Manuel Maristany según Manuel Maristany

 

El autor de "La enfermera de Brunete"
nos cuenta algunos episodios de su vida
y la génesis de su novela.

 

Nací un 4 de marzo de 1930, un dato que figura en la solapa mi novela "La enfermera de Brunete". De modo que me resulta imposible ocultar a mis lectores mi edad venerable. Si a los sesenta años uno es un anciano, a los setenta es un fósil viviente. En una reseña de mi novela aparecida en no recuerdo qué periódico, un crítico amable me califica de "setentón jovial". Otro, "septuagenario". No me molesta. Lo tengo asumido. Tengo setenta y siete años y no voy a decir, como Bertín Osborne los suyos, 52, pero que "bien llevados". Los tengo y punto. Por lo menos he llegado hasta aquí y lo puedo contar.

Vine al mundo en una finca de la calle de Mallorca tocando al Paseo de Gracia. Es decir, en la tan traída y llevada derecha del Ensanche barcelonés, feudo tradicional de la burguesía catalana. No me avergüenzo en absoluto de pertenecer a ella. Estoy muy orgulloso. Un país sin una burguesía dinámica y emprendedora no va a ninguna parte, como no sea a la miseria más abyecta. Rumania, Albania y Cuba podrían ser tres buenos ejemplos de lo dicho.

A algunos críticos les ha sorprendido la detallada descripción que hago del castillo de Requesens, de sus castellanos, de sus invitados y de la pandilla de adolescentes que juegan a La Prueba de Valor en el estanque de la Fontana, y me han preguntado si soy aristócrata. Siento desilusionarlos: soy plebeyo. El arranque de mi novela me lo inspiraron los hermanos Geste, que juegan a batallas navales en el estanque de Brandon Abbas, Inglaterra, en la novela "Beau Geste", del escritor inglés P.C. Wren. Sergio Vila-Sanjuán, sagaz periodista de La Vanguardia, lo adivinó enseguida. Una escena que a mí me atrapó a la primera. Considero importantísimo el arranque de una novela.

También, como muchos lectores habrán sospechado, me eduqué en los jesuitas. El padre Ignacio Ortiz de Zabala de mi novela está inspirado directamente en el padre Ignacio Mur S.J., mi profesor de física, de grata memoria, el mismo que bautizó a mi hija Lorena, muchos años después de haber abandonado yo las aulas del colegio.

La trama de "La enfermera de Brunete" es pura fantasía. Imaginación. Por aquel entonces yo tenía seis años. Y, a tan tierna edad, uno no puede lanzarse al asalto de parapetos enemigos ni dejarse seducir por duquesas de bandera. El único pasaje verídico de mi novela es la fuga de Barcelona de Margarita Cabestany (mi madre, en realidad) a bordo del carbonero "Baden", con tres niños pequeños, uno de ellos un bebé de quince días. También es cierto que el mismo capitán le cedió caballerosamente su propio camarote para evitarle tener que dormir en un jergón de paja tendido en el suelo de las bodegas infestadas de ratas. Desde aquí le envío un mensaje de agradecimiento a su particular Walhalla germánico. El incidente del juego de las banderas intercambiado entre el "Baden" y el "Deutschland" también es rigurosamente histórico. Si no llega a ser por la intervención de ese providencial acorazado alemán, no lo contamos, y "La enfermera de Brunete" nunca se habría escrito.

Es cierto que me he inspirado en personas reales para construir mis personajes de ficción, como les ocurre a la mayoría de novelistas. Equivalen al motor de arranque de los coches. Por ejemplo, el notario Palol de Revardit me lo inspiró el notario Federico Trías de Bes, excelente persona, padre de un amigo y condiscípulo en nuestra vieja Alma Mater. En cambio, el Paparro y la Carmeta son auténticos. El primero enseñó a cazar a mi padre. La figura del Segador me la inspiró "el Campesino". No voy a decir quién me inspiró el atildado caballero Higinio Masferrer porque algún descendiente suyo podría molestarse (Josep Plá dedicó un libro a su padre). Laura… bueno, Laura. A Laura la dejaremos correr. La figura del duque de Montcada me la inspiró mi tío abuelo Pepe Vidal-Ribas. Y digo figura porque este señor, aunque tenía una facha imponente, no era militar. Mi madre también tenía trenzas rubias que se cruzaba en la cabeza, como Cecilia de Montcada. Su hijo, Javier, el protagonista de mi novela, me lo inspiró, muy vagamente, mi tío Alfonso, alférez de Regulares, caído en la batalla del Jarama a sus veintiún años recién cumplidos, a diferencia de Javier, al que le perdono la vida (de lo contrario no habría novela). Mis tías Margarita Maristany y Concha y Lola Marqués, que ejercieron de enfermeras en hospitales de campaña (sin que se les cayeran los anillos) también me contaron bastantes historias de la guerra y me confirmaron que la transfusión de sangre era una práctica corriente en aquellos años. Se hacía a la buena de Dios, porque entonces todavía no se habían descubierto los diferentes tipos sanguíneos. La de Soledad le sienta estupendamente bien a Javier.

En mi novela mezclo personajes reales, semirreales y ficticios. A algunos les he cambiado el nombre. A Blanca Álvarez de Toledo, amiga de la infancia, le he pedido permiso para poner su retumbante gentilicio a mi heroína. Me lo concedió en el acto. A su marido lo hago salir con nombres y apellidos. Lo mismo que a mi primo Juan Manuel Desvalls y a Ignacio de Fontcuberta. Igual que la enfermera rubia, María José Ortega, que lleva de la mano a un pobre oficial ciego en la Plaza Mayor de Salamanca.

¿Que mi novela es partidista? En cierto modo. Es inevitable. Como dijo Ortega y Gasset, creo recordar, "el hombre es él y su circunstancia". Uno no vive en el vacío. Mi circunstancia familiar es la que refleja mi novela, la única que conozco a fondo. No lo he podido evitar, aunque me esfuerzo en ser objetivo y no recargar las tintas. Leed el libro y ya me diréis. No soporto a los periodistas que me entrevistan sin haber leído la novela ni saber de qué va el tema. O que me preguntan si escribo con ordenador. Si me pillan en un mal día, les contesto que con una licuadora Moulinex.

"La enfermera de Brunete" es una novela, no un tratado de historia. La empecé a escribir en los años setenta del siglo pasado. Con ella sólo pretendo contar una historia que tiene lugar en aquellos años convulsos. Tampoco pretendo transmitir ningún mensaje ni influir en mis lectores. Que cada uno haga sus propias reflexiones.

Siempre me ha gustado escribir. Y pintar, dibujar y fotografiar. Mal que bien, me ha ganado la vida con mis fotos y reportajes desde que decliné dedicarme a la abogacía, carrera que estudié para complacer al autor de mis días (y que, modestia aparte, terminé brillantemente). Pero no me arrepiento: estudiar Derecho forma la mente y le educa a uno en el rigor conceptual, y en escribir con precisión y claridad. Decir lo máximo con las menos palabras posibles.

Empecé a escribir en el diario del colegio reportajes de excursiones, que fueron muy celebrados por mis condiscípulos. Un primo mío los conserva religiosamente. Pero prefiero que no me los haga llegar. De todas formas, el señor Bosch, mi profesor de literatura, me cateaba sistemáticamente aduciendo que siempre me olvidaba de los acentos. Continúo haciéndolo. Me marean. Los odio.

"La enfermera de Brunete" es mi primera novela, no mi primer libro. He escrito un montón de libros de viajes, de cuentos, de trenes... Mi primer libro publicado fue "Operación Impala" (1963), el relato de la aventura de cinco amigos a lomos de tres Montesas prototipos, que esta marca catalana puso en nuestras manos pecadoras para que las probáramos en el duro banco de pruebas africano. Sin GPS, ni teléfonos móviles, ni helicópteros de seguimiento, ni nada de nada. Solo un Land Rover de apoyo con la impedimenta. A la pura ventura. Al albur. Antes de emprender el viaje, don Pedro Permanyer, presidente de la citada firma, nos presentó un documento por el que nos hacíamos responsables de nuestra suerte y que Montesa se lavaba las manos en el caso de que acabáramos en la olla de los caníbales. Hicimos lo que hubiera hecho cualquier joven en circunstancias parecidas: firmar en el acto. Con los ojos cerrados.

Aquí tengo que aclarar que si yo merecí figurar en ese equipo de expertos, fue por mi condición de escritor y fotógrafo, no por mis dotes de motorista. Total que volamos de Barcelona a El Cabo, Sudáfrica, para iniciar la travesía de sur a norte, de cara a la cuadra. Después de tres meses de dura brega y habernos pateado más de 20.000 kilómetros a través de caminos embarrados, selvas, sabanas, desiertos, arenales, haber tragado polvo por un tubo y enfrentarnos a tribus hostiles (pero menos) aparecimos en Barcelona más muertos que vivos. Yo soy uno de los pocos españoles que goza del dudoso honor de haber medido África con sus costillas. Pero no me arrepiento. Fue la gran aventura de mi vida. Definitiva. Total. Todavía hoy, en 2007, circulan Montesas Impalas por las calles de Barcelona. Se ha convertido en una moto de culto. Cuando oigo su peculiar petardeo me emociono. No lo puedo remediar. Me trae a la memoria un montón de recuerdos felices amasados con polvo, sudor y pánico. Los malos se olvidan.

Debido al éxito de "Operación Impala", y fascinados por la aureola de expertos africanistas que nos habíamos forjado, un grupo de cazadores barceloneses me fichó para filmar un safari en El Chad. Muy bien pagado. Si acepté, fue, entre otras cosas, para hacer méritos delante de mi suegro, al que eso de ganarse la vida haciendo fotos y escribiendo novelitas le parecía poco serio. Cazar bichos indefensos nunca ha sido santo de mi devoción. Sobreviví a la mosca tsetse, a la malaria y a una estampida de búfalos y volví de Africa con una joven y traviesa mangosta (que llamé Rikki-tikki en honor a Kipling, por supuesto) que regalé a mi novia para hacer las paces. No fue una buena idea. Rikki-tikki era un diablillo que no paraba nunca y que llevaba por la calle de la amargura a Duke, el perro de mis suegros, un pacífico y bonachón collie, que Rikki-tikki hacía servir de colchón para dormirse enroscada en sus patas. El colmo fue cuando mordió a mi suegro, que la puso de patitas en la calle. Un poco más y me saca a mí. Rikki-tikki acabó en las fauces de un rottweiler del jardín vecino con muy malas pulgas. La parte positiva de la historia fue que cobré una buena suma por la película (y de paso aprendí la técnica del montaje cinematográfico) con la que compré el anillo de pedida a mi novia y una magnífica Hasselblad con objetivos intercambiables. Y aun me sobró dinero. La guinda del pastel fue que, dos años después, fui galardonado con el Premio Doncel de Narrativa Juvenil por mi cuento "Rikki-tikki", el relato de las diabluras y perrerías de mi infortunada mangosta, un animalejo que nunca asimiló por completo las pautas de conducta de un animal de compañía europeo y que pensaba que todo el monte es orégano. Y así acabó.

En realidad, el primer libro que escribí fue "Ha nevado en La Molina", un ramillete de experiencias deportivas, recuerdos juveniles y la descripción de la peculiar fauna esquiadora que poblaba ese popular centro de deportes de invierno de la Cerdaña, allá por los años cincuenta del siglo pasado. Lo escribí sin la menor pretensión. Cuando me saqué de la manga a Mari Pili, esquiadora novata y niña bien, jamás pude sospechar que un día muy lejano sería el detonante que llevaría a Planeta a comprar "La enfermera de Brunete" a Ediciones Vedrá, la primera editorial que se había atrevido a publicar mi mamotreto. Lo explico: fue a raíz de una crónica del antes citado Sergio Vila-Sanjuán aparecida en las páginas culturales de La Vanguardia, comentando un simposium (o como se quiera llamar) de libros escritos sobre La Cerdaña. Y terminaba diciendo: "y no se olviden de un librito delicioso, escrito por un tal Manolo Maristany, "Ha nevado en La Molina", en el que aparece Mari Pili, una niña bien que da la nota pija". O algo parecido, porque cito de memoria. Indignado, le contesté que de pija, nada de nada, sino que Mari Pili era una joven deportista, guapa, culta y encantadora. Acompañé mi nota de réplica con un ejemplar de "La enfermera de Brunete", con la indicación precisa de que La Cerdaña era uno de los escenarios de mi novela. Y me olvidé del tema. Un mes más tarde, aparecía una crónica ditirámbica de Sergio Vila-Sanjuán en las mismas páginas culturales, poniendo a mi novela por las nubes. La comparaba, nada menos, que con "El doctor Zhivago" y "Lo que el viento se llevó". No habían pasado ni quince días, cuando se me presentó en casa un representante de Planeta con un borrador de contrato y un generoso anticipo. Aquel día descorché una botella de cava y brindé por Mari Pili.

Después de mucho cavilar, he llegado a la conclusión de que la idea de escribir "La enfermera de Brunete" me la sugirió la lectura de "Los cipreses creen en Dios", de Gironella, porque su protagonista me pareció tan ambiguo, sacristanesco y paniaguado, que me juré a mí mismo que un día escribiría una novela con un protagonista joven, apuesto y valiente, y con una heroína de carne y hueso y con las tetas bien puestas. Nada de medias tintas. Hay que tener en cuenta que Gironella fue un seminarista rebotado, y esa pudibunda reserva suya, quieras o no, tiene que reflejarse en su novela. Nunca he creído en los antihéroes. A los lectores les cuesta identificarse con ellos. El amor, feliz o desgraciado, es un tema eterno que nunca falla, por encima de modos y modas. Sobre todo si está potenciado por el telón de fondo de una guerra implacable que empuja a los personajes a tomar decisiones terribles en situaciones límite.

Como he dicho antes, cuando estalló la guerra yo tenía seis años, de modo que no me enteraba muy bien de lo que estaba pasando. Sin embargo, presentía que se estaba cociendo algo muy gordo y que nuestras vidas pendían de un hilo. Yo mismo había contemplado el incendio de la iglesia de la Punta de Sitges. Mi familia y yo nos salvamos de puro milagro de caer en manos de los faieros y acabar tiroteados en una cuneta de la carretera de la Rabassada.

De alguna manera, la guerra me marcó. Las impresiones infantiles, no por inconscientes, son menos indelebles. Mi padre, sus dos hermanos y sus innumerables primos vivieron la guerra como una cruzada, con fe, con entusiasmo y con ilusión inmensos. Mi tío Alfonso, como he dicho antes, cayó en la batalla del Jarama. Mi tío Carlos, también de Regulares, salió con la pata ranca de la batalla del Ebro. Su primo Fernando Vidal-Ribas, de caballería, fue fusilado en los fosos del castillo de Montjuïch. Es posible que me inspirara en él para describir el fusilamiento de Gonzalo de Montcada en los fosos de Santa Elena, por los que me gusta perderme para escuchar el eco de los disparos venidos del más allá.

Desgraciadamente, ni mi padre, ni mis tíos y tías pusieron sus impresiones en el papel. Dejaron escapar tontamente la ocasión de dejar el testimonio escrito de sus vivencias bélicas. Verba volant, scripta manent. Las palabras se las lleva el viento, lo escrito permanece.

Considero que participar en una guerra es una experiencia enriquecedora (en todos los sentidos) que permite a un autor escribir con absoluto conocimiento de causa. Tolstoi nunca hubiera escrito "Guerra y Paz" de no haber participado en la guerra turco-rusa de 1840. A veces he lamentado no haber nacido a tiempo para participar en la nuestra. Para describir los hechos de armas que narro en mi novela, me he tenido que limitar a recrearlos con la imaginación y evocar el humo y el estrépito de las ametralladoras en las maniobras con fuego real en el campamento de Los Castillejos.

Aunque la idea de escribir una novela sobre la guerra civil hacía años que me rondaba por la cabeza, siempre aplazaba el momento de ponerme manos a la obra con la excusa de la falta de soledad, de silencio, de aislamiento, de despreocuparme de la brega diaria de ganarme la vida. Pensé que la llegaría a escribir si, durante un año o así, pudiera recluirme en un faro solitario, sin más sonidos a mi alrededor que el rumor de las olas batiendo el pie de los acantilados y los gritos de las gaviotas resonando en el aire. Excusas que me daba para engañarme a mí mismo. Paradójicamente, la escribí en mi casa, en la mesa del comedor, rodeado por el barullo que armaban mis hijos, robando horas al sueño, aporreando una vieja Hispano Olivetti, con un buen surtido de tipexs al alcance de la mano. Del silencio y la soledad de un faro, nada de nada. Prosaica y ruidosa realidad doméstica.

Aunque, a fuer de sincero, he de confesar que, cuando me puse manos a la obra, no estaba muy seguro de lo que quería contar. Tenía una vaga idea. La verdad es que estaba más desconcertado que un pulpo en un garaje. Tenía que contar algo y no sabía exactamente qué. Ni cómo empezar. "Los Cipreses..." de Gironella, como he dicho antes, fueron el detonante. El pistoletazo de salida. Una vez superado el pánico a la hoja en blanco, empecé a emborronar cuartillas. Poco a poco, el tema fue cobrando forma en mi cabeza. Hasta que un día venturoso lo vi todo claro. Desde el principio al fin. No obstante, la primera redacción de "La enfermera..." fue un auténtico parto de los montes. Parir más de cien personajes, meterme en su piel (¡de mujeres!), imaginarme la trama, sorprender al lector, mantener el adecuado grado de suspense, describir escenas de amor sin pasarme (no creo en el erotismo gratuito) y escenas de guerra con el suficiente verismo, no perder el hilo conductor, no rozar el melodrama, prever el desenlace, no incurrir en errores de bulto, cronológicos, confundir nombres ni personajes, y mil aspectos más, me supuso un trabajo ímprobo, agotador. Las terceras y siguientes redacciones fueron mucho más placenteras. Las situaciones fluían con naturalidad. Los personajes iban cogiendo viva propia. Incluso tomaban decisiones por su cuenta. Y tenía que matarlos. A sabiendas que mis lectores me tacharían de asesino. Mi mujer, la primera. No me importó. Me confirmó en la idea de que estaba creando personajes de carne y hueso. Ya he perdido la cuenta de los miles de horas que pasé sentado delante de la máquina de escribir, sin más compañía que una música lejana sonando en la penumbra de mi gabinete de trabajo. Noches enteras en blanco. Pero, una vez pillada la onda, me ponía como una moto y me daban las cuatro sin enterarme, y mi mujer venía a preguntarme si me había dado algo. Sin embargo, la redacción de "La enfermera de Brunete", en conjunto, no ha sido precisamente un camino de rosas. Más bien de rosas y de espinas. Más de una vez me atascaba. Me ocurría lo mismo que cuando empecé a practicar judo (un deporte fascinante, dicho sea de paso). Viendo que no adelantaba ni poco ni mucho, confesé mi desánimo al maestro Birbaum (noveno dan) que me contestaba con laconismo oriental: "Ve al tatami y continúa entrenando". Aunque era europeo, se le había puesto cara de japonés. Como la del coronel Saito, del Puente del río Kwai. De modo que volví a aporrear mi vieja Hispano Olivetti. A veces, la solución me asaltaba a media noche, como un relámpago de luz que ilumina las tinieblas. Entonces me levantaba, la apuntaba en una libreta y me volvía a dormir más tranquilo.

Y con esto no quiero decir que la inspiración me vino del cielo. La inspiración es producto de interminables días y noches de reflexión y haber escrito miles y miles de páginas (y roto otras tantas) y leído miles y miles de libros. Buenos y malos. Lo afirma Stephen King, el rey del terror. Confieso que soy un lector compulsivo y tenaz. A veces, la inspiración me venía en los lugares más insospechados. Paseando con mi perro por la Carretera de las Aguas. La escena de Javier y Soledad cenando tête-à-tête en el Hotel María Cristina me vino en una boda en el Hotel Ritz, haciendo ver que prestaba atención a la paliza que me estaba pegando mi vecina de mesa, que debió de pensar que yo era tonto de remate. Odio las bodas, el corte de la tarta, el reparto de muñequitos y el numerito de las servilletas.

Reconozco paladinamente que me he tomado algunas licencias, alterando fechas, nombres propios y lugares. Por ejemplo: nunca hubo una manifestación revolucionaria en la Plaza de San Jaime la noche del 20 de julio del 36. Creo que fue frente a la comisaría de policía de Via Laietana. Empleo el término parapléjico, cuando este trauma cerebral no se llamaba así. Exagero deliberadamente la dureza de la fuga de Cecilia y sus hijos Javier y Gonzalito a través de los Pirineos por el Pas dels Lladres. Es una caminata que no mata a nadie. Más bien la sitúo en el Coll de Finistrelles, mucho más alto y escabroso. Aunque no creo que muchos lectores se tomen la molestia de ir a comprobarlo personalmente. El río fronterizo al que van a parar los fugitivos tampoco es el Segre, sino el Vanera, un modesto afluente suyo. Pero Bell Prat existe. También retraso la fecha de la batalla de Brunete para hacer coincidir la recuperación de Javier con su aventura con Soledad al calor de un fuego de encina chisporroteando en la chimenea de El Robledal.

La primera redacción de "La enfermera de Brunete" la envié al Premio Planeta de 1977, con otro título: "El Foso". Aunque fue finalista, no llegó a ser publicada. ¡A Dios gracias! Era malísima. Infumable. A partir de entonces la fui reescribiendo a medida que los diversos editores a los que la presentaba me la tumbaban con diversas excusas: que si era de derechas, que si sus personajes eran lineales, que empleaban un lenguaje pomposo. En el fondo, les estoy muy agradecido porque me han permitido pulirla, corregirla y afinarla. Se aprende de los errores. A escribir se aprende escribiendo.

En cuanto a mi forma de escribir, he seguido el consejo que Bertrand Russell da a los escritores noveles: un lenguaje claro, llano y sencillo, como el que emplearía un hijo para escribir una carta a su madre. Desconfío de los estilos artificiosos, enfáticos y alambicados. He huido como de la peste de un exceso de erudición, de grandilocuencia, de pedantería intelectual, hoy tan de moda. Tampoco he convertido mi relato en un "artefacto lúdico". ¡Dios me libre! Ni he tratado de ensayar "literatura creativa", "literatura experimental", suprimiendo puntos y comas a mansalva, dejando el texto convertido en un mazacote indigesto. La literatura es buena o mala, sin adjetivos. Me he esforzado en ir al grano, prescindiendo de un detallismo superfluo, que sólo consigue distraer al lector, si no es que lo irrita. Si hubiera seguido el estilo de los novelistas rusos, mi novela habría podido perfectamente tener tres mil páginas en lugar de mil.

Hablando de estilo, he desarrollado el mío propio después de haber abandonado la tentación de imitar el de tal o cual autor famoso. El fondo es importante, pero el estilo no lo es menos. Del estilo depende que el lector quede enganchado. Pero que me cuelguen si sé cómo lo he conseguido con mi forma de escribir. ¿Ciencia infusa? No lo sé.

Aunque la acción de mi novela transcurre en una guerra feroz, me he permitido intercalar pinceladas de humor, para dar un respiro al lector en medio de tanta tragedia. Humor es lo que les falta precisamente a los novelistas rusos. Sus personajes nunca se ríen, no gastan chistes; su severidad, su sentido trágico de la existencia resultan aplastantes. Me abruman. La ironía brilla por su ausencia. Si me encantan los autores ingleses, incluso los más serios (el antes citado Bertrand Russell, por ejemplo) es precisamente porque, de vez en cuando, dejan caer unas finas gotas de humor que despiertan una velada sonrisa en el lector y hacen la lectura del mamotreto más llevadera.

En cierto modo, escribí "La enfermera de Brunete" pensando, inconscientemente, en su posible película, empleando la técnica cinematográfica de cortar un plano para hacer progresar la acción. Otro truco que he utilizado con frecuencia es el flash back, un recurso literario que desconocían los escritores decimonónicos.

Antes he dicho que empecé a escribir la novela con una máquina de escribir manual. Luego me pasé a la eléctrica y finalmente al ordenador personal, que no sé por qué diablos se llama así. A mí no me ha ordenado nada. A veces, incluso, he tenido la tentación de asesinarlo. Aunque reconozco que tiene muchas ventajas y facilita mucho la escritura. Pero de la misma manera que no tengo teléfono móvil, tampoco me he conectado a la red, la panacea contemporánea que lo resuelve todo. Ni distingo un chat de un blog o de un e-mail. Me suenan a chino. Si uno no ha alimentado previamente su personal disco duro, dedicando miles de horas a la lectura, es muy difícil que sepa qué buscar. Digamos que es un problema de carencia de cultura general. Cultura no debe confundirse con información.

Toda la información de mi novela la he sacado de libros, incluso de una vetusta edición de la enciclopedia Espasa que heredé de una tía mía que jamás la había consultado. También he pasado largas horas leyendo libracos polvorientos bajo la noble arquería gótica de la Biblioteca de Cataluña de la calle Hospital. Una experiencia maravillosa, sublime. Un buen libro, aparte de que se puede tocar, despide su propio perfume. Internet huele a rayos.

La descripción de los diversos escenarios de mi novela tampoco me ha costado nada. Me he limitado a recordarlos. Mi familia y yo pasamos la guerra en San Sebastián. Muchos años después, finalizada la contienda, viajé a la Bella Easo y casi se me saltaron las lágrimas cuando me asomé a La Concha y aspiré su inconfundible sabor a algas y marea baja. Pero eché de menos el "bocarta, bocarta" de las pescaderas donostiarras resonando en las calles del barrio antiguo y los melancólicos compases de Chaparrita en el Xauen, al final de la avenida. Se los había llevado el vendaval de la historia. Menos mal que los tamarindos de Alderdi Eder continuaban en su sitio y que el Urumea seguía fluyendo hacia el Cantábrico, indiferente y distante, musitando sus consejas bajo los puentes de María Cristina y Santa Catalina.

Las demás ciudades y escenarios de batallas tampoco me han costado. Lo cual se lo debo a mi afición al ferrocarril, en primer lugar, y a los puentes medievales del Duero, en segundo. A finales de los años sesenta y principio de los setenta, los trenes de vapor, los trenes por antonomasia, iniciaron un declive imparable. De modo que, cámara en ristre, me eché al monte dispuesto a cazar los últimos ejemplares que aún corrían por las vías españolas. No sólo me divertí, sino que me gané la vida publicando varios libros sobre el tema. Modestia aparte, he sido el escritor-fotógrafo pionero en este campo en España. Mi primer libro de temática ferroviaria, "Adiós viejas locomotoras", tiene en la actualidad valor de incunable.

Agotados los trenes, me dio por fotografiar los puentes medievales de Cataluña, sobre los que publiqué un libro, "Puentes de piedra de Cataluña", que me pateé de cabo a rabo con fervor de arqueólogo. En vista del éxito, quise repetir la experiencia con los viejos puentes del Duero (prácticamente toda Castilla la Vieja) pero, desgraciadamente, no encontré "sponsor".

Un lector, coronel por más señas, se ha asombrado de mis conocimientos de la cosa militar. No tiene ningún misterio: hice mis prácticas de alférez de complemento en el Batallón de Cazadores de Montaña Alba de Tormes 35, de guarnición de Puigcerdà, donde conocí a la mula Faraona en persona y al excelente y fogoso sargento Martínez, burgalés de pro. Su descripción no me costó nada. Me limité a evocarlo. Si un algún día me lee, le agradecería que se pusiera en contacto conmigo para recordar nuestra accidentada patrulla por la sierra del Cadí y la desesperada lucha que sostuvimos para reducir a la condenada mula Faraona. En Puigcerdà, tuve también ocasión de ejercitar mis modestas dotes de caballista. Me encantan los caballos, los animales en general, de la misma forma que detesto los zoos, presidios infames de animales inocentes.

En otro orden de ideas, no creo que vuelva a escribir una novela semejante. Tengo para mí que un autor sólo puede escribir una novela en su vida, una gran novela, su opus magna. Otra novela sería una mera repetición de "La enfermera...", de baja intensidad. Tal vez lo intente. Miento: la estoy escribiendo, para entretenerme. A la espera de que traduzcan al inglés "La enfermera..." y la lleven a la pantalla. Me lo ha asegurado Carmen Balcells, la agente literaria que se ha hecho cargo de mis asuntos librescos.

Finalmente, the last but not least. Y perdonad la redundancia.

La dedicatoria de mi novela "A un viejo amor que murió sin darme tiempo a pedirle perdón" ha desatado muchos comentarios y especulaciones en mi círculo familiar y social. Adelanto a los curiosos que ese viejo amor pertenece a la esfera de mi vida privada, a mi pasado. No confesaré su nombre ni bajo amenaza de tortura. La vi por última vez en el verano de 1962, en una fiesta homenaje que nos dieron a los componentes de "Operación Impala" en una quinta en la Costa Brava, en una terraza asomada al mar. Bailé con ella. A los compases de "Only you". A la luz de las estrellas. Aquel mismo otoño se casó. Pasaron los años. Muchos. Demasiados. En 2005, recién terminada la redacción definitiva de mi novela, decidí dedicársela, de acuerdo con mi costumbre de dedicar todos mis libros. A modo de expiación. Era la persona que más se lo merecía. Pero cuando traté de ponerme en contacto con ella para darle la buena noticia, un amigo común me informó de que había muerto dos años antes. Me quedé literalmente de piedra. No diré que se me saltaran las lágrimas, pero faltó muy poco. Espero que la pueda leer en el cielo. Y que me perdone.

 

Manolo Maristany - Manuel Maristany...