Julio Reyes Fuentes - Un entierro en Pozo Hondo

 

Las Palmas de Gran Canaria, agosto de 2007

 

Estando de visita en el establecimiento antes mencionado, nos hacen llegar la noticia del repentino fallecimiento de Valdés el tractorista.

Nos trasladamos al pueblo, de inmediato, pues es costumbre en la zona que el “patrón” forme parte del cortejo fúnebre y al mismo tiempo se haga cargo de todos los gastos inherentes. Ya en la casa mortuoria nos enteramos que el fallecimiento fue a causa del “mal de Chagas” tan frecuente en los campos del Norte argentino como consecuencia, tal cual explicara en otra oportunidad, de la propagación del mismo a través de un insecto hematófago llamado “vinchuca” que se aloja en las viviendas hechas con “adobe” (mezcla de barro y paja). La infección produce una afección cardiaca incurable. Ya en la casa mortuoria estaba esperando el encargado de la funeraria que de inmediato presentó la factura. Leemos con sorpresa que los gastos funerarios eran “de primera”. Al preguntar por que lo de primera contesta: “Perdone señor, pero no se trata de lujo. Se trata del tamaño de la caja pues el difunto era una persona muy corpulenta…

Llegado el momento del entierro, luego de permanecer pacientemente escuchando los llantos de las “plañideras” salimos en dirección al cementerio con la caja mortuoria sobre un “sulqui” con perro incluido. Aclaro que el sulqui es un medio de transporte habitual en el campo argentino: consta de un carro de dos ruedas tirado por un caballo y el perro correspondiente siguiendo a su amo. De ahí el dicho popular “seguidor como perro de sulqui” al referirse a algún pesado que te abruma con su compañía.

En el camino paró un momento la comitiva para colocar una vela en uno de los numerosos altares que hay en el país, dedicados a la Difunta Correa. Esta es una costumbre muy arraigada en el norte argentino con motivo de la leyenda que cuenta que una mujer llamada Deolinda Correa, originaria de la provincia de San Juan, murió de hambre y sed con un niño en los brazos en los montes de esa provincia y cuando la encontraron, ya muerta, seguía amamantando a la criatura. Su veneración se reafirmó con motivo de un suceso prodigioso. Un arriero de ganado conducía quinientas cabezas para su venta en Chile. Al llegar al lugar donde estaba la cruz de la difunta, una tempestad dispersó todo el ganado. El hombre en su desesperación pidió auxilio al espíritu de esta mujer, con la enorme sorpresa que una vez calmada la tempestad encontró en el fondo del valle a todos sus animales sin ninguna pérdida. En su recuerdo y agradecimiento, a su regreso hizo levantar en el lugar de su tumba y cruz una capilla dedicada a la Difunta Correa, y así fue como su veneración se extendió por toda América.
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Una vez en el cementerio del pueblo observamos con sorpresa que no había ningún tipo de asfalto ni caminos en el mismo, y que había que llevar a hombros el pesado cajón hasta un nicho superando las innumerables irregularidades del terreno. Llegados al lugar ¡oh sorpresa! nos damos cuenta que el cajón no cabe en el nicho y tiene que ser depositado en el suelo para descanso de los sufridos porteadores y deliberar que habría que hacer…

De pronto se ilumina la mente de uno de los asistentes y nos dice: Tengo entendido que la dueña de la tienda del pueblo, conocida por “La Becha”, está haciendo un nicho grande que creo ya está terminado y sin usar. Sale en comisión la persona de más autoridad de los presentes, el puestero Fabio, a pedirle el favor a “La Becha” de que nos preste el nicho para la ocasión con la promesa que se lo devolveríamos oportunamente.

Afortunadamente la gestión tuvo éxito, con la condición de su devolución lo más pronto posible. Y allá vamos todos, salvando nuevamente las horribles irregularidades del camposanto hasta el alojamiento provisional del pobre tractorista, donde finalmente quedó depositado. No conozco el final de la historia… Si el difunto quedó definitivamente en su alojamiento provisional o fue trasladado a otro.

He contado esta historia tragicómica (¿se imagina el paciente lector las discusiones de los porteadores y acompañantes para decidir qué hacer con el muerto?). Con el debido respeto a la memoria de un fiel empleado que estuvo miles de horas sobre un tractor, contribuyendo con su trabajo a crear un campo ganadero en unas tierras donde estaba todo por hacer.

 

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