Federico Mayor Zaragoza - Los tres sobres (cuento ruso)

 

El País, 13 de noviembre de 1982

 

"¿Todavía habla bien de usted?" Asentí vigorosamente, haciendo con los labios y la cabeza gesto de convicción plena, que quizá logró ocultar mi sorpresa. "Pues dejará de hacerlo, ya lo verá. Es lógico que sea así..." Esta fue la inesperada respuesta que recibí del secretario general de la Academia de Ciencias de la URSS cuando le propuse que hiciéramos una visita de cortesía al rector, que hacía pocas semanas me había sucedido al frente de la Universidad de Granada. Hace diez años, casi justos. Skryabin, acompañado de otros colegas soviéticos, visitaba la Dirección Provincial de Sanidad de Granada, donde habíamos instalado, en plan piloto, el primer centro de detección precoz de algunas enfermedades que cursan con retraso mental. Conocía a Skryabin desde 1961, cuando asistí en Moscú al Congreso Mundial de Bioquímica. Oparin, Spirin, Engelhard... Desde entonces habíamos estrechado los contactos entre los científicos de ambos países, hasta el punto de que Alexander Spirin fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Granada, una de las más antiguas pero más modernas universidades españolas. Entonces, cuando las relaciones con la Unión Soviética eran más difíciles que ahora, porque los científicos son, por la propia índole de la comunidad académica, los más avanzados —todavía más que los comerciantes— en el establecimientos de relaciones entre pueblos. Cuando otros lazos son impensables, los investigadores, los artistas, los intelectuales, inician el camino...

Pero volvamos a nuestra historia. Decía que la respuesta de mi amigo Skryabin considerando inexorable que mi sucesor hiciera recaer sobre mí buena parte de sus infortunios —profecía que, por cierto, se cumplió al poco tiempo generosamente, si merecida o inmerecidamente no me corresponde a mí decirlo— me había causado gran perplejidad. Al advertirlo continuó: "¿Conoce la historia de los tres sobres? Es un viejo cuento ruso que se aplica a todas las transmisiones de responsabilidad. Nada más real que la experiencia popular", añadió, con el fin de que siguiera atentamente su relato (relato largo, bellamente adjetivado, acompañado de profusa mímica, aleccionador... como suelen ser los cuentos y los brindis rusos).

"En el momento del relevo, el que se va entrega discretamente al que llega tres sobres, numerados 1, 2 y 3, y le dice que los guarde en el cajón central de su despacho y que cuando esté muy apurado los abra en el mismo orden. Pasados los primeros días, a veces las primeras semanas, se desvanecen las favorables perspectivas iniciales; todo está muy difícil, los problemas son muchos y muy acuciantes..., y, en la soledad de su oficina, el nuevo en el cargo decide abrir el primer sobre que le dejara su antecesor. La carta que contiene dice escuetamente: "Hable mal de mí. La culpa la tengo yo". Incluso a pesar suyo, la aplicación de esta fórmula se revela positiva y, en efecto, transcurren varios meses en los que la referencia a los errores anteriores, al "lamentable estado en que me han dejado todo esto" o "la falta total de visión de mi predecesor", etc., permite ir trampeando la situación. Pero, claro está, llega un momento en que la toma de posesión queda ya demasiado lejos para escudarse en ella. Y las cosas no van muy bien, para qué negarlo, porque es difícil, muy difícil, que las cosas, cada vez más complicadas —decía Skryabin como frecuente tonadilla de su historia— puedan mejorarse de forma patente y se llega otra vez a una situación en la que solo y acosado abre el cajón central de la mesa y extrae el segundo sobre. Su contenido reza así: "Con las presentes estructuras nada puede hacerse. Cámbielas". La reforma estructural proporciona a nuestro hombre grandes satisfacciones personales y origina brillantes expectativas. Durante algún tiempo, las modificaciones introducidas —algunas de ellas tan irrelevantes, hay que reconocerlo, como pasar los negociados de la planta segunda a la sexta y los archivos de la sexta a la segunda— confieren buena imagen y se reciben plácemes de los superiores.

Pero, aunque sólo sea por la propia erosión que produce el ejercicio de cualquier cargo, cuando no por la más frecuente razón de ineficiencia o incompetencia en su desempeño —y aquí mi colega soviético adoptaba una expresión sombría y fatalista— se llega a un punto, más o menos tarde, en el que tampoco las estructuras son ya remedio para los graves problemas que por doquier rodean al protagonista de este relato.

Las circunstancias son tales que, aun sabiendo que se trata de su último recurso, abre nerviosamente el tercer sobre: "Vaya escribiendo a prisa otros tres sobres para su sucesor. Su cese es inminente".

Con frecuencia, desde entonces, a veces con el propio Skryabin, he recordado esta espléndida historieta rusa. Hoy lo hago de nuevo, con la profunda complacencia con la que el fundamental cambio operado en nuestro país permite recontarla.

Sí: estamos de enhorabuena. Primero, porque ya no hay ceses fulminantes en el relevo de la Administración del Estado, sino ordenada transferencia de funciones, de acuerdo con los resultados de las urnas, unánimemente respetados. Segundo, porque —con independencia de que en ocasiones las recomendaciones del primer sobre puedan ser merecidas, y las del segundo razonables— la deseable alternancia en el poder, propia de un país democrático, hace que la transmisión no se realice entre enemigos ni adversarios, sino entre personas que están de acuerdo en lo sustancial, en el marco general de convivencia, en el modelo de Estado, y difieren, lo que hace precisamente posible la alternancia, en el enfoque y en la metodología políticas. Tercero, porque gracias al Parlamento y a la transparencia pública de la gestión no es necesario (y a menudo improcedente) recurrir a los resortes del cuento ruso.

Y por último, pero en primer lugar, porque los que ocupan cualquier cargo en países realmente libres se saben observados por el gran protagonista de la democracia: el pueblo. En la España actual, los que en un momento dado se van facilitan al máximo la llegada de sus sucesores y se preparan intensamente para volver a merecer la confianza del pueblo, porque el desgaste propio del Gobierno no significa erosión de ideales. En la España actual, y ya para siempre, los que son relevados en un cargo dejan a quienes les sustituyen mucho más que los tres sobres: la seguridad de su cercanía y asistencia, por la común lealtad al Estado al que sirven, en todas aquellas cuestiones en que, por su relieve o trascendencia, fueran requeridos.

(El Sr. Mayor Zaragoza era ministro de Educación y Ciencia cuando escribió el presente texto).

 

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