Miguel A. Lerma - El derecho a la muerte

 

El País, domingo 15 de enero de 1984

 

Presentación del artículo

Si resulta insólito encontrar detractores del derecho a la vida, en la cultura occidental se siente todavía una fuerte adversión al reconocimiento del derecho a la muerte. Es decir, del derecho a controlar, cuando ello fuere posible, la modalidad más humana e indolora de la muerte y también el momento de ella. Desde hace años no obstante han surgido con fuerza distintas asociaciones encaminadas a lograr el reconocimiento social y la ordenación legal necesarias para el establecimiento de la eutanasia, tanto la pasiva -dejar de prestar cuidados- como la activa, que predica acortar la vida para evitar los últimos sufrimientos. Alguna de estas asociaciones preconiza, por añadidura y sin ambages, la "autoliberación", que no es más que el suicidio puro y simple frente a la certeza de una agonía insoportable. El caso de los suicidios del escritor Arthur Koestler y de su esposa Cynthia, el 3 de marzo de 1983, activos partidarios del derecho a la muerte, fue en este sentido una de las noticias más expresivas de los últimos tiempos. Más recientemente, sin embargo, la petición a los médicos de Elizabeth Bouvia para que pusieran fin a su vida ha vuelto a relanzar la polémica. Este trabajo, escrito por un miembro español de la célebre Voluntary Euthanasia Society de Londres, expone los aspectos de este derecho a morir y los argumentos en que apoyan la justeza de sus reivindicaciones.

 

El derecho a la muerte

Nadie sabe cómo ni cuando le llegará su muerte, pero desconocer la fecha y el modo nunca podrá ocultar su inexorabilidad. La muerte es lo más cierto, independientemente de las mil formas que pueda adoptar, y en cuya multiplicación el hombre siempre se ha revelado particular y tristemente inventivo. Si no dominamos el resultado definitivo, ¿por qué no intentar al menos controlar el cómo llegar a él? Rilke pedía la "muerte propia", pero hemos llegado al final del siglo XX sin haber podido resolver la lucha contra la forma de morir. Separar en lo posible la muerte de la agonía, es la idea que hoy se abre paso en el mundo, como si luchar contra ésta nos liberara en parte de la inutilidad de pugnar contra aquella. La muerte podrá ser lenta o rápida, el moribundo podrá sufrir o no, ser consciente o inconsciente de lo que le sucede. ¿Cómo reaccionará ante el dolor? ¿Cómo lo harán las personas que le rodean? Podrán aliviar sus sufrimientos o tal vez prolongar el doloroso cabo final de su existencia mediante los extraordinarios medios de la medicina actual. Pero ¿qué amor es ése que prolonga el dolor ante lo ineluctable? La medicina ha puesto en manos de sus profesionales recursos para alargar la vida más allá de la vida, para prolongar las constantes vitales por encima de la conciencia de una vida que difícilmente puede sentir que lo es. Nadie desea morir; pero si el moribundo carece de toda posibilidad razonable de recuperación, prolongar su vida artificialmente no es más que la prolongación de su dolor. La muerte será el final de su agonía, la liberación del dolor.

La vida es el primero de los derechos, pero no una obligación absoluta; pues la vida no vale más que los sufrimientos de su prolongación a toda costa. "Creo sinceramente -dice el reverendo Dr. Leslie Weatherhead- que quienes lleguen detrás de nosotros se asombrarán de que seamos capaces de mantener a un ser vivo contra su voluntad cuando toda la dignidad, belleza y significado de la vida haya desaparecido, siendo cualquier mejoría claramente imposible, y hasta cuando el Estado penalizaría mantener vivo a un animal en las mismas condiciones". Vivir es sentirse vivo y viceversa. Cuando alguien ha dejado de sentirse vivo ¿qué es lo que queda del valor de esa vida? Los médicos tienden, por lo general, a hacer todo lo posible por prolongar la vida de sus pacientes sean cualesquiera las circunstancias, obligados a veces por sus principios éticos profesionales, y otras por el temor a las represiones legales.

En 1935 apareció en Inglaterra la asociación EXIT ("Salida"), la primera que defendió el derecho a morir. Su nombre actual es "Voluntary Euthanasia Society" (VES), modelo en el que se han inspirado las múltiples asociaciones similares que se han ido creando en el mundo. Hoy tiene 8.000 socios, pero hombres de la talla de Julian Huxley, Georges Bernard Shaw y Herbert George Wells se contaron entre sus adherentes. En 1938 se formó la "Euthanasia Society of America", que llegó a solicitar en las Naciones Unidas la inclusión del derecho a morir en la declaración universal de derechos humanos. En 1967, esta asociación creó el "Euthanasia Educational Fund", para emprender un programa de enseñanza y educación pública de este tema.

En 1957, Pío XII condenó la eutanasia, aunque distinguiendo entre medios "ordinarios" y "extraordinarios" de prolongación de la vida. Definía a éstos últimos como los que sólo pueden obtenerse a través de gastos injustificados o mayores sufrimientos, sin que su éxito estuviera asegurado. En 1980, el Vaticano reafirmó que no existe obligación moral de emplear dichos medios, y hasta llegó a admitir el empleo de medicamentos que alivien el dolor, aun acortando la duración de la vida.

 

El caso Karen Quinlan

En Estados Unidos se hizo célebre en 1976 el caso de la joven Karen Quinlan, varios meses en coma tras una lesión cerebral irreversible por consumo de alcohol y barbitúricos, cuyo padre obtuvo finalmente una sentencia favorable del Tribunal de New Jersey para poder cambiar de médico, pues el anterior, el doctor Morris, se negaba a desconectar los aparatos que mantenían inútilmente en vida a la desgraciada joven. Sin embargo, el tribunal requirió la consulta a un comité ético del mismo hospital, compuesto de médicos, trabajadores sociales y teólogos, y exigió la unanimidad de todos para quedar eximidos de responsabilidad.

Aquel mismo año se trató el tema de los derechos de los enfermos en una Asamblea de Parlamentarios del Consejo de Europa. En la resolución final se estableció que "lo que más desean los pacientes moribundos es morir en paz y con dignidad, si es posible con el consuelo y apoyo de sus familiares y amigos. De modo que se invita a los cuerpos responsables de la profesión médica en los Estados miembros a que examinen los criterios en los que se basan las decisiones respecto a la iniciación de los procedimientos de reanimación y la colocación de pacientes en cuidados a largo plazo que requieren medios artificiales para mantener la vida".

Todo esto ha coincidido con la aparición de instrumentos cada vez más sofisticados para la prolongación de la vida, y marca asimismo un gran auge en los movimientos pro derecho a la muerte digna. La mayoría de las asociaciones existentes surgen ya en la década de los setenta y lo que llevamos de los ochenta. Ya existen -y en muchos paíse más de una- en África del Sur, Alemania Federal, Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Colombia, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Holanda, India, Israel, Italia, Japón, Noruega, Nueva Zelanda, Suecia, Suiza y Zimbabue. Y en 1980, en una reunión celebrada en Oxford, se creó la Federación Mundial de Sociedades pro Derecho a Morir, en la que se integran la mayor parte de las existentes. La siguiente reunión tuvo lugar en 1982 en Melbourne (Australia), y la próxima este año se celebrará en Niza.

 

El 'testamento biológico'

Lo primero que defienden estas asociaciones es que la decisión sobre el empleo de esos medios extraordinarios para mantener la vida del enfermo en estado "terminal" pertenece al enfermo mismo. La asociación Hemlock define el estado "terminal" como aquel en el que a juicio de dos médicos el enfermo morirá con toda probabilidad en el plazo de seis meses. Y para el caso en que dicho enfermo se encuentre incapacitado para expresarse, se ha previsto el Testamento biológico (Advance Declaration, Living Will o Testament biologique), un documento firmado por anticipado por el enfermo en presencia de dos testigos, en el que expresa su deseo de no ser mantenido artificialmente en vida si sufre una enfermedad dolorosa sin esperanzas de recuperación; y en el que se pide que se le administre la medicación necesaria para mantenerle sin dolor ni sufrimiento, aunque ello acelere el momento de su muerte. En algunas asociaciones se añaden cláusulas especiales sobre donación de órganos, designación de personas que puedan decidir, o invalidación del documento durante el embarazo.

En estos documentos se solicita un tipo de eutanasia -"muerte buena" o dulce, o sin sufrimiento- llamada "pasiva", la que elimina los medios de prolongación de la vida. El célebre cardiocirujano sudafricano Dr. Barnard señala que esta "eutanasia pasiva" es practicada de una u otra manera en casi todos los hospitales del mundo y pone como ejemplo lo que suele suceder en las operaciones a corazón abierto, cuando el paciente está conectado a una máquina corazón-pulmón que le mantiene en vida durante la intervención. Si ésta fracasa, tras el período de reanimación el paciente sigue vivo mientras la máquina continúe funcionando. Cuando el médico da la orden de desconectarla "puede argumentarse -señala Barnard- que esta orden del cirujano mata al paciente... pero también puede decirse que de esta manera el médico le proporcionó una buena muerte a quien ya no podía vivir una vida buena".

La eutanasia "activa", esto es la que preconiza la acción del médico para abreviar la vida en una agonía dolorosa, es una opción más conflictiva, aunque no por ello deja de ser reivindicada por la mayoría de las asociaciones pro derecho a morir. Aunque ante la ley, hoy por hoy, seguirá tratándose de un delito aun practicada con el consentimiento del paciente, en la Conferencia Internacional sobre Eutanasia que se celebró en Tokio en 1976, se mencionaron las condiciones para poder poner en práctica esta eutanasia activa: inminencia de la muerte, dolor físico violento, deseo del paciente, y que se practique sin dolor por un médico. Un tribunal de Rotterdam estableció en una sentencia, en 1981, condiciones similares para la eutanasia activa, lo que convierte a esta ciudad holandesa en el único lugar del mundo donde es posible practicarla sin riesgos de persecución legal.

 

Arthur y Cynthia Koestler

La NVVVE -Asociación holandesa pro eutanasia- ha editado un documento con el propósito de colmar la laguna existente en los estudios de medicina en el país, donde no se enseña a los estudiantes los modos de practicar la eutanasia activa, mencionando cuatro familias de sustancias y sus dosis precisas. Otro de los defensores de la eutanasia activa es el mismo Dr. Barnard, aunque afirma que nunca la ha practicado por ser ilegal. Ante esta circunstancia, algunas de las asociaciones citadas han previsto la práctica de lo que denominan la "autoliberación", esto es, el suicidio pura y simplemente. Suicidio que deberá ser practicado en las mismas circunstancias que las exigidas para la eutanasia activa, aunque sin la intervención del médico, claro está. Para ello han editado documentos -"guías para la autoliberación"- que distribuyen entre sus miembros con instrucciones y consejos para poder poner fin a su vida de manera indolora y segura. Aunque en muchos países no se pueden editar estas guías ya que cualquier ayuda al suicidio está penalizada.

Se suele pensar que el suicidio sólo es posible en un estado de enajenación mental, de suma desesperación que aliena las facultades mentales del hombre, pues sólo así se concibe el acto de "desertar" de la vida. Pero ¿en virtud de qué principio estamos obligados a seguir vivos a toda costa y bajo cualquier circunstancia? ¿Es que hace falta estar loco para decidir lo contrario? Quien mantenga que su vida le pertenece sólo a él no necesitará de muchas justificaciones para hacer con ella. lo que quiera; pero no hace falta llegar a esos extremos, como lo muestra el caso del matrimonio Koestler.

El 3 de marzo de 1983, el famoso escritor Arthur Koestler y su esposa Cynthia pusieron fin a su vida voluntaria y deliberadamente. El céliebre autor de "El cero y el infinito" había ingresado en la Voluntary Euthanasia Society de Londres en 1969, llegó a ser uno de sus vicepresidentes, y hasta escribió el prefacio de la "Guía de autoliberación" editada por esta asociación. Los esposos Koestler fueron encontrados muertos en su domicilio, en una situación que el portavoz de la policía calificó como de "una escena de perfecta calma". Habían ingerido una fuerte dosis de barbitúricos. Él había escrito el año anterior una nota, encontrada después del fallecimiento, en la que se decía lo siguiente:

"El propósito de esta nota es hacer inconfundiblemente claro que intento cometer suicidio tomando sobredosis de drogas sin el conocimiento o ayuda de cualquier otra persona. Las drogas han sido obtenidas legalmente y guardadas durante un considerable período de tiempo... Las razones para poner fin a mi vida son simples y consisten en una enfermedad de Parkinson y una variedad de leucemia que mata lentamente (CCL). Mantengo esto último en secreto incluso para mis amigos más íntimos a fin de evitarles trastornos. Después de un declive físico más o menos sostenido a lo largo de los últimos años, el proceso ha alcanzado un estado agudo con complicaciones adicionales que hacen aconsejable buscar la autoliberación ahora, antes de que llegue a ser incapaz de tomar las disposiciones necesarias. Deseo que mis amigos sepan que dejo su compañía en un marco mental de paz, con algunas tímidas esperanzas de un despersonalizado después-de-la-vida más allá de los confines del espacio, el tiempo y la materia, y más allá de los límites de nuestra comprensión. Este "sentimiento oceánico" me ha sostenido en momentos dificiles, y también ahora, mientras escribo esto. No obstante, lo que hace más duro este paso final es la reflexión sobre el dolor que es obligado infligir a mis pocos amigos supervivientes y sobre todo a mi esposa Cynthia. Es a ella a quien debo la relativa paz y felicidad que he disfrutado en el último período de mi vida, y nunca antes".

Adjunta se encontró una nota similar de Cynthia Koestler en la que ella explicaba sus propias razones para el suicidio, pero que no ha sido publicada hasta ahora.

 

A la opinión pública

Uno de los aspectos fundamentales en las acciones de este tipo de asociaciones es el de promover la creación de un clima de opinión pública favorable, o al menos tolerante con estas reivindicaciones del derecho a la muerte; pero todo ello dentro de la legalidad más absoluta, y con todo el respeto debido hacia las opiniones contrarias de personas e instituciones, a las creencias religiosas y filosóficas que no las admitan. De hecho, las encuestas acostumbran a arrojar resultados muy favorables hacia las tesis de estas asociaciones pro derecho a morir, o al menos indican cierta tolerancia hacia ellas. En Gran Bretaña, un sondeo efectuado en 1976 señalaba que un 69 por cien de los encuestados estaban de acuerdo con que la ley permitiera a los adultos recibir ayuda médica para obtener una "muerte dulce" en caso de enfermedad incurable y de sufrimientos insoportables; sólo un 17 por cien se manifestaban en contra. Y entre los mismos católicos, el porcentaje favorable era de un 54 por ciento.

Otra encuesta más reciente hecha pública por la asociación Hemlock -con el título de "¿Quién cree en la eutanasia?"- establece las características de los miembros de esta asociación, que son unos 7.500, comparándolas con los de la asociación VES de Londres; algunas de sus conclusiones son las siguientes: En ambas hay más mujeres que hombres (en Hemlock el 65 por cien son mujeres) y predominan las edades avanzadas, el 54 por cien en Hemlock y el 67 por ciento en la VES. El 81 por cien de la primera y el 72 por cien de la segunda consideran que su salud es buena, y muy pocos se hallan seriamente enfermos. Y finalmente predominan entre ellos los agnósticos -49 por cien para Hemlock y el 57 por cien para VES-, seguidos de los protestantes, con un 27 y un 33 por cien, respectivamente.

La muerte no se puede evitar, pero el sufrimiento sí, en gran medida. Quizá sea éste el camino a emplear en este combate, naturalmente legal y pacífico, para conseguir el reconocimiento del derecho a la muerte. La manera de morir es una opción que a nadie obliga; pero tampoco nadie puede impedir la disponibilidad para elegir sus últimos derechos.

Miguel A. Lerma es profesor y miembro español de la "Voluntary Euthanasia Society", de Londres.

 

Bibliografía

Cómo elegir su vida, elegir su muerte, de Christian Barnard. (Argos Vergara, Barcelona, 1981).

Suicidio: técnicas, historia, actualidad, de Claude Guillon e Yves Le Bonniec. (A.T.E., Barcelona, 1983).

Who Believes In Voluntary Euthanasia (The Hemlock Society, Los Ángeles, 1983).

The La Right, de The Voluntary Euthanasia Society (VES, Londres).

Justifiable euthanasia: a manual for the medical profession (NVVVE, Amsterdam, 1978).

Números de 1983 del VES Newsletter (Voluntary Euthanasia Society)

Informes, recomendaciones y resoluciones de la Asamblea de Parlamentarios del Consejo de Europa.

International Conference of Euthanasia (Tokio, 1976).

World Federation of Right To Die Societies

 

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