Julio Reyes Fuentes - Años 1944 y 1945 (finales de la Segunda Guerra Mundial) y años 1946 a 1948 de la posguerra

Capitán de la Marina Mercante

 

Las Palmas de Gran Canaria, 30 de enero de 2007

 

Habiendo ya pasado seis años de nuestra guerra civil y estando por finalizar la Segunda Guerra Mundial, nos encontrábamos los españoles sufriendo las consecuencias directas e indirectas de ambas catástrofes.

En Agosto de 1944 llegó para el que suscribe la época de embarcarse en buques mercantes para iniciar, como Alumno de Náutica, las prácticas de navegación reglamentarias para obtener el título de Piloto de la Marina Mercante, previo a su vez al de Capitán.

Estuve unos pocos meses en un "correíllo" de la Cía. Trasmediterránea haciendo viajes al antiguo Sahara Español. Llevábamos mercancías y alimentos para la población saharaui, con gran sacrificio por nuestra parte, dados los pocos medios para la descarga en la costa (en lanchas y a mano), con el consecuente agradecimiento y simpatía de los pobladores de la zona.

Embarqué a continuación en la Naviera Aznar, en buques que eran unos verdaderos trastos con máquinas a vapor de triple expansión. Sus calderas se alimentaban con carbón de Gijón, que era el único de que se disponía en aquella época. Era de muy mala calidad, lo que significaba que al limpiarse los hornos la presión bajaba de tal manera que el buque llegaba casi a pararse (2 a 3 millas por hora). El viaje de Argentina a Canarias duraba como mínimo 30 días, y el viaje redondo Ceuta-Argentina-Las Palmas-Barcelona no menos de 70. Estos viajes se efectuaban bajo el protocolo Franco-Perón, mediante el cual España pudo pasar los peores momentos de necesidades de la posguerra entre 1944 y 1947. España pagó esos alimentos con crédito a largo plazo en condiciones muy ventajosas, en unos momentos en que casi todos los países habían retirado sus embajadas.

Quiero contar ahora uno de los tantos viajes efectuados en esa época.

 

Vapor Monte Jata

Del último puerto de descarga en la Península Ibérica, nos dirigíamos a Ceuta para cargar el malísimo carbón gijonés, con las consabidas maldiciones de los paleros, que debían alimentar los hornos de las calderas durante todo el viaje.

Pero eso no era todo. Para empezar, como el viaje de ida y vuelta España-Argentina-España nos llevaba 60 singladuras o días de navegación, y no cabía todo el carbón en las carboneras, teníamos que armar unos mamparos laterales por ambas bandas para almacenar el necesario para completar la provisión. Ello obligaba a la tripulación, durante un mes, a subir y bajar por una montaña de carbón para trasladarse de proa a popa o viceversa.

Recuerdo como primer viaje en este buque la llegada al puerto de Barcelona el 14 de Mayo de 1947, cargados de trigo argentino. Su descarga era urgente, para que la ciudad pudiera comer pan al siguiente día. Después de un viaje a Gante para llevar sulfato amónico para Santa Cruz de Tenerife, salimos de este puerto el 20 de Julio de 1947 con destino a Rosario, en el río Paraná (Argentina), a donde llegamos el 13 de Agosto. Yo ingresaba en ese buque como 3er. Oficial. Al observar las condiciones de salvamento del barco, comprobé con gran asombro que los botes salvavidas no se podían mover de sus calzos después de tantos años de pintura sin suspenderlos, y que carecían de los más elementales medios de subsistencia y pedido de auxilio. Nunca se habían hecho en el buque los pertinentes zafarranchos de abandono, incendio y hombre al agua. De todas estas graves carencias no era este buque una excepción. Todos los buques de la Naviera Aznar que conocí salían al mar en las mismas deplorables condiciones.

Llegados a Rosario, cargamos de trigo parte del buque y salimos el 23 de Agosto con destino a Buenos Aires, donde completamos el cargamento. Se armaron en cubierta una serie de corrales para embarcar ganado vacuno con destino a Canarias; sería atendido durante el viaje por varios emigrantes españoles que regresaban a España por este medio. Una vez embarcado el ganado y su correspondientes provisiones de pasto y aguada, salimos con destino a Santa Cruz de Tenerife el día 28 de Agosto de 1947.

El invierno en el hemisferio Sur comienza el 21 de Junio y termina el 23 de Septiembre. El día 2 de Septiembre nos encontrábamos en pleno golfo de Santa Catalina con un viejo barco cargado hasta los topes y con ganado en cubierta.. A las 0800 horas embarcan fuertes golpes de mar que destrozan parte de los corrales del ganado de proa de babor, y poco más tarde las de popa de la misma banda. Se nota al mismo tiempo en el barco una escora alarmante de origen desconocido. A las 0835 horas nos vemos precisados a poner popa a la mar. Los maderos de los corrales habían obstruido los guarnes por donde pasaban las cadenas movidas por un servomotor que llegaban hasta el sector del timón para accionarlo, y el barco quedó sin gobierno hasta que conseguimos retirarlos. Imagínese el paciente lector a unos marinos en la cubierta embarcando agua, y tratando de sujetar y amarrar a reses semi-salvajes nacidas y criadas en la Pampa. ¿Qué éramos al final? ¿Marinos, vaqueros, veterinarios, emigrantes? Con más de una vaca perdida en el mar, salimos al final vencedores de esta aventura con el ¿orgulloso? autonombramiento de VAQUEROS DE LA MAR. ¿Raro, no? Y todo ello por un miserable sueldo mensual que no merecía tal nombre y, lo que es peor, sin recibir posteriormente ninguna congratulación ni agradecimiento por parte de los armadores, ni de ninguna autoridad. Terminada esta urgente tarea se logra sondar la sentina de la bodega nº 2 de babor, la que acusa cuatro pies de agua salada debido seguramente a alguna grieta en el pantoque, presumiéndose la mojadura de parte del cereal de la misma bodega. ¿Comunicar la emergencia?: ni hablar. Ello significaba un pedido de auxilio en el que el capitán no quería involucrar a los armadores. Antes habría que agotar todas las posibilidades de arreglarnos con nuestros propios medios. Continuamos pues, navegando sin comunicar la avería, sondando continuamente y achicando la sentina durante veinte días hasta nuestra llegada el día 23 de Septiembre al puerto de Santa Cruz de Tenerife, donde arribamos, gracias a Dios, ¡¡cansados pero contentos!!

 

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