Juan Manuel Grijalvo - Mar de Aral

Quizá las catástrofes ecológicas artificiales sean el colmo de la estupidez humana. Un caso ejemplar: en sus buenos tiempos, el Mar de Aral era un mar de agua salada, tan grande que desde una orilla no se veía la otra, a causa de la curvatura de la Tierra. Desde la costa no había forma de distinguirlo de otro mar cualquiera. Estaba lleno de sabrosos peces, que suministraban materia prima a una industria conservera. Los pescaba una considerable flota de barcos, que se iban a pique en las tormentas. Los tripulantes se ahogaban de verdad; igual que en el Atlántico. Ese mar enorme se lo han cargado unos ingenieros que desviaron los ríos que mantenían su equilibrio hídrico a fin de regar unos algodonales. El nivel del agua bajó, se ha vuelto demasiado salada, y los peces se han muerto. La sal se ha depositado en el fondo seco y el viento la reparte por ahí, con desagradables efectos sobre la flora y la fauna de la región. Los seres humanos forman parte de la fauna. Eso sí, las fábricas siguieron funcionando bastante tiempo: enlataban pescado congelado, traído en tren desde el Pacífico. Vaya usted a saber a cuánto salía de coste cada latita, pero no se les ocurrió otro modo de tapar el asunto. |

Conservación y sostenibilidad...
Todos vamos en el mismo barco...