Juan Manuel Grijalvo - Mar de Aral

 

Giovanni Camici  ha puesto en Internet las tres fotografías antiguas que aparecen en esta página

Marc Moliné me pasó los enlaces

 

Barcas de pesca

 

Quizá las catástrofes ecológicas artificiales sean el colmo de la estupidez humana.

Un caso ejemplar: en sus buenos tiempos, el Mar de Aral era un mar de agua salada, tan grande que desde una orilla no se veía la otra, a causa de la curvatura de la Tierra. Desde la costa no había forma de distinguirlo de otro mar cualquiera. Estaba lleno de sabrosos peces, que suministraban materia prima a una industria conservera. Los pescaba una considerable flota de barcos, que se iban a pique en las tormentas. Los tripulantes se ahogaban de verdad; igual que en el Atlántico.

 

Horizonte de mar...

 

Ese mar enorme se lo han cargado unos ingenieros que desviaron los ríos que mantenían su equilibrio hídrico a fin de regar unos algodonales. El nivel del agua bajó, se ha vuelto demasiado salada, y los peces se han muerto. La sal se ha depositado en el fondo seco y el viento la reparte por ahí, con desagradables efectos sobre la flora y la fauna de la región. Los seres humanos forman parte de la fauna.

 

El puerto de Muynak

 

Eso sí, las fábricas siguieron funcionando bastante tiempo: enlataban pescado congelado, traído en tren desde el Pacífico. Vaya usted a saber a cuánto salía de coste cada latita, pero no se les ocurrió otro modo de tapar el asunto.

juan_manuel@grijalvo.com

 

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Aral. El mar perdido. Un documental de Isabel Coixet.