Julio Reyes Fuentes - Viajes a la Patagonia - Flota de Y.P.F.

Capitán de la Marina Mercante

 

Enero de 2007

 

Durante muchos años la flota de Y.P.F. tuvo la responsabilidad del transporte del petróleo crudo desde la zona de producción de Comodoro Rivadavia (fondeaderos de Comodoro Rivadavia, Caleta Córdoba y Caleta Olivia) a la destilería del puerto de La Plata (Beriso y Ensenada).

Quiero, a través mis recuerdos, rendir homenaje a las esforzadas tripulaciones de los buques de Y.P.F. que cumplieron con esta labor durante muchos años explicando los detalles de estos viajes.

El buque salía de Ensenada o Berisso, donde se encontraba atracado proa adentro, teniendo que ir a la cabecera del canal para hacer la ciaboga (dar la vuelta), ayudado por remolcadores, para poder enfilar el canal de salida del puerto. Este puerto ya de por sí es una trampa mortal en caso de incendio, como lamentablemente ocurrió en varias oportunidades, perdiéndose varios petroleros y, lo que es peor, la vida de varios tripulantes que se encontraban cumpliendo su guardia en puerto.

Una vez fuera del canal del puerto de La Plata, el buque se dirigía al canal principal del Río de la Plata hasta el pontón de Recalada, frente a Montevideo, donde se dejaba al práctico e iniciaba el buque su navegación con destino al golfo de San Jorge, donde se encuentran los fondeaderos y las boyas de amarre de Comodoro Rivadavia, Caleta Córdoba y Caleta Olivia.

Estos destinos no eran puertos de mar, sino simples fondeaderos a los que había que acceder, sin práctico ni remolcadores, siguiendo exactamente unas enfilaciones situadas en la costa, dos por la proa y dos por estribor, para fondear las dos anclas con la velocidad mínima y adecuada del buque para no perder las cadenas (irse por ojo). Después, hacer la ciaboga para colocar la popa en las proximidades de unos muertos (boyas), a las que se daban cuatro alambres por seno para dejar la popa sobre una boya que posteriormente se izaba a bordo junto con la manguera por la que, una vez conectada a la red del buque, se efectuaría el cargamento completo.

Me he detenido en la descripción del amarre a los muertos por ser estos momentos los más sacrificados del viaje. Imagínense a los tripulantes en la cubierta del buque en unas maniobras que a veces duraban horas, con un fuerte viento helado de la costa patagónica (Chenque le llamábamos por venir de la costa donde se encuentra un monte con este nombre). El contramaestre atendía las anclas con un ayudante, y el resto de la marinería, dirigida por un oficial, en la toldilla de popa se ocupaba del amarre a las boyas con los horribles cuatro alambres por seno. Son cables de acero de 12 cms. de mena (4 cms. de diámetro). Se iniciaba el cargamento por señales a tierra con banderas (en aquellos tiempos no existían todavía los teléfonos móviles o celulares) y de la misma manera se avisaba cuando se terminaba. Lo malo era que, con frecuencia, cuando se metía temporal de afuera (vientos del componente Este) el buque no se podía mantener en esas condiciones y había que desconectar manguera rápidamente, largar amarras y salir a capear el mal tiempo hasta que mejoraran las condiciones para volver a iniciar todo nuevamente.

Una vez completado el cargamento se largaban amarras y salíamos con 30 pies de calado, rumbo al Río de La Plata. No es lo mismo salir del canal con 20 pies de calado, para los que hay profundidad suficiente, que entrar con 30 pies, si el río está bajo, que es con el agua muy justa bajo la quilla. La navegación por el canal con ese calado es bastante peligrosa, pues hay que tener extremo cuidado con el cruce con otro buque que esté saliendo.Es necesario manejar el timón con una precisión extrema y efectuar el cruce con la velocidad adecuada, pues suele ocurrir que, por temor, arrimemos el buque con exceso al veril de estribor del canal. Al rozar con el pantoque, el buque cae al lado contrario y puede producirse una colisión, accidente que ha ocurrido en muchas ocasiones en el Río de La Plata.

Estos recuerdos están referidos a los años cincuenta y son en honor de los capitanes, oficiales y de todo el personal auxiliar y subalterno que, presentes unos y ya ausentes otros, hemos compartido estas experiencias, de las que podemos sentirnos orgullosos.

 

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