Miguel Roig  -  Belén Esteban en una casa de muñecas

 

Introducción  al libro  "Belén Esteban y la fábrica de porcelana. Las múltiples vidas de un personaje en la hiperrealidad"

Madrid,  30 de septiembre de 2010

 

“Usted  [Belén Esteban]  es un personaje socialmente interesante”
JAIME PEÑAFIEL,  “Sálvame Deluxe”,  24 de diciembre de 2009

El espíritu del tiempo se manifiesta en todas partes. En su edición de junio de 2010 la revista Esquire, publicación mensual dirigida al público masculino, presenta una novedad curiosa. Como es habitual, en la portada aparece la foto de un personaje público, un varón destacado que enfrenta al lector desde un severo primer plano. En ese número se trata del músico Iggy Pop, pero al volver la portada, nos encontramos con una segunda donde aparece Bon Jovi, y al pasar la página con una tercera retratando a Prince. El detalle es que hay un leve troquel que permite seccionar en tres partes las portadas y jugar formando distintos rostros. “Rompe y juega”, se invita desde un lateral, hasta armar un total de veintisiete combinaciones posibles. La portada principal viene con una pregunta: “Y tú: ¿no necesitas ‘caras nuevas’?” La operación de la revista parece cubrir la necesidad de producir roles nuevos en personajes conocidos para que estos sigan circulando, sean potables, o den juego, tal como se sugiere en el texto. A pesar de ser todo un icono, Iggy Pop necesita el apoyo blando de Bon Jovi y de la sofisticación de Prince. Entre los tres se produce un híbrido que da “juego” a la monotonía mensual de Esquire.

Belén Esteban no es artista, ni periodista, ni actriz, ni nada de nada. Es alguien del montón que posee el atributo de cambiar de rostro, no solo en una clínica de cirugía estética sino durante un bloque de anuncios. Si tomamos algunas breves secuencias de su vida registradas por la cámara desde la primera aparición, cuando aún su rostro aún poseía el candor de quien ha dejado la adolescencia antes de salir a la calle hasta la emisión de Sálvame de esta tarde, y las montamos de manera aleatoria, veremos una multiplicidad de personajes y roles que, si bien giran sobre el mismo eje, pertenecen a alguien que puede mutar a la velocidad que lo exigen los índices de audiencia.

Como una matrioska, Belén Esteban actúa con total flexibilidad. Durante una emisión puede echarse a llorar para, acto seguido, arengar a la audiencia con una exigencia dirigida a un político, pasar luego a responder de manera encendida a una supuesta ofensa de un familiar del padre de su hija, y terminar enseñando el último paso de baile que aprendió. Como una muñeca rusa, Belén Esteban va cambiando de rol en rol, madre a vecina, ama de casa, alumna de baile y ciudadana desencantada: nada que le sea ajeno al público que sigue en directo su devenir. No por manido se puede eludir la condición posmoderna del personaje que se narra sin interrupción, a la deriva total y conectando con aquello que la contingencia le pone delante de sí cada tarde.

Cuando Belén Esteban aún no tenía veinte años, Telecinco, la entonces nueva cadena privada de televisión, ponía en circulación a un grupo de bailarinas italianas, las Mama Chicho. Con muy poca ropa, cierta reminiscencia de la estética propia de las revistas, las Mama Chicho cantaban una canción repetitiva y pegadiza. Según pasaron los noventa, las variedades fueron dando paso a los primeros talk shows y a los reality shows, alcanzando su máxima expresión con los programas Aquí hay tomate y Gran Hermano, para finalmente dar protagonismo al gran éxito del formato, Sálvame. En la misma cadena, el desnudo sugerido de las Mama Chicho dejó la escena al testimonio integral de Belén Esteban.

Pero, ¿quién es esa chica? La lógica sugiere que si su relación sentimental con el torero no se hubiera roto, nada sabríamos de ella. Desde el día que pisó Ambiciones comenzó el relato de su vida en directo. Al contrario del personaje que interpreta Joan Fontaine en Rebecca, el clásico de Alfred Hitchcock, quien al llegar a la mansión Manderlay de su prometido se encuentra con el desprecio del personal de servicio pero consigue conquistarlos al final, Belén Esteban pierde la batalla en Ambiciones al ser rechazada por la familia de su pareja. Sin embargo gana un nuevo hogar, el estudio de Telecinco, una especie de patio de corrala donde comparte su vida en directo con el público que juega el rol del vecindario, y desde donde, en un fantástico juego de hiperrealidad, le habla a diario a su pareja increpando a la cámara.

Henrik Ibsen estrenó en 1879 una de sus obras más famosas, Casa de Muñecas. Considerada por muchos como una de las primeras obras con un manifiesto contenido feminista, en este drama Nora, la protagonista, le dice a su marido, “Siéntate. La conversación será larga. Tenemos mucho que decirnos”. Se sientan y Nora, madre de tres niños y en situación acomodada, le explica que le va a dejar esa misma noche y a lo largo del tercer acto, el último, le da las razones de esa decisión. Queda claro que Nora no es una de las muñecas a las que hace referencia el título. Es la primera vez que en un escenario una mujer invita a su marido a sentarse y a conversar. Más de ciento cincuenta años después, Belén Esteban sale al patio mediático para conversar a los gritos con su ex pareja y dar también sus razones. Ante una audiencia muy distinta del público danés del siglo XIX, Belén Esteban recurre al argumento base para contar una historia de chico conoce chica, pero en una época, la nuestra, en la que ya no es posible elaborar grandes relatos que ahora se producen desde la realidad, con cabos sueltos y final abierto. De Edipo y Yocasta, Romeo y Julieta, Fortunata, Jacinta y Juan Santa Cruz hemos pasado a la narración en directo de la vida y tragedia de Diana de Gales y el Príncipe Carlos, a los encuentros privados del presidente Bill Clinton y la becaria Monica Lewinski y más recientemente, a la ahora hiperreal desventura de Belén Esteban con el torero de Ubrique.

La vida de Belén Esteban no es un drama, como Casa de Muñecas, ni comedia, porque no tiene fin, ni farsa, ya que no es breve, ni tampoco tragedia porque no hay catarsis. Es un híbrido que bebe del melodrama en un tiempo en que ya no se pueden contar historias con un planteamiento, un desarrollo y un final a la manera tradicional. Un híbrido protagonizado por alguien capaz de mutar física y emocionalmente y alcanzar una de las exigencias de la época, la de construir roles para poder ocupar un espacio social y económico. No hay que subestimar al público, pero sí preguntarse si será capaz de emular a Esteban en la aventura de producir también un rol, un falso personaje como los que permite armar el juego de la portada de Esquire para encontrar un lugar en este mundo flexible y huidizo.

Nora, en la obra de Ibsen, plantea una conversación para dejar de ser muñeca. Esteban, en cambio, recurre a todas las muñecas que hay dentro de ella para poder conversar con la realidad que le ha tocado en suerte.

Miguel Roig...

"Belén Esteban y la fábrica de porcelana. Las múltiples vidas de un personaje en la hiperrealidad"...