Miguel Ángel González - Elogio y elegía de los viejos barcos

 

Agosto de 2006

 

Desde la rotonda del faro, he visto entrar en el puerto una motonave de perfil futurista que, más que navegar, parecía que volaba sobre grandes patines. Y como me han venido a la memoria los viejos barcos, he pensado, tal vez para justificar tan anacrónica evocación, que el tono inevitablemente nostálgico que en ocasiones tiñe los recuerdos no significa que uno prefiera aquellos achacosos buques, que consumían toda una noche en alcanzar las islas desde el continente, a los modernos catamaranes y ferrys que hoy cubren el mismo trayecto en sólo tres horas.

Sucede que uno tiene la certeza de que con el cambio se han perdido vivencias que, en nuestra agitada vida de hoy, podemos calificar de insólitas y extraordinarias. Lo que quiero decir es que el hecho de beneficiarnos de la velocidad que nos proporciona, por ejemplo, una lancha con un poderoso motor fuera borda, no nos impide disfrutar de la navegación a vela en un pequeño llaüt que, movido por el viento, se desliza sobre el mar en absoluto silencio. Esta buena convivencia que en algunos aspectos todavía conservamos entre el vértigo de la velocidad y la placidez de la lentitud, es, en otra escala, lo que en el caso de los grandes paquebotes hemos perdido. Alguien dirá que el barco-correo presta un servicio público y que, por razones de rentabilidad, no podía quedarse anclado en el pasado. Y es cierto. Pero sólo en parte. Porque la evolución hubiera podido hacerse en otra dirección. Lo prueba el hecho de que las navieras sigan ofreciendo circuitos mediterráneos como pretexto para hacer del viaje -de la travesía marítima-, un producto vacacional que, lejos de primar la prisa, ofrece precisamente lo contrario, la relajación y el placer que, con ciertas comodidades, pueden proporcionar el mar y la misma navegación. Otro ejemplo de la resurrección del "viaje a la antigua' lo tenemos en los viejos ferrocarriles de vía estrecha que se han venido recuperando o que todavía conservamos -Trascantábrico, Al-Andalus o el pequeño convoy que une la ciudad de Palma y Sóller, en la vecina Mallorca-, trenes que conviven con el AVE, que tienen el encanto de la lentitud y que permiten al viajero -todavía hoy- abrir las ventanillas, disfrutar del paisaje y oler, si se tercia, el perfume de los naranjos.

Pero no quiero llevar al lector al terreno de mis ingenuas añoranzas, porque sé muy bien que la lírica no fue la tónica de los viejos barcos que olían a pintura y vomitona, que soltaban por la chimenea la misma carbonilla de los trenes y que cuando nos tocaba viajar en cubierta, además del frío, nos regalaban el tufo de una fauna variada de gallinas y conejos que viajaban en jaulones, amén de caballerías de las que sólo nos separaba un grueso toldo. Con ello quiero decir que lo que yo recuerdo con cierta melancolía de los viejos barcos no son aquellas incomodidades, sino sus virtudes, que también las tenían. Era el caso del increíble escenario que ofrecían en su 'clase preferente': grandes salones -piano incluido- con cortinajes de terciopelo rojo, mullidas alfombras, comodísimos sillones y divanes, escaleras con pasamanos torneados en maderas nobles, techos artesonados y majestuosas arañas de cristal que, más que en un barco, nos situaban en un pequeño palacete. Los camareros iban escrupulosamente uniformados -pantalones negros, zapatos relucientes, chaquetilla blanca, botonadura dorada y pajarita-, y servían las mesas como si los comensales estuvieran invitados a una cena de gala. En aquellos tiempos garbanceros y grises -años cuarenta y cincuenta del siglo pasado-, quienes podían viajar en 'primera clase' entraban en aquellos escenarios proustianos como si fueran los protagonistas de una película. Y lo sorprendente es que también nosotros, los sufridos viajeros de 'tercera clase', conservamos un recuerdo entrañable de aquellos barcos. Posiblemente, porque el viaje tenía todavía un sentido iniciático, un poso de aventura y un aire romántico que hoy hemos perdido. En aquellos barcos, las despedidas eran lentas, era lento el viaje y eran lentas las arribadas. Pero precisamente por eso las islas conservaban el plus exótico que les daba la insularidad, el aislamiento y el hecho de ser lugares especiales, distintos y distantes. Viajar requería tiempo y la duración de la travesía nos hacía conscientes de aquella separación, de aquella distancia, de aquel alejamiento. De aquí que apreciáramos más que hoy el viaje y el hecho de llegar a las islas. En los velocísimos catamaranes de ahora, el pasajero va encapsulado en cabinas de las que no puede salir y, en caso de temporal, puede verse obligado a utilizar el cinturón de seguridad. El pasajero pierde la sensación de navegar y, más bien, parece que vuela. No siente el aire salobre en su cara ni goza de la visión del oleaje. No puede tumbarse en una chaise-longue en la cubierta arropado con una manta y ver como las gaviotas, atentas a los ojos de buey de las cocinas, siguen la estela del barco. Posiblemente, aquellos barcos -en lo mejor que tenían, no en sus defectos- son ya irrecuperables. De hecho, los cruceros a los que hacía referencia ofrecen tal mixtificación en sus ofertas -tiendas, piscinas, cines, peluquerías, casinos y excursiones a golpe de pito en sus precipitadas escalas-, que tampoco han conseguido recuperar aquellas virtudes de los entrañables paquebotes que, por lo que parece, definitivamente, sobrevivirán sólo en la memoria.

 

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