Miguel Ángel González - El tren salinero

 

Junio de 2006

 

Mis abuelos, los padres de mi padre, vivían en Garrovillas, en la provincia de Cáceres, muy cerca ya de la frontera portuguesa, y en ocasiones, siendo todavía un niño, había ido a visitarles. El viaje desde Ibiza implicaba, después de la travesía en barco que nos dejaba en Valencia o Alicante, coger uno de aquellos trenes de carbonilla y asientos de madera en la tercera clase que para atravesar la meseta consumía veinticuatro horas, es decir, todo un día para llegar desde el mar a Madrid y una noche para alcanzar tierras extremeñas.

Con su monótono traqueteo y sus nostálgicos silbidos, aquellos trenes que llamábamos entonces de 'largo recorrido' me fascinaban. Posiblemente, porque, sin que yo tuviera la sensación de moverme, veía pasar el mundo por la ventanilla. Y no parecía que el tren avanzase arrastrado por una locomotora que no veía, sino que, sorprendentemente, el paisaje corría hacia atrás.

Aquella experiencia del tren me acompañaría siempre y, de hecho, cuando regresábamos a Ibiza, era tal la murga que le daba a mi padre que, montándome en el portante de la bicicleta, tenía que llevarme a las Salinas para que pudiera ver el único tren que había en la isla. Recuerdo que en las cuadrículas acuáticas, las aguas se veían como superficies inertes y metalizadas, de manera que el pequeño tren era como de juguete y uno tenía la impresión de que se desplazaba misteriosamente sobre la lámina líquida de los estanques; como un gusano negro y articulado, con crestas blancas en cada uno de sus anillos por la sal que colmaba sus vagonetas; un gusano, en fin, asmático y voluntarioso, que respiraba por su pequeña chimenea y avanzaba sin ninguna prisa. Sus raíles -que todavía podemos ver entre los estanques- eran de 'vía estrecha', como los que tienen todavía los trenes de las cuencas mineras. Aquel tren salinero, sin embargo, a pesar de su escala reducida, funcionaba como los trenes más grandes y la mayor diferencia con ellos no estaba en su tamaño, sino en aquel silbido rural y familiar que en el pequeño tren de la sal era como de cabrero. Y otra diferencia estaba en que resoplaba como un animal que arrastraba más carga de la que podía llevar, de forma que todo él, como si estuviera a punto de descuajeringarse, chirriaba, se estremecía penosamente y en sus giros se retorcía como si quisiera morderse la cola. Los obreros cargaban la sal de los estanques a paletadas -como si aventaran-, y el pequeño tren la transportaba hasta una gran plataforma donde volcaba su rosario de vagonetas y donde se formaba una montaña como de nieve. En un segundo trayecto, el tren iba desde aquella montaña que se convertía en una cegadora cantera de cristal hasta un depósito donde unos operarios la troceaban con grandes martillos, muy cerca ya del pantalán de madera donde atracaban las gabarras y los barcos. Aquel tren, en fin, ignoro por qué, me proporcionó siempre imágenes insólitas y surrealistas, como la que más de uno recordará en la mismísima Alameda. Sucedió que la Compañía Salinera tuvo que cambiar la locomotora y, tras una larguísima espera, un día, por fin, llegó en el barco-correo. El problema que se planteó fue su transporte hasta la Canal porque en aquellos años no existía ninguna grúa capaz de levantar su peso y mucho menos un camión que pudiera cargársela en su caja.

El caso fue que los expertos ya tenían preparada una ingeniosa solución: por una rampa de gruesos tablones, la máquina bajó a los muelles por el peregrino sistema de empalmar raíles delante de la máquina, de manera que ésta pudo avanzar por sus propios medios. Aquella fue la única solución que se encontró para llevar la locomotora desde el puerto a las Salinas y, como cabe suponer, el esforzado transporte se convirtió para los chavales de la Marina en un espectáculo gratuito. Una cuadrilla de hombres recogía los raíles que la locomotora dejaba al avanzar a sus espaldas y los colocaban inmediatamente delante de la máquina en una cadena sin fin. Así se hizo hasta llegar a la Canal. Ignoro el tiempo que tardaron en cubrir los nueve kilómetros del trayecto, pero quien quiera saberlo puede localizar el dato en la hemeroteca de Diario de Ibiza. Las salinas de Formentera han conservado una de aquellas locomotoras y es de suponer que la "Salinera" tiene también alguna de aquellas máquinas que pueda, como poco, ornar una rotonda y recordarnos su función. Será imposible, en cambio, recuperar cualquiera de las gabarras que transportaban la sal a los barcos que, por su calado, no atracaban en los pantalanes. Una pérdida irreparable para el imprescindible museo del mar que, incomprensiblemente, en una isla que durante siglos ha vivido del mar, aún no tenemos.

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