Mariano Aguirre Sánchez-Covisa - Juan Antonio de s'Ajuntament

 

Agosto de 2007

 

Cuando el lamentable Fernando VII, “cruel y falso” en palabras de su no menos lamentable madre, marcha hacia Bayona a postrarse ante Napoleón, el ilustrado Mariano Luis de Urquijo, en Vitoria, ante la oprobiosa comitiva del príncipe, y tras de muy sesudas y certeras consideraciones, concluye que en España “el espíritu público no existe”. Juan Antonio Torres es un ser dotado de sentido común, sensibilidad y espíritu público; por ello, porque ha nacido en España, su existencia queda condenada a la perpetua infelicidad, ocasionada por la frustración crónica.

La conducta pública de Juan Antonio Torres, “en Juan Antonio de s´Ajuntament”, se caracteriza por el servicio desinteresado a la comunidad, lejos de cálculos mezquinos, parciales y sectarios. A Juan Antonio Torres lo mueven la curiosidad cultural, la recuperación cultural y el deleite cultural que ejerce y ejecuta por auténtico amor a la cultura, en el sentido más amplio de la palabra, esto es la civilización. No le mueven vanidades estériles, anhelos de prebendas o ansias de poder. Así pues… ¡pobre Juan Antonio! ¿Pobre Juan Antonio? Sí, pero sólo hasta cierto punto pues al no depender su trabajo ni su satisfacción personal del aplauso ajeno, ciertamente no se valorarán sus méritos, pero su conciencia personal, su valía y arrojo intelectuales brillarán más acendrados y auténticos, justificados en sí mismos, destacando precisamente contra el contexto indiferente o adverso en que han de subsistir e intentar manifestarse.

Existe un juego psicológico, a mi entender muy interesante y rico por cuanto da pie a ejercitar la rigurosa argumentación y obliga a la justificación verbal de nuestras libres opciones, en definitiva a razonar. Se trata de atribuir o adscribir a una persona determinada un animal, un personaje histórico, un país, una época, una obra literaria, etc. que le cuadren. Juan Antonio Torres es, estoy convencido de ello, dieciochesco y afrancesado. Ilustrado, racional, arruga la nariz ante el populacho estridente y zafio.

Juan Antonio de s´Ajuntament investiga, revuelve archivos polvorientos y apolillados, clasifica, colecciona, conserva, guarda. Con paciencia. Va luego relacionando, atando cabos y llega a un descubrimiento que posee un valor intrínseco, ciertamente, pero que contribuye sobre todo a anclar la historia de Ibiza y por tanto a dotar de sentido el presente. Desde luego no voy a descubrir la pólvora diciendo cómo nuestra época se caracteriza por lo efímero permanente –valga la aparente paradoja-, la subcultura televisiva, la compulsiva consigna de usar y tirar, el escándalo forzado, la provocación rutinaria, convencional, mecánica y necia, la amnesia colectiva y la entronización exclusivista del presente omnímodo y despótico. Por ello labores sordas, mudas, metódicas y silenciosamente apasionadas como la de Juan Antonio Torres son tan raras como necesarias; son, qué duda cabe, tablas de salvación para una sociedad frívola, chabacana, incívica, díscola, terriblemente ignorante como la nuestra.

En su suculento libro “Records d´Eivissa” descubre uno todo cuanto Juan Antonio Torres, desde su creativa y fecunda inquietud, ha hecho culturalmente por la ciudad de Ibiza, cómo se ha batido el cobre por que esto fuese algo más, y a ser posible mucho más, que discotecas, droga, playa y humo mediático. Entre otras cosas, allí también se lamenta de cuán difícil ha sido siempre institucionalizar algún acontecimiento cultural en la ciudad y en la isla, pues aunque los hubiera habido de magnitud y de aquéllos que emocionalmente marcan toda una época, los más fueron flor de un día, de dos a lo sumo. Afortunadamente, las “Jornadas Medievales” de Ibiza-Patrimonio de la Humanidad, de las que Juan Antonio Torres es el alma mater, han venido a desmentirle. Son ya siete las ediciones y la cosa tiene visos de permanecer, independientemente de los avatares políticos. Y eso ya es mucho y es muy de agradecer.

Juan Antonio Torres fue monaguillo pre-conciliar y seminarista. Ambas experiencias le enseñaron e inculcaron el valor del rito, la estética de la pompa y la organización del espectáculo colorista, vistoso y popular, que él luego, ya como seglar, sabrá aplicar tan bien desde la concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Ibiza. Hay también mucho en Juan Antonio Torres de esa Iglesia más rococó que barroca, desfanatizada, oficiosamente post-inquisitorial, humanizada y extrovertida, que es por ejemplo la austríaca de los tiempos de Mozart. Venga todo ello a matizar, o más bien a enriquecer y mejor delimitar, aquella aseveración nuestra anterior por la cual nuestro personaje es dieciochesco.

Cuesta concebir a Juan Antonio Torres fuera de los límites estrictos de Vila. Juan Antonio Torres es vilero hasta la médula y creo que es, por vocación y por instinto, la persona más urbana que existe en toda la isla. Dadas las dimensiones de ésta, y dada su historia, todo ibicenco es en gran parte rural. Juan Antonio no lo es ni remotamente e incluso osaría aventurar que hacia el campo alimenta una secreta aversión, que no en vano es en la ciudad donde se gestan la Historia y la cultura. Si el turco aleve sitiara la ciudad de Ibiza, Juan Antonio Torres, lejos de huir a la amena campiña isleña o a sus montes de pinos, subiría hasta Dalt Vila y por mucho que el otomano apretara el cerco, Juan Antonio Torres se comería los propios puños antes que rendir la amada ciudad de sus entrañas al infiel.

 

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