicolores de las estrellas y los corpúsculos cósmicos, que aquellos hombres de Ciencia nos hacían ver a través de sus potentes telescopios y en inéditas fotografías del firmamento desperezándose, sorprendido por el impúdico cíclope tecnológico. Un nuevo cielo de ángeles proteicos, deshilachados y geométricos al tiempo, exactos y deshechos, luminosos y sombríos a la vez, se abría a nuestros ojos en una nueva visión científica de aquellas estampas celestiales de nuestra vieja religión, la verdadera. Así que meteoritos, núcleos, supernovas, nubo-las y fogocitos —todos ellos domesticados con nombres más o menos de andar por casa— agitándose en arquitectónico desorden o en organizado caos por los cielos vigilados, se mezclaban y confundían en mi sueño con las azogadas hordas de turistas de las calles sevillanas. O sea que la cuestión arriba y abajo consiste en moverse. Parece que la Realidad, eso que llamamos la Realidad, tanto la cotidiana y "natural" como la extraordinaria —y que antaño solíamos decir "sobrenatural"— se fabrica con el movimiento; que sólo eso de moverse y que las cosas se muevan hacen Realidad y su Ciencia: la Física.

Y sin embargo, a pesar de la evidencia, o quizá por ella, uno se pregunta sospechoso: «pero...¿es que algo se mueve?»; porque, es que si miramos a lo alto, a eso del firmamento —al Universo, como dice la Ciencia— el moverse de una estrella implica automáticamente su destrucción: la estrella se deshace en su fuga; ya no es lo que era; su corrimiento es su desaparición: cuando se corre una estrella se pierde. Pero, ¿qué pasa por acá abajo con eso del movimiento y los turistas de mi sueño? ¿Qué les pasaba o no les pasaba a ellos cuando, tan extenuados como optimistas, se cruzaban entre sí una y otra vez y al reconocerse intercambiaban sonrisas y saludos con tan mecánica naturalidad en aquella desasosegada trama babélica? ¿Y en esa infantil carrera, qué les pasaba a ellos o no les pasaba que tuviera algo que ver con aquella fatal carrera de los astros? La cuestión es tan vieja como el mundo, y ya el zorro de Zenón la atacó certeramente por el centro. Pero la imposibilidad y la contradicción siguen estando vivitas y coleando y se presentan desnudas al sentido común cuando menos te lo esperas. Veamos:

Que uno, al menos acá abajo, se mueve para y por ser el que es (nota 1), y que no hay movimiento sin identidad parece, pese a las apariencias, un hecho de pura lógica; y que el movimiento no se demuestra ni andando, ya que la condición primera es que usted, el que anda, se mantenga igualito a sí mismo durante todo el trayecto, y que como aquella rodante naranjita de Mairena, aunque penas y descalabros contra esquinas y malos amores no le dejen ni en sombra de lo que era, sólo si queda alguna partícula de usted que le sea particular y propia, que le haga a usted, y al prójimo, reconocerse y reconocerlo —aunque sea en el más recóndito de sus escondrijos— o sea, que siga siendo usted el que es, inmutable, es gracias a eso y sólo por eso que usted se ha movido (¿Se acuerda de aquella clase de Sofística en la que el maestro ante el asombro de los aprendices afirmaba: «Que todo cuanto se mueve es INMUTABLE, es decir, que no puede afirmarse de ello otro cambio que el cambio de lugar; que el movimiento corrobora la identidad del móvil en todos los puntos de su trayectoria. [Que] sea lo que sea aquello que se mueve, no puede cambiar, por el mismo hecho de moverse». Pues eso). Claro que usted lo tiene más fácil que la pobre naranjita de Mairena, tan común la pobre; usted es un Nombre Propio, y mientras que usted no pierda su nombre y no sólo eso, sino que todos sus prójimos y prójimas le pierdan a usted de su memoria, la ilusión de su moverse está garantizada. Tendría usted que, al revés Ulises, perderse en el mare mágnum de los mares, entregarse al canto de las sirenas y al pasto de los dioses, convertirse en cerdo, arrastrarse por lodos y pedregales y, aún con eso, si al tornar a su hogar, su vieja nodriza, al palpar la cicatriz de su infancia, le reconoce, usted no se habrá de verdad "movido" ni un ápice; se habrá desplazado, cambiado de lugar, pero usted seguirá inmutable siendo el que es. O como aquel viejo samurai que al volver de la larga guerra no es reconocido por ninguna de sus siete concubinas y tan sólo su caballo le reconoce. No hay viaje, hay turismo.

Recordemos de nuevo las palabras de Mairena: «Si lo que se mueve no puede cambiar, es el movimiento la prueba más firme de la inmutabilidad del ser, entendiendo por ser ese algo que no sabemos lo que es, ni siquiera si es, y del cual en ese caso pensamos el movimiento». (En cuanto a nuestra pregunta del título, ampliaremos otro día, aunque sean inseparables, la cuestión del algo, que tiene tanta miga como el se mueve) Lo cierto es que «el movimiento, a la manera eleática, tiene que pensar un ser inmutable, al cual se le atribuye». Y concluye Mairena: «Si todo, pues, se mueve nada cambia». «Si algo cambia, no se mueve». «Si todo cambiase, nada se movería».

Y parece que no vale tampoco hacer demasiados distingos entre transformación y movimiento. Ante la observación del alumno sobre la distinción entre cambio de lugar o movimiento y cambios cualitativos, ya sabéis lo que le respondió tozudamente Mairena: «Dejémonos de monsergas... Los cambios cualitativos, si son meras apariencias que sólo contienen cambios de lugar o movimientos, están en el caso que ya antes hemos analizado (arriba); si son otra cosa, escapan al movimiento y son, necesariamente, inmóviles. Siempre vendremos a parar a lo mismo: el movimiento es inmutable y el cambio es inmóvil». Y añade que si se estiman estas diferencias pasaría que: «Si el cambio es una realidad y el movimiento es otra, la realidad absoluta sería absolutamente heterogénea».

Ya mucho antes de Mairena y su maestro Abel Martín, la aporía de Zenón planteaba con desparpajo la contradicción suma en la que se basa toda Física en cuanto la roza el lenguaje: «Un móvil ni se mueve donde está ni donde no está»... porque si está no se mueve, y si no está ni se mueve ni puede hacer cosa alguna.

Así que, dado ese vínculo constitutivo recíproco entre "movimiento" e "identidad", no nos debe extrañar que en el Progreso de la Historia —en el Progreso del Progreso— cuando la constitución de la identidad individual, refinada por el culto al Humanismo, amenaza con la suprema perfección de esa entelequia del Hombre (mayúsculo y civilizado), una de las notas o rasgos sustantivos y definitorios de "Individuo" (idéntico a sí mismo) sea el de su movimiento libre y continuo, de tal manera que precisamente su índice de identidad individual será su motilidad y disponibilidad de movimiento: él es el que se mueve. Su capacidad de movimiento debe ser ilimitada y metafísicamente perfecta: «Si estoy volando en avión a Amsterdam es que soy Pepito» o «Si es martes estamos en Bélgica».

No es de extrañar, pues, el éxito desmedido del automóvil particular —del coche individual— fenómeno coincidente con el auge de las democracias y paradigmático de esta constitución individual progresada vía movimiento. Los pies del Régimen demotecnocrá-tico de los Países Desarrollados del llamado Estado del Bienestar, tienen que estar siempre moviéndose. Los mismos mensajes publicitarios de los anuncios de coches establecen bien claramente la similitud y simultaneidad de los términos velocidad y persona, sin separar velocidad del objeto y personalidad del sujeto, ya que en el caso del automóvil propio particular (máxima perfección de la mónada individual democrática) más bien el sujeto es el artefacto y el conductor un implemento cada vez más secundario. El éxito, pues, del coche privado en todo el Mundo Desarrollado demuestra bien a las claras las hondas conexiones entre la constitución del Individuo moderno típico del tecnohumanismo democrático y su vana constitución por el movimiento uniformemente acelerado, el desplazamiento sin fin de un sitio a otro como señal de "libertad personal" (nótese que esta tan cacareada libertad personal consiste en la práctica —en el caso ejemplar del automóvil— en ir donde va todo el mundo, a la misma hora y por la misma autopista, pero eso sí: con la ilusión democrática de hacerlo por gusto y libertad personal).

Y sin duda, otro fenómeno actual parejo y tan paradigmático como el del automóvil sobre la sustentación recíproca de "movimiento" e "identidad" es el del Turismo colectivo: esas grandes oleadas de turistas movidos de la Zeca a la Meca, traídos y llevados de acá para allá, también al parecer, por decisión y gusto personal. ¿Es ese afán desmedido de constitución individual, ese individualismo cada vez más autista el que hace moverse y removerse sin parar a las gentes de todos los Países Desarrollados? ¿Es la fiera necesidad de una Historia ya vieja y cansina que no tiene guerras donde mover y morir a sus peones? ¿Son los espasmos automáticos de una Realidad demasiado hecha y maniática, amenazada de su propia fe, que entra en impaciencia motora, en demencia senil y agita a sus átomos (individuos) y a sus moléculas (grupos) de acá para allá sin cesar hasta la tercera, cuarta o quinta edad si es preciso? ¿O es que el mundo, ya papel de dinero (desaparecidas las cosas ya todas dinero), necesita batirse al mismo ritmo frenético del dinero, otra mentira que vive sólo de su movimiento?

Sea lo que sea, parece ser signo de los tiempos ese movimiento desquiciado y constante, esa fe incansable, esa seguridad de saber a dónde se va y por lo tanto ir (olvidando la sabia conseja del poeta: «caminante no hay camino [...]»). Los zapatones del Régimen del Desarrollo no pueden pararse como aquellas zapatillas rojas del cuento.

Pero, veamos, y con esto enlazo con aquellas estrellas fugaces de mis noches sevillanas con que iniciamos estas cavilaciones; ya hemos visto (con la ayuda de Mairena, de Zenón y del sentido común) cómo, al menos por aquí abajo, sólo lo inmutable se mueve, y lo cambiante está quieto; y que por Allá Arriba parece que correr/se es perderse, que moverse implica destrucción y negación instantánea de lo que se es: dejar de ser el/la/lo que se es. Y que estas razonables imposibilidades y paradojas desdicen el ilusorio trajín de los turistas (sin que ellos lo sepan, claro está).

Y en estos difíciles casamientos andaba yo cuando me llegó una copla que brotaba de algún patio fresquito: «Como la luna y la tierra/Eva se hizo redonda/por arte de la paciencia». Y mira por dónde, yo que creía que empezaba a tener algo más clara aquella pregunta del principio: ¿Algo se mueve?, me volví a liar de nuevo. Y con la letrilla de la copla, me vino aquella distinción enciclopédica que nos hacían de chicos en la escuela: rotación y traslación. Y parece que Eva, en la guasa de la copla, había decidido, como la luna y la tierra, hacer ambas cosas a la vez —como la que no quiere la cosa— para ser y no ser la misma al mismo tiempo; (revolución femenina: rota/rota sobre sí misma). Claro que Eva está del lado de la clarividente diosa (Parménides) y la diosa del lado de Eva, y quizá ese su saber de una vez, que entra por los ojos en un golpe de vista, a lo mejor no está tan reñido con eso otro del decir, calcular, razonar (de Heráclito el Oscuro).

 

Nota 1:  Agustín García Calvo,  Contra el Tiempo,  Zamora,  Lucina,  1993.

 

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